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El siguiente caso fue extraído de los Proceedings of the Society for Psychical Research, vol. X, p. 285, narrado por la señora Mary Bagot. Helo aquí:
En 1883 nos encontrábamos alojados en el Hotel des Anglais, en Menton. Había dejado en mi casa, en Norfolk, un perrito foxterrier amarillo y negro llamado Judy, mi gran favorito, confiado a los cuidados de nuestro jardinero. Cierto día, cuando estaba sentada a la mesa del hotel, percibí de repente que mi perrito atravesaba la sala y sin reflexionar, grité: ¿Cómo es que estás aquí, Judy? No había, sin embargo, ningún perro en el lugar. En breve tiempo estaba en casa de mi hija, que se hallaba enferma y encamada, y le conté el caso. Algunos días más tarde, recibí una carta en la que se me contaba que Judy, después de haber salido por la mañana con el jardinero para dar su paseo habitual y, no estando muy bien, había sido acometido de un mal súbito sobre la hora del almuerzo, muriendo en media hora.
Bastante tiempo transcurrió para que yo me convenciese de que lo había visto en el instante mismo en que expiraba. La hija de la señora Bagot, señora Wodehouse, a ruego del señor Frederick Myers, le envió el diario de anotaciones tomadas durante su estancia en Menton. Allí escribió respecto del caso sucedido a su madre en estos términos: 24 de marzo de 1883. ¡Mamá, durante la comida, vio la figura de Judy! La misma señora narra a Myers sus recuerdos sobre el caso, del cual extraigo las líneas siguientes: Recuerdo perfectamente que mi padre, mi madre, mi hermana (Srta. Algernon Law) y mi cocinera (Srta. Dawnay) entraron todos en mi cuarto y me contaron, riendo, que mamá había visto a Judy atravesar la sala cuando estaba sentada a la mesa del hotel. Mi madre estaba de tal modo segura de haberlo visto, que mi padre, según creo, fue a preguntar a un empleado del hotel si había perros en el establecimiento, a lo que se le contestó negativamente.
(Para otros detalles al respecto, remito a los lectores al volumen VII, p. 243 de los Proceedings of the Society for Psychical Research). Este caso es en todo semejante al precedente, solo que esta vez la forma del perrito muerto se limita a atravesar el aposento, sin dar cualquier signo de estar consciente del medio en que se hallaba, ni de la presencia de su dueña; esta modalidad de manifestación pasiva es conforme a la que se produce en las alucinaciones telepáticas propiamente dichas, mientras que, en el ejemplo precedente, el animal se comportó de modo espontáneo y activo, a fin de hacer ver su presencia espiritual en el lugar.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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