|
Los casos de individuos que conservan su inteligencia a pesar de la destrucción parcial o total del cerebro conducen lógicamente a reconocer la existencia en el hombre de un espíritu independiente del organismo corporal, provisto de un “cuerpo etéreo”, asiento de la memoria integral y de las facultades sensoriales supranormales. La teoría del “paralelismo psicofisiológico” ha sido siempre el mayor obstáculo que ha impedido y sigue impidiendo que algunos eminentes representantes de la ciencia oficial admitan la interpretación espiritualista de los fenómenos mediúmnicos.
Este obstáculo les parece, en efecto, tan insuperable que se lanzan a una búsqueda ansiosa e incesante de hipótesis siempre renovadas, cada vez más audaces, la mayor parte de ellas puramente verbales, por medio de las cuales se esfuerzan en conseguir la ilusión de una interpretación naturalista de las manifestaciones mediúmnicas. Pero éstas permanecen más que nunca refractarias a cualquier interpretación de esta naturaleza.
En estas condiciones, resulta muy útil demostrar a fisiólogos y psicólogos que la doctrina del “paralelismo psicofisiológico”, encarada en los límites estrictamente funcionales de las relaciones que existen entre el cerebro y los estados de conciencia, no solamente no está en contradicción con la otra teoría de la existencia y supervivencia del espíritu humano, sino que, por el contrario, debe acogerse como legítima, indiscutible e irrefutable, incluso por los defensores de la hipótesis espírita. Por otra parte, no vemos cómo podría ser de otra manera. En efecto, la teoría del “paralelismo psicofisiológico”, tal como ha sido formulada por los fisiólogos, no prejuzga, en absoluto, los orígenes de la actividad psíquica. Se limita, a fin de cuentas, a comprobar la existencia de una correlación incontestable entre los fenómenos psíquicos y las funciones morfológicas del cerebro, constituyendo un justo medio entre las doctrinas extremistas opuestas del grosero materialismo filosófico, según el cual el cerebro es, una glándula que segrega el pensamiento, y el idealismo puro, que pretende que no existe ninguna relación entre la actividad psíquica y las funciones morfológicas correspondientes del cerebro, lo cual es absurdo, puesto que, en tal caso, el cerebro sería un órgano inútil.
Sabido es que Taine, al comentar la doctrina del “paralelismo psicofisiológico”, compara la doble función –psíquica y física– del cerebro, con una obra escrita en dos lenguas: la original del autor, que representaría la función psíquica y otra, cuyo texto consistiría en una sencilla traducción del original y que representaría la función física. Esta similitud es tanto más feliz y sorprendente en cuanto que aclara las funciones del cerebro sin prejuzgar la cuestión del origen de la actividad psíquica propiamente dicha, mostrando el camino a seguir para conciliar a los partidarios del “paralelismo psicofisiológico” con los defensores de la espiritualidad del alma. Dicho de otra manera, es verdad que la razón de ser del cerebro, como órgano del pensamiento, consiste en que gracias a él vemos cumplirse una doble función psíquica indispensable para que el espíritu pueda relacionarse con el medio terrestre, es decir: la función de “traducir” las innumerables vibraciones físicas del mundo exterior que llegan al cerebro, por la vía de los sentidos, en vibraciones psíquicas perceptibles para el espíritu y, por otra parte, la función de “transmitir” a la periferia las imágenes psíquicas por medio de las cuales el espíritu responde a las vibraciones específicas que llegan a él del medio terrestre.
Pues bien; es inevitable que estas funciones del cerebro no puedan realizarse sin una dispersión correlativa de energía nerviosa, en perfecta equivalencia con la naturaleza e intensidad de las actividades psíquicas en función, lo cual está absolutamente conforme con lo que afirman los fisiólogos. Se sigue de ello que la naturaleza de las funciones cerebrales, en relación con el “paralelismo psicofisiológico” es susceptible de interpretarse de un modo muy diferente del que generalmente se adopta en los ambientes universitarios. Pedro Siciliani, el eminente filósofo italiano, en su Psicogenia Moderna, sostiene a este respecto que el pensamiento tiene el deber de detenerse en el umbral del “Realismo fenoménico”, es decir, que debe limitarse a afirmar la correlación indudable, por una ley de equivalencia, entre las actividades opuestas, morfológica y psíquica, en el sentido de una correspondencia paralela y no de una conversión absoluta. Reconoce, de este modo, la irreductibilidad de ambos hechos. Esta afirmación es de una sabiduría profunda.
