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Caso IX – Auditivo-colectivo PDF Imprimir E-mail
Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Viernes, 02 de Octubre de 2009 15:05

Destaco en el cuarto volumen, páginas 289/90, del Journal of the Society for Psychical Research, el siguiente caso narrado por la señora Beauchamp, de Hunt Lodge, Twiford, en una carta dirigida a la señora Wood, de Colchester, narración de la cual extraemos el fragmento que sigue:

Megatherium es el nombre de mi perrito hindú que duerme en el cuarto de mi hija. La pasada noche desperté súbitamente al oírlo brincar por el cuarto. Yo conocía bien su manera de brincar, muy característica. Mi marido, a su vez, no tardó en despertar. Lo interrogué, diciéndole: ¿Estás oyendo esto? Y él me contestó: Es Meg. Encendimos luego una vela, buscamos por todas partes, pero no pudimos hallarlo en el cuarto, porque su puerta estaba bien cerrada.

Entonces se me ocurrió la idea de que alguna desgracia había sucedido a Meg. Tenía el presentimiento de que él había muerto en aquel mismo momento. Consulté el reloj para verificar la hora y pensé que debía bajar para ir inmediatamente a asegurarme de mi intuición, si bien esto me pareció un absurdo, y, además, hacía tanto frío…

Estuve indecisa un instante y el sueño volvió. Poco tiempo debía haber transcurrido cuando alguien vino a llamar a la puerta. Era mi hija que, con expresión de gran ansiedad, exclamó: Mamá, mamá, Meg se está muriendo. Bajamos la escalera de un salto y encontramos a Meg puesto de lado, con las piernas estiradas y rígidas, como si ya estuviese muerto. Mi marido lo levantó del suelo y se aseguró de que el perro todavía estaba vivo, pero no llegó a verificar qué había sucedido. Al final se comprobó que Meg, no se sabe cómo, había enrollado la correa de su pequeña vestidura en torno al cuello de tal modo que casi se estranguló.

Nosotros lo liberamos inmediatamente y, tan pronto como pudo respirar, el animal se reanimó y se restableció. De ahora en adelante, si me sucediese experimentar sensaciones precisas de esta naturaleza respecto de alguien, me propongo acudir sin demora. Juro haber escuchado el brincar tan característico de Meg cerca de la cama y mi marido puede afirmar lo mismo. Para mayores detalles sobre este caso, remito al lector al citado número del Journal.

Todavía en este caso, cuya génesis claramente telepática parece fuera de cualquier duda (tanto más que, esa vez, las personas que recibieron las impresiones auditivas fueron dos), en este caso todavía, digo yo, la manifestación telepática se lleva a cabo bajo una forma simbólica, es decir, una llamada urgente de socorro, partida de la mente de un perrito agente, llega hasta el perceptor transformada en un eco característico del brincar, tal como hacía el animal cada mañana junto al lecho de sus dueños. Pues bien, es incontestable que una percepción telepática de esta categoría, dadas las circunstancias en que se produjo, no podría constituir la expresión exacta del pensamiento del agente, sino tan solo una traducción simbólico-verídica del pensamiento del mismo. En efecto, es lógico y natural pensar que un animal a punto de morir estrangulado, haya dirigido intensamente su pensamiento hacia aquellos que eran los únicos que podrían salvarlo, no siendo, por el contrario, en modo alguno admisible que el animal, en aquel momento supremo, haya pensado en los saltitos que solía dar todas las mañanas junto al lecho de sus dueños.

Ernesto Bozzano
Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"