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El astrónomo Camille Flammarion comunicó a los Annales des Sciences Psychiques (1912, p. 279) la siguiente narración que le fue enviada por el Sr. G. Graeser, residente en Lausana, Suiza:
Permitidme relataros un pequeño acontecimiento que concierne a las manifestaciones de que habláis en vuestro libro L’Inconnu et les Problèmes Psychiques. No os hablaría de él si hubiese visto un caso semejante en la referida obra. No se trata de una persona, sino de un animal… Un poco solitario, amante del estudio y no del mundo, no tengo amigos, pero sí uno: un perro, que era más inteligente que muchos hombres. Era mi guardián. Durante la noche, cuando me quedaba a solas contemplando el cielo, él permanecía fielmente tumbado a mis pies, con su espeso pelaje (era un San Bernardo) cubriéndome las piernas, de forma que me era difícil moverme cuando debía seguir la marcha de una estrella.
Si estaba en mi cuarto leyendo, él permanecía sentado, mirándome, y yo incluso diría que comprendiéndome. Sentía que a él le gustaba tanto la soledad cuanto a mí, por esto no nos separábamos. Os hago esta exposición para que podáis comprender mi afecto por él y por qué lo consideraba como amigo. He aquí, pues, mi narración: Fue en diciembre de 1910, precisamente el día 14, cuando mi madre se llevó con ella a mi Bobby. Debo observar, ante todo, que tenía la desagradable costumbre, cuando alguno se acercaba, de mostrarse un tanto agresivo hacia él; en segundo lugar que, cuando yo discutía con mi padre, él tomaba parte en la disputa y se colocaba seriamente a mi lado. Por motivo de una queja, pienso yo (solo lo he sabido más tarde, para mi pesar), mis parientes decidieron mandar sacrificarlo. Ocurrió un anochecer, sobre las 7 y media. Yo estaba en mi cuarto y oí abrirse la puerta (él la abría solo, pues era tan alto como yo, midiendo un metro ochenta). Entonces, escuché abrirse la puerta y vi aparecer mi Bobby en el umbral, con aire de sufrimiento. Grité: ¡Ven, Bobby!, sin levantar los ojos, pero él no me obedeció. Repetí entonces mi orden y él vino, se frotó contra mis piernas y se tendió en la alfombra. Quise acariciarlo, pero… él no estaba allí. Aunque yo nunca haya leído historia igual por lo infrecuente, me precipité para fuera de mi cuarto, cuya puerta aún estaba abierta, y llamé por teléfono a Lausana (a dos kilómetros), al galpón del matadero, y he aquí textualmente mi rápido diálogo:
- Hola, le hablan del matadero.
- ¿Ha visto ahí a una señora de negro con un perro San Bernardo?
- Acabamos de sacrificar a uno de ellos, hace dos minutos tan solo. Está acostado y la señora, cerca.
Ante estas palabras, caí de espaldas y me desmayé. Cuando volví a mi estado normal, llamé por mi perro. Él no se hallaba allí, estaba muerto. Después me contaron todo el drama. Tal es la historia de mi Bobby. Nótese que en el mismo minuto en que moría, yo lo vi con mis propios ojos, y lo que aleja cualquier idea de alucinación es la puerta, abierta por él mismo.
(El señor Flammarion rogó a un profesor de la Universidad de Lausana que llevase a cabo una investigación sobre el caso, la cual confirmó la narración del joven Señor Graeser).
En este caso notabilísimo, se encuentran dos circunstancias que no se producen sino raramente en el caso de alucinación telepática. La primera y más importante, consiste en el hecho de que la aparición de la forma del perro fue precedida por el fenómeno físico de la puerta que abrió. En la fenomenología telepática se encuentran a veces episodios en los cuales el perceptor ve abrirse la puerta y entrar un espíritu, pero casi siempre la puerta se cierra enseguida. En este caso, por el contrario, como ciertamente en gran número de otros casos, la puerta fue hallada abierta, no tratándose de una alucinación, sino de un fenómeno de orden supra normal. El fenómeno en cuestión no podría, pues, explicarse sino reconociendo el fundamento de lo que hemos observado anteriormente, es decir, que las apariciones que denominamos telepáticas no lo son siempre en la significación puramente alucinatorio-verídica que se liga a la telepatía. Podrían tratarse algunas veces de verdaderas apariciones objetivas, implicando la presencia en el lugar de la entidad espiritual que se manifiesta. Esa entidad, por motivo de muerte muy reciente y violenta, permanecería durante algún tiempo todavía saturada de fuerza vital, pudiendo así actuar aún sobre la materia. Si el incidente de la puerta que se abrió fue bien observado, entonces somos forzados a inferir que la forma del perro no era solamente una simple proyección alucinatoria, y sí la objetivación de algo análogo al periespíritu del animal. Este aserto sería, en cierta forma, confirmado por la otra circunstancia producida durante la manifestación, a saber: que el perro respondió a la invitación de su dueño, entrando en el cuarto del muchacho, acostándose a sus pies y frotándose contra sus piernas.
Todos estos detalles sugieren una presencia real, puesto que, en general, las apariciones telepáticas son inertes como estatuas. Cuando se desplazan y caminan, proceden de manera automática, como si ignorasen el medio en que se encuentran, modalidades todas conformes a la teoría según la cual consistirían en puros simulacros proyectados exteriormente por el pensamiento del perceptor, influido por el del agente. Es bien verdad que, en ciertos casos, las formas telepáticas demuestran que no ignoran en qué medio se hallan, ni qué personas las observan, y que a veces incluso les dirigen la palabra. Tan solo en estas circunstancias, se podría preguntar si no se trata realmente, y siempre, de manifestaciones objetivas. En suma, ya que todo concurre a demostrar que las apariciones de formas espirituales tienen su origen en causas diversas, de tal modo que hay ciertamente formas objetivas (entre las cuales la clase total de los fenómenos de bilocación), nada impide que se admita también que una parte de las manifestaciones que ocurren sea del tipo telepático-alucinatorio.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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