En efecto, esta actitud de prudente reserva, combinada con una negación tajante del materialismo grosero que estaba en boga en sus tiempos, era la única acorde con las condiciones del saber antes de la intervención de las investigaciones metapsíquicas, las cuales, al revelar la existencia de una región psíquica insospechada hasta entonces, abrían la ruta a nuevas inducciones, a nuevas deducciones, a nuevas síntesis, a nuevas teorías capaces de conciliar los dos polos del pensamiento filosófico moderno. Por su parte, el profesor William James, en su monografía The immortality of Man, va más lejos que Siciliani, especificando cuál es, verosímilmente, la función real del cerebro en el “paralelismo psicofisiológico”. Recuerda que se pueden admitir tres diferentes especies de funciones: la función productiva (la que sostienen los materialitas), la función permisiva (por ejemplo, la acción de disparar un fusil, lo que permite la explosión de la pólvora) y la función transmisiva (tal, por ejemplo, la de un prisma o una lente). Y, según William James, esta última es la función que cumple el cerebro. De acuerdo con esta teoría, la individualidad psíquica que utiliza el cuerpo, es distinta del cuerpo, tanto cuanto es distinta de la luz el prisma que la refracta y descompone en un espectro coloreado. De manera que quienes afirman que el cerebro cumple la función de producción del pensamiento, podrían compararse a los que sostuvieran que el prisma produce la luz. En apoyo de su tesis, el profesor James expone varios hechos fisiológicos y psicológicos incompatibles con cualquier otra, explicación. Por mi parte, he expuesto recientemente 1 una teoría, complementaria de la que acaba de leerse, que supone una doble función del cerebro: en primer lugar, la de traducción, y, además, la de transmisión.
Es decir, que las vibraciones específicas que llegan al cerebro desde el mundo exterior, por la vía de los sentidos, se traducen en él en términos sensorio-psíquicos, perceptibles por el espíritu (un espíritu que no, puede percibir las vibraciones físicas); el resultado es un estado de conciencia al cual responde el espíritu oponiendo la imagen psíquica correspondiente, gracias a la cual obra sobre los centros de inervación eferente, que la transmiten a la periferia en términos de acción especializada, correspondientes al estímulo perceptivo original. En apoyo de lo que acabo de exponer, recordaré, de paso, que los fisiólogos consideran la substancia cortical del cerebro como un conjunto de “centros de elaboración del pensamiento por medio de imágenes psíquicas”. Así, por ejemplo, el centro del lenguaje se ejercitaría por medio de imágenes fonéticas de las palabras, lo que explica la contradicción aparente que se halla en el hecho de que cuando se lesiona el centro del lenguaje, se pierde la palabra (afasia) sin que exista parálisis de los órganos fonéticos. Está, pues, fuera de duda, que los centros de inervación eferente son estimulados por medio de “imágenes psíquicas”.
