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10 de febrero de 1885.
El primer lunes del mes de agosto de 1883 (descanso del comercio), me hallaba en Ilfracombe. Sobre las diez de la noche, fui a acostarme y adormecí enseguida. Desperté a las diez y media cuando mi esposa entró en el cuarto. Le conté que acababa de tener un sueño en que veía a mi perro Fox, herido y moribundo, tendido al pie de un muro. No tenía una idea exacta relativa a la localidad, no obstante había observado que se trataba de uno de los ‘muros secos’ que son una particularidad del condado de Gloucester.
Deduje de ello que el animal había caído desde lo alto de uno de esos muros, tanto más que él tenía el hábito de saltar por encima de ellos. Al día siguiente, martes, recibí en nuestra casa (Barton End Grange, Nailsworth) una carta de nuestra gobernanta que me avisaba de que Fox no aparecía desde hacía dos días. Contesté inmediatamente, ordenándole que dispusiese una búsqueda lo más minuciosa posible.
El domingo recibí una carta suya escrita la víspera, en la cual me informaba de que el perro había sido atacado y muerto por dos bulldogs, en la noche del lunes precedente. Volví a mi casa al cabo de quince días y empecé enseguida un riguroso interrogatorio del cual resultó que, el lunes en cuestión, sobre las cinco de la tarde, una señora había visto a dos bulldogs atacar y despedazar ferozmente a mi perro. Otra señora, que vivía no lejos de allí, contó que sobre las nueve de la noche había descubierto a mi perro muriéndose cerca de un muro que me indicó, y que yo veía por primera vez. A la mañana siguiente, el perro había desaparecido. Supe a continuación que el dueño de los bulldogs, sabedor de lo ocurrido y temiendo las consecuencias, había tenido el cuidado de mandar enterrarlo sobre las diez y media de aquella misma noche, hora del acontecimiento que coincidía con la de mi sueño.
E. W. Phibbs
El caso que acabo de narrar fue citado varias veces por el profesor Charles Richet en su Tratado de Metapsíquica, con el fin de demostrar que podía ser explicado por la criptestesia, sin que fuese preciso suponer un fenómeno de telepatía en que el animal hubiese desempeñado el papel de agente y su dueño el de perceptor. Richet observaba al respecto: Es mucho más razonable suponer que ha sido la noción del hecho lo que alcanzó su espíritu, en lugar de admitir que el alma de Fox fue a inquietar el cerebro del señor Phibbs (p.330).
Con la expresión ‘la noción del hecho’, el señor Richet se reporta a su hipótesis de criptestesia según la cual las cosas existentes, al igual que el desarrollo de toda acción en el mundo animado o inanimado, emitieron vibraciones sui generis, perceptibles para los sensitivos, que, de esa manera, estarían teóricamente en estado de conocer todo lo que se produjo, se produce y se producirá en el mundo entero. Contesté a esa hipótesis en un largo artículo publicado en la Revue Spirite (1922, p. 256), donde constaté esa omnisciencia, supuesta, de las facultades subconscientes, demostrando a través del examen de los hechos que las facultades en cuestión eran, por el contrario, condicionadas, y por tanto limitadas, por la necesidad absoluta de la relación psíquica, es decir, que si no existiese anteriormente algún lazo afectivo, o, en casos más raros, relaciones de simple conocimiento entre el agente y el perceptor, las manifestaciones telepáticas no podrían verificarse.
Seguidamente, reportándome al caso que antecede, continuaba: Se excluye que el pensamiento del perro, dirigido con una ansiedad intensa a su protector ausente, haya sido el agente que determinó el fenómeno telepático, o, en otros términos, se excluye que la cosa haya podido verificarse gracias a la existencia de una relación afectiva entre el perro y su dueño; siendo así, no es posible dejar de preguntar: ¿por qué el señor Phibbs vio, precisamente aquella noche, a su perro agonizando y no vio a todos los otros animales que, durante la misma noche, agonizaban ciertamente un poco por todas partes? Es imposible contestar a esta pregunta sino reconociendo que el señor Phibbs no vio tal cosa porque ninguna relación psíquica, de cualquier especie que fuese, existía entre él y los otros animales: él vio, por el contrario, la agonía de su perro porque había lazos afectivos entre él y el animal y porque, en aquel momento, el animal agonizante dirigía intensamente su pensamiento hacia su protector ausente, circunstancia que nada tiene de inverosímil y que, por el contrario, demuestra que el pobre animal moribundo deseaba urgente socorro.
Me parece que el buen fundamento de estas conclusiones permanece incontestable. De todos modos, nuestros lectores hallarán en la presente clasificación numerosos ejemplos de diferentes especies, que confirman ampliamente mi manera de ver, mientras que contradicen la hipótesis de una criptestesia omnisciente.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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