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El Rev. Ellis G. Roberts envió a Light (1922, p. 241) la narración de un incidente supra normal ocurrido con su hija y escrita por ésta misma en los siguientes términos:
Yo tenía un foxterrier irlandés llamado Paddy y había entre nosotros un afecto recíproco. Cierta mañana él no apareció para la primera comida y no me preocupé, pues tenía la costumbre de salir a pasear solo, aunque fuese casi siempre regular a la hora de la comida. Sobre las nueve, me encontraba en la cocina que se abre sobre una pequeña arcada, desde donde, por otra puerta, se pasa a la despensa. La puerta exterior estaba abierta y desde la posición en que estaba yo podía ver directamente el jardín. Era una mañana soleada y la tierra estaba cubierta de nieve. Mirando hacia fuera, vi a Paddy llegar, saltando sobre la nieve, atravesar el jardín, entrar en la arcada y desaparecer en la despensa. Yo lo seguí, pero no lo encontré en parte alguna.
Asombrada y perpleja, volví a la cocina, donde se hallaban diversas personas que, nada habiendo visto, querían convencerme de que yo había tomado por Paddy a otro perro de raza dálmata, de pelo moteado, mucho más gordo que Paddy y muy diferente de un foxterrier irlandés. Ese animal también era de la casa. Estaba apegada a una tentativa de explicación que me parecía absurda: yo había percibido, en el fondo brillante de la nieve, a mi perito, observando bien el contraste entre su pelo negro y la blancura del medio. Volví a buscarlo por todas partes, pero inútilmente. Paddy no estaba en la casa. Cerca de hora y media más tarde, vi a Paddy llegar en condiciones deplorables: tenía pedazos de pelo arrancados del pecho y de las piernas y cuatro o cinco dientes le faltaban de la boca. Evidentemente el pobre animal había sido asaltado y maltratado sin piedad, pero nunca hemos llegado a saber lo que le había sucedido. Murió algunos meses más tarde, aunque no creo que la muerte haya sido a causa de las heridas.
El Rev. Ellis G. Roberts continúa esta narración con algunos renglones de comentarios:
Mi hija nunca fue propensa a alucinaciones visuales, de modo que me parece que la única explicación razonable del incidente narrado consiste en reconocerlo como un ejemplo de telepatía entre un perro en peligro y su dueña, hacia la cual dirigió su pensamiento, precisamente, por la necesidad en que se hallaba de ser socorrido.
Las conclusiones del Rev. Roberts parecen consistentes y sólidas, siéndonos pues, inútil tratar el tema, pero sí sería útil, una vez más, observar que las condiciones en que se produjo contribuyen a confirmar una vez más la regla a que hemos aludido hace muy poco, o sea, que las manifestaciones telepáticas se producen generalmente siguiendo la vía de menor resistencia que encuentran en las facultades sensoriales del perceptor. Si no fuese así, cuando un agente telepático se halla en una situación dramática y dirige su pensamiento hacia un protector que está lejos, éste debería invariablemente percibir la imagen del agente según la situación en la cual se encuentra. En efecto, la agitación producida por la situación no puede sino haber invadido momentáneamente el campo entero de la consciencia del agente, pareciendo entonces que no ha podido hallar lugar para otra idea sino la que lo domina en el momento de la transmisión telepática.
Pues bien, por el contrario, se verifica en la práctica que esta correspondencia en la representación verídica de los acontecimientos no se produce a no ser raramente en las transmisiones telepáticas, al igual que no se realizó en el caso de de la hija del Rev. Roberts, en el cual hemos visto que un perrito asaltado y maltratado, habiendo innegablemente dirigido su pensamiento a su alejada protectora, determina en ésta una manifestación telepática, a consecuencia de la cual la muchacha, en lugar de percibirlo en la situación en que se hallaba, lo ve volver para casa, caminando penosamente, atravesar el jardín y entrar en la despensa, es decir, que ella lo visualiza en una de las formas habituales de su actitud diaria. Ahora bien, esta diferencia entre el pensamiento del agente y la visualización de la perceptora solo puede explicarse gracias a la ley psíquica que hemos indicado, según la cual todo impulso telepático está sujeto a transformarse para el perceptor en la visualización que le es más familiar, con relación al agente. Hago notar, en último lugar, que, cuando una visualización telepática es la reproducción fiel de la situación en que se halla el agente, esto significa que las condiciones de la relación psíquica entre éste y el perceptor son de tal modo armoniosas que no hay obstáculos para el impulso telepático.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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