1 En “El objeto de la vida” (N. del T.)
Ahora que hemos expuesto nuestra tesis en términos científicos, nos resta exponerla en términos filosóficos, haciendo observar que, si bien es verdad que el espíritu humano tiene en sí mismo una chispa de esencia divina, no es menos cierto que lo “divino” que existe en el espíritu humano no logra individualizarse sino pasando del dominio de lo “Absoluto” al de lo “Relativo”, del dominio del “Nóumeno” al del “Fenómeno”. De ello resulta que, para ponerse en relación con las manifestaciones del universo fenoménico, el espíritu necesita de un órgano transformador apropiado: este órgano es el cerebro. Dicho de otro modo, de lo que está encargado el cerebro en sus relaciones con el “espíritu”, es de poner a éste en condiciones de percibir una fracción determinada de la Realidad Incognoscible en los términos de un sistema dado de apariencias fenoménicas tales como se manifiestan, con modalidades siempre diferentes, en todo mundo habitado del Universo entero, apariencias fenoménicas en medio de las cuales el espíritu está destinado a existir y a ejercitarse con vistas a su elevación ulterior en el conocimiento de la Realidad Absoluta, encarada a través de las infinitas modalidades en las cuales se transforma manifestándose en lo Relativo. Se comprende, pues, la necesidad que tiene el espíritu de poseer un cerebro que sirva de órgano transformador de la realidad absoluta en términos de manifestaciones relativas y fenoménicas, función infinitamente importante a la cual se hallan destinados los innumerables mundos que pueblan el universo. Desde el punto de vista del “paralelismo psicofisiológico”, haré notar que con esta teoría se lograría conciliar las afirmaciones de los fisiólogos con la tesis espiritualista. En efecto, se reconocería, por una parte, que la doble función de traducción y de transmisión del órgano cerebral se realiza a expensas de la energía acumulada en las células nerviosas, como sostienen y demuestran los fisiólogos y, por otra parte, no se puede discutir que esta condición de hecho parece absolutamente conciliable con la existencia de un espíritu independiente del instrumento que el mismo emplea para entrar en relación con el medio terrestre. Por consiguiente, la mejor definición del “paralelismo psicofisiológico” sería la formulada por Pedro Siciliani, según la cual se afirma la correlación incontestable, por una ley de equivalencia, de las actividades opuestas: la morfológica y la psíquica, pero se reconocería al propio tiempo que esta correlación debe interpretarse en el sentido de una “correspondencia paralela” y no en el de una “conversión absoluta”.
Tal es, en resumen, la teoría que nosotros sostenemos. Sólo queda por demostrar que el análisis comparado de los hechos la confirma. Pero es esta una tarea tan grande e importante que se necesitaría todo un libro para desarrollarla. Me limitaré, pues, a tocar brevemente los viejos y formidables obstáculos que se han opuesto siempre a la doctrina materialista, reservándome hablar más ampliamente de algunas otras dificultades que han sido señaladas de algún tiempo a esta parte y que son mucho más graves que las antiguas. Recordaré, ante todo, que la existencia misma de la “conciencia”, que constituye un misterio insuperable para cualquier escuela científica o filosófica, debiera obligar a cuantos poseen el sentido filosófico, a abstenerse de pronunciar sobre ello juicios demasiado categóricos en sentido materialista. Esta prudente reserva la observan, por desgracia, muy pocas personas y entre los partidarios más atrevidos de la fórmula según la cual “el pensamiento es una función del cerebro” se encuentran nombres tan ilustres como los de Vogt, Büchner, Moleschott, Haeckel, Le Dantec, Sergi.
Con respecto a las relaciones estrictamente psicomorfológicas, los principales problemas insolubles para los partidarios de la doctrina materialista son los siguientes: la permanencia de la personalidad, a pesar de la renovación perpetua de las moléculas cerebrales; las desigualdades intelectuales considerables entre individuos nacidos de los mismos padres; el carácter innato de ciertas facultades; las diferencias radicales entre la herencia física y la herencia psíquica; la naturaleza fisiológica del sueño, etc. No me detendré a discutir todos estos problemas, no solamente por falta de espacio, sino también porque, si bien estas dificultades son realmente embarazosas para los defensores de la doctrina materialista, no bastan, sin embargo, para demoler dicha doctrina. Pero para los partidarios de la fórmula según la cual “el pensamiento es una función del cerebro”, se multiplican los problemas a resolver a medida que las ciencias fisiológicas y psicológicas se desarrollan, y ello sin salir del círculo estrecho de investigaciones que se han fijado los representantes de la ciencia oficial, círculo que se detiene en los límites de las manifestaciones normales y patológicas de la “psique”, sin ocuparse del dominio mucho más importante de las facultades supranormales y subconscientes. De todas maneras, el tema resulta todavía demasiado vasto para poder desarrollarlo en este artículo; me ceñiré, pues, a tocar el más reciente de estos problemas, que es por sí mismo suficiente para quebrantar las bases de la hipótesis materialista. Aludo, a los casos de individuos que han continuado con su conciencia e inteligencia intactas a pesar de que su cerebro fue destruido por completo o “en parte.
