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Alucinaciones telepáticas PDF Imprimir E-mail
Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Miércoles, 02 de Septiembre de 2009 15:34

Alucinaciones telepáticas en las cuales un animal desempeña el papel de agente

Caso I – (En sueños con indicios aparentes de posesión)

– Es el caso Haggard, que me limitaré a narrar tal como ha sido resumido, con la mayor exactitud, en la edición de julio de 1904 de la Revue des Études Psychiques, remitiendo al lector que desee detalles más extensos al número de octubre de 1904 del Journal of the Society for Psychical Research. Helo aquí:

El señor Rider Haggard cuenta que se había acostado tranquilamente sobre la una de la madrugada del día 10 de julio. Una hora más tarde, la señora Haggard, que dormía en el mismo cuarto, oyó a su marido gemir y emitir sonidos inarticulados como de un animal herido. Inquieta, lo llamó y el señor Haggard percibió la voz como en un sueño, pero no consiguió librarse de la pesadilla que lo oprimía. Cuando despertó completamente, contó a su esposa que había soñado con Bob, el viejo perro perdiguero de su hija primogénita, y que le había visto debatirse en una lucha terrible, como si fuese a morir.

El sueño había tenido dos partes distintas. Respecto de la primera, el romancista recuerda apenas haber experimentado una sensación de opresión, como si estuviese a punto de ahogarse. Entre el instante en que oía la voz de su esposa y aquel en que despertó, el sueño tomó una forma más precisa.

Yo veía, cuenta el señor Haggard, al viejo Bob extendido entre los carrizos de una laguna. Me parecía que mi propia personalidad salía misteriosamente del cuerpo del perro, el cual apretaba su cabeza contra mi rostro de una manera bizarra. Bob hacía intentos como para hablarme y, no haciéndose comprender por el sonido, me transmitía, de otro modo indefinible, la idea de que estaba a punto de morir.

El señor y la señora Haggard tornaron a dormirse y el romancista no volvió a verse perturbado durante el sueño. A la mañana siguiente, durante el desayuno, refirió a sus hijas lo que había soñado y rió con ellas del miedo que había pasado la madre. Atribuía su pesadilla a la mala digestión. En cuanto al perro Bob, nadie se preocupó por él, puesto que, en la tarde anterior, había sido visto con otros perros de la villa e hizo sus zalamerías a la dueña, como de costumbre. Cuando pasaron las horas de la comida sin que Bob apareciese, la Srta. Haggard empezó a experimentar alguna preocupación y el romancista a suponer que podría tratarse de un sueño verídico. Entonces se emprendieron búsquedas activas que duraron cuatro días, al final de los cuales el propio señor Haggard halló al pobre animal flotando en el agua de una laguna, a dos kilómetros de la villa, con el cráneo fracturado y dos patas rotas. Un primer examen, hecho por el veterinario, hizo suponer que el infeliz animal hubiese sido atrapado en una armadilla, pero se encontraron enseguida pruebas indiscutibles de que el perro había sido atropellado por un tren en el puente que atravesaba la laguna y que el choque lo había lanzado entre las plantas acuáticas.

En la mañana del diecinueve de julio, un cantonero de la ferrovía había encontrado en el puente el collar ensangrentado de Bob. Ahora ya no quedaba duda alguna de que el animal había muerto en la noche del sueño. Por casualidad, en aquella noche, había pasado por el puente, algo antes de medianoche, un tren extraordinario de recreo que debió ser la causa del accidente. Todas las circunstancias son demostradas por el romancista mediante una serie de documentos. Según el veterinario, la muerte habría sido casi instantánea; habría ocurrido entonces dos horas antes, o más, del sueño del señor Haggard. Tal es, en resumen, el caso sucedido al escritor inglés en el cual se encuentran varias circunstancias de hechos que concurren para excluir, de modo categórico, cualquier otra explicación que no sea la de transmisión telepática directa entre el animal y el hombre.

En efecto, no podría tratarse de un impulso telepático proveniente de la inteligencia de una persona presente, puesto que nadie había asistido al drama ni había sido informado de él, como se verifica por la indagación llevada a cabo por el propio señor Haggard, y esto es fácil de presumir si se tiene en cuenta la avanzada hora de la noche a que tuvo lugar el suceso. No podía tratarse de una forma común de pesadilla alucinatoria, con una coincidencia fortuita, puesto que las circunstancias verídicas que se encontraron en la visión son verdaderamente bastante numerosas, sin contar el hecho en sí de la coincidencia entre el sueño y la muerte del animal. No podía tratarse de un caso de telestesia gracias al cual el espíritu del romancista habría visto, desde lejos, el desarrollo del drama, puesto que, entonces, el perceptor sería un espectador pasivo, y no fue así. Como se puede ver, él fue sometido a un fenómeno muy notable de personificación o principio de posesión.

Ese fenómeno, tal como observó el editor del Journal of the Society for Psychical Research, ofrece un paralelismo interesante con las personificaciones y las dramatizaciones observadas tan frecuentemente en lo sensitivos o médiums en estado de trance. No se podría, finalmente, hablar de sueño premonitorio, pues el señor Haggard nada sabía sobre lo ocurrido, de lo cual solamente se enteró más tarde cuando se halló el cadáver de Bob flotando en la laguna, cuatro días después del extraño sueño. En efecto, con esa solución, no se llegaría a ninguna explicación: ni del hecho de la coincidencia verídica entre el sueño y el acontecimiento, ni del fenómeno de la dramatización del caso, igualmente verídica, ni del hecho, tan notable, de personificación o posesión.

He aquí las principales consideraciones que concurren para probar, de modo incontestable, la realidad del fenómeno de transmisión telepática directa entre el hombre y el animal. Me pareció un deber enumerarlos para responder a cualesquiera objeciones que llegaron de diferentes sectores, después de que la Society for Psychical Research acogió y comentó el caso en cuestión. Al mismo tiempo, las mismas consideraciones podrán servir de regla a los lectores para juzgar sobre el valor de la hipótesis telepática en relación a los casos que se expondrán a continuación.

Ernesto Bozzano
Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"