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Caso IV Impresión PDF Imprimir E-mail
Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Lunes, 14 de Septiembre de 2009 15:30

Lo extraigo de la Light (1921, p. 187). Su narrador es el Sr. F. W. Percival, quien escribe:

El señor Everard Calthorp, gran entendido en caballos purasangre, en su último libro titulado "The horse as comrade and friend" (El caballo como camarada y amigo), cuenta que él poseía desde hacía algunos años una magnífica yegua llamada Windermere, a la cual estaba profundamente ligado, siendo retribuido con un transporte afectivo de modo a conferir al caso aquí presentado un carácter realmente emocionante.

Quiso la infelicidad que la yegua se ahogase en una laguna cerca de la heredad del señor Calthorp, quien expone así las impresiones experimentadas en el trágico momento: A las tres y veinte de la madrugada del 18 de marzo de 1913, desperté sobresaltado de un profundo sueño, no a causa de algún ruido o ladrido, sino por una petición de socorro que me transmitía – no sé cómo – mi yegua Windermere.

Afiné el oído y no percibí el menor ruido en aquella noche calma, pero tan pronto como desperté completamente, sentí vibrar en mi cerebro y en mis nervios, el llamamiento desesperado de mi yegua. Comprendí de este modo que ella se hallaba en peligro extremo y que invocaba auxilio inmediato por mi parte. Me puse el abrigo, calcé las botas, abrí la puerta y me eché a correr por el parque. No oía ladridos ni gemidos, pero sabía, de un modo incomprensible y prodigioso, de qué lado procedía esa especie de "telegrafía sin hilos".

Retumbaba cada vez más débilmente en mi cerebro y, cuando llegué a la orilla de la laguna había cesado. Buscando en el agua de la laguna, percibí que ésta se hallaba todavía arrugada por pequeñas ondas concéntricas que llegaban a la orilla y, en medio de ella, percibí una masa negra que se precisaba siniestramente a la primera claridad de la aurora. Comprendí enseguida que se trataba del cuerpo de mi pobre Windermere y que, desgraciadamente, yo había respondido demasiado tarde a su llamamiento, pues estaba muerta.

El Sr. F. W. Percival, reproduciendo esta narración en la revista Light (1921, p.187), observa: Sin duda, en casos como este nos falta el testimonio del agente, pero esto no impide que las tres reglas de Myers destinadas a distinguir los hechos telepáticos de aquellos que no lo son, sean todas aplicables igualmente al caso que nos ocupa. Dichas tres reglas son las siguientes:

1ª – que el agente sea encontrado en una situación excepcional (aquí el agente luchaba contra la muerte);
2ª – que el perceptor haya experimentado algo psíquicamente excepcional, incluso una impresión de naturaleza tal que le hiciese conocer al agente (aquí la impresión que revela el agente es manifiesta); y
3ª – que los dos incidentes coincidan en el tiempo (esta condición queda igualmente satisfecha).

Se podría añadir que el hecho del impulso telegráfico fue bastante preciso y enérgico como para despertar al perceptor de un sueño profundo, hacerle percibir inmediatamente que se trataba de una petición de socorro por parte de su yegua y orientar sus pasos, sin ningún titubeo, hacia el teatro del drama. No parece entonces que sea posible poner en duda el origen realmente telepático del acontecimiento.

Ernesto Bozzano
Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"