Se concibe que estas extraordinarias excepciones no invalidan la regla general, es decir, que no contradicen en modo alguno la afirmación de que el cerebro es necesario al espíritu en sus relaciones con el medio terrestre; pero también es cierto que resulta esencial aclararlas de inmediato. Obsérvese que ello se consigue fácilmente si se admite el principio de la existencia de un alma independiente del cuerpo, pero que no se logra en absoluto si se pretende que el pensamiento es una función del cerebro. Lo demostraré en los comentarios a los casos que voy a citar. Como se sabe, los casos a que acabamos de aludir, se han multiplicado en estos últimos años, sobre todo a causa de la última guerra mundial. Han sido observados en Francia, Italia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Bolivia, República Argentina. Casi todos ellos los tengo frente a mí y todos presentan algún rasgo característico especial que los hace teóricamente importantes. Lamento tener que limitarme a hacer algunas breves citas. El doctor Geley ha transcripto varios ejemplos en su obra: Del Inconsciente al Consciente, y otros en la Revue Métapsychique (1920, p. 36-38 y 1922, p. 21-22). De esta última revista (1922) extraigo el siguiente pasaje: ¿Hay necesidad de recordar el fracaso de la teoría de las localizaciones cerebrales, que tan bellas promesas ofrecía hace un cuarto de siglo? ¿Es preciso citar los casos famosos y relativamente frecuentes de lesiones extensas de los centros nerviosos, en las regiones consideradas esenciales, que no han sido acompañadas de ninguna perturbación psíquica grave ni de ninguna restricción de la personalidad? Básteme recordar el caso típico publicado por el Dr. Guépin, en marzo de 1917: Un joven, Luis B., hoy jardinero cerca de París, había sufrido la ablación de una parte considerable de su hemisferio cerebral izquierdo (substancia cortical, substancia blanca, núcleos corticales) y, a pesar de ello, continuó intelectualmente normal, no obstante la privación de circunvoluciones consideradas como asiento de funciones esenciales. Casos análogos, algunos de los cuales se han hecho clásicos, han sido publicados en todas partes. Las heridas de guerra han proporcionado nuevos e importantes ejemplos.
El Dr. Tourde, que ha hecho un estudio especial de estos casos, no ha temido terminarlo con estas líneas: Si la teoría de las localizaciones se hace cada día más difícil de defender, no es menos cierto que ella arrastra en su caída a la tesis del paralelismo estricto. Si es aún posible creer, aunque desgraciadamente no se puede demostrar, que a todo fenómeno psíquico corresponde una modificación cerebral, ya no se puede sostener más que toda modificación cerebral provoca un fenómeno psíquico y, en todo caso, no se tiene ya derecho a pretender que a toda pérdida de substancia encefálica corresponde un déficit psicológico. Al mismo tiempo, hay que renunciar de una buena vez, como ya lo había previsto el Sr. Bergson, en 1897, a la hipótesis del cerebro conservador de recuerdos-imágenes y adoptar otras ideas acerca de la naturaleza de su papel en el proceso del acto de la memoria. Lejos de ser la condición indispensable del pensamiento, el cerebro no sería sino su prolongación en el espacio, el “acompañamiento motor”. Podríamos considerarlo, en relación con él, como un órgano de “pantomima”. Como puede verse, el Dr. Tourde se ve llevado por el análisis de los hechos a una conclusión absolutamente concordante con las teorías de Bergson, de James, del Dr. Geley y con la que nosotros sostenemos, teorías todas que establecen la independencia del pensamiento en su relación con el cerebro, aunque difieran ligeramente entre sí en la interpretación de las atribuciones del cerebro con respecto al espíritu. Así, por ejemplo, entre la teoría de Bergson aceptada por el Dr. Tourde y la que nosotros sostenemos, existe esta diferencia: que, según Bergson, las funciones del cerebro se limitarían a ser “un acompañamiento motor del pensamiento”, lo que hace que el cerebro se reduciría a ser “un órgano de pantomima”.
Por el contrario, a nosotros nos parece que los hechos nos autorizan a conceder más importancia funcional al órgano del pensamiento. De cualquier manera, estas diferencias son teóricamente insignificantes frente a la circunstancia capital de hallamos de acuerdo para asignar a la conciencia individual el lugar que le corresponde en la vida. No ignoramos que los partidarios de la fórmula de que “el pensamiento es una función del cerebro” han intentado explicar los casos de que acabamos de ocuparnos suponiendo que, en esas circunstancias, los lóbulos cerebrales que quedaban intactos reemplazaron a los que fueron destruidos. Pero esta hipótesis no es solamente gratuita, no sólo contradice la doctrina de las localizaciones y la del “paralelismo psicofisiológico”, es que además, halla un obstáculo insuperable en la circunstancia de que se conocen ejemplos en los que el órgano cerebral ha sido encontrado en la autopsia totalmente destruido por un tumor, aun cuando el enfermo conservó hasta el último momento el uso de sus facultades intelectuales. He aquí el primer ejemplo. El caballero Le Clément de Saint-Marcq, ex-coronel del ejército belga, cita el siguiente caso que le ha sido comunicado por el médico que lo observó: Se trata de un suboficial de guarnición en Amberes que, desde hacía dos años se quejaba de violentos dolores de cabeza que, no obstante, le permitían cumplir con todos los deberes de su cargo. Un día murió repentinamente y fue llevado al hospital para que le fuera practicada la autopsia. Cuando se abrió su cráneo no se encontró sino una papilla de pus; no existía allí ni una sola célula de materia cerebral. Y como esta transformación de las células en pus, es decir, su destrucción por la enfermedad, no pudo verificarse instantáneamente sino que, por el contrario, era el resultado de la lenta evolución de un absceso, podemos llegar a la conclusión de que, durante un tiempo bastante largo, este suboficial había podido cumplir su servicio no poseyendo más que residuos del cerebro. Lo que es una buena prueba de que el pensamiento no está tan íntimamente ligado a este órgano como les place decir a los defensores de la tesis materialista. (Revue Scientifique et Morale du Spiritisme, 1907, pág. 275-276). He aquí otro ejemplo análogo al anterior, observado por el Dr. R. Robinson y expuesto por el profesor Edmundo Perrier en la Academia de Ciencias, de París: Se trata de un individuo de 62 años que, a consecuencia de una ligera herida en la región occipital, presentó algunas perturbaciones visuales que llamaron la atención; sin embargo no se produjo ningún síntoma alarmante, ni parálisis ni convulsiones. Los demás sentidos permanecieron en estado normal.
Al cabo de un año, el enfermo falleció bruscamente de un ataque epileptiforme. Al hacerle la autopsia, el doctor Robinson comprobó que el cerebro de este hombre tenía la forma de una cáscara muy delgada que, al cortarla, dejó brotar una enorme cantidad de pus. ¿Cómo es posible que una destrucción tan completa del órgano cerebral no haya producido ningún síntoma grave y característico? ¿Y qué se hace, ante un hecho de esta índole, la doctrina de las “localizaciones” que atribuye a las distintas regiones o zonas del cerebro funciones bien determinadas? El doctor Robinson, apoyándose en este caso singular y en los sabios estudios de los doctores Van Gehuchten y Pedro Marie, llega a la conclusión de que esta teoría debe ser revisada (Annales des Sciences Psychiques, 1914, pág. 29). A propósito de este último caso, el biólogo profesor Ugolini, de Florencia, hace notar con ironía al reproducido: “Entre nosotros: no podría decirse que ese hombre sin cerebro gozaba de una salud demasiado buena y de la plenitud de sus facultades si sufría perturbaciones visuales y epilepsia, y si un año después de haberse producido la herida, sucumbió miserablemente” (Annuario scientifico, 1913, pág. 241).
Fácil es responder que los comentarios del señor Ugolini no se refieren, en absoluto, a la cuestión de las relaciones entre el pensamiento y el cerebro, puesto que nadie ha pretendido jamás que un hombre que sufre de un tumor que le invade poco a poco todo el órgano cerebral, pueda gozar de una salud excelente. Yo añadiría que aun cuando esta persona, en lugar de haber seguido apta para trabajar, se hubiese quedado postrada en la cama, gravemente enferma, en nada se hubiera modificado la significación teórica del caso en cuestión, desde el punto de vista que nos interesa, que se refiere únicamente al hecho de la conservación de la inteligencia a pesar de la destrucción del