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– Lo extraigo del Journal of the Society for Psychical Research (vol. XI, p. 323).
El Sr. J.F. Young comunica el siguiente caso personal: Tengo un perro foxterrier de cinco años, por el cual siento mucho afecto. Siempre me han gustado los animales, y sobre todo los perros. El animal de que hablo me dispensa tal apego que no puedo ir a parte alguna o siquiera salir de mi cuarto sin que me siga siempre. Es un terrible cazador de ratas y, como la despensa es a veces frecuentada por tales roedores, he puesto allí una camita para Fido. En el mismo lugar había un fogón de cocina donde se había introducido un horno de pan, al igual que una caldera para la limpieza, provista de un tubo que terminaba en la chimenea. Nunca dejaba, por las noches, de llevar el perro a su lecho, antes de acostarme. Ya me había cambiado la ropa e iba a acostarme, cuando fui de repente asaltado por la sensación inexplicable de un peligro inminente.
No podía pensar en otra cosa sino en un fuego y la impresión era tan fuerte que acabé por quedar dominado por ella. Me vestí nuevamente, bajé y me puse a inspeccionar el apartamento pieza por pieza para asegurarme de que todo estaba en orden. Llegando a la despensa no vi a Fido, suponiendo que él había podido salir de allí para dirigirse al piso superior, pero en vano llamé por él. Fui a casa de mi cuñada para pedirle noticias, pero ella no sabía nada. Empecé a sentirme inquieto. Regresé enseguida a la despensa y llamé varias veces por el perro inútilmente. No sabía ya hacia qué lado dirigirme, cuando, repentinamente, se me pasó por la cabeza que, si algo podría hacer que el animal respondiese, era la frase: ¿Vamos a pasear, Fido?, invitación que lo ponía enseguida contento.
Pronuncié entonces esa frase y un gemido ahogado, como debilitado por la distancia, me llegó a los oídos. Renové la invitación y escuché distintamente el lamento de un perro en aflicción. Tuve tiempo de asegurarme de que el lamento venía del interior del tubo que comunicaba la caldera con la chimenea. Yo no sabía cómo proceder para quitar al perro de allí: los minutos eran preciosos y su vida estaba en peligro. Me hice con un martillo y empecé a derribar la pared en el punto exacto. Conseguí, por fin, con bastante dificultad, retirar a Fido de allí, medio ahogado, sacudido por esfuerzos de vómitos, la lengua y el cuerpo entero negros de hollín. Si yo me hubiese demorado algunos momentos, mi perrito querido estaría muerto y, como no nos servimos sino muy raramente de la caldera, probablemente nunca hubiera sabido qué fin había tenido.
Mi cuñada acudió con el alboroto y ambos descubrimos un nido de ratas localizado en el fogón, al lado del tubo. Fido, evidentemente, habría perseguido a una rata hasta su interior, de tal manera que había quedado preso sin poder dar vuelta para salir de él. Todo esto sucedió hace ya algunos meses y fue por aquel entonces publicado en la prensa local, pero no se me habría ocurrido comunicar el hecho a esa Sociedad si no hubiese sucedido, mientras tanto, el caso de sir Rider Haggard.
J.F.Young
New Road, Llanella, 13 de noviembre de 1904.
La señora E. Bennett, cuñada del firmante, confirma la narración de su pariente. Para otros informes sobre este episodio, remito al lector al Journal of the Society for Psychical Research, vol. XI, p. 323. Este cuarto caso de telepatía por una impresión difiere sensiblemente de los que lo han precedido, en que el rasgo característico esencial del impulso telepático consistió en la percepción exacta de un llamamiento emanado de un animal en peligro y la localización intuitiva del lugar en que se hallaba. Aquí, por el contrario, la impresión que tuvo el perceptor le sugiere la idea de un peligro inminente en relación con el fuego, si bien la impresión es lo bastante fuerte para llevarlo a vestirse apresuradamente e ir a inspeccionar la casa, de modo que, llegando a la cocina y apercibiéndose de la ausencia del perro, lo llama, lo busca y lo salva.
Resulta de ahí que, en este caso, el mensaje telepático se verifica de modo imperfecto, adquiriendo una forma simbólica, lo cual no añade nada a su valor intrínseco, puesto que esta circunstancia no constituye, en modo alguno, una dificultad teórica. Se sabe, en efecto, que las manifestaciones telepáticas, en su paso del subconsciente al consciente, siguen el cauce de menor resistencia, determinado por las idiosincrasias especiales del perceptor. Éstas consisten, sobre todo, en el tipo sensorial a que pertenece el perceptor (visual, auditivo, motor, etc.), después, en las condiciones del medio en que vive (hábitos, repetición de los mismos incidentes durante la vida cotidiana).
De esto se deduce que, cuando el impulso telepático no llega a realizarse en la forma más directa, se transforma en una modalidad de percepción indirecta o simbólica, que traduce, con mayor o menor fidelidad, el pensamiento del agente en cuestión. Dicho esto, habría que decir que, en el caso que examinamos, la llamada ansiosa del perro en peligro consiguió impresionar la subconciencia del perceptor, pero, para alcanzar su conciencia, tenía que perder gran parte de su nitidez, transformándose en una vaga impresión de peligro inmediato relacionado de algún modo con el fuego, lo cual correspondía asimismo a la realidad, ya que el animal estaba efectivamente aprisionado y en peligro de muerte por asfixia en el tubo del horno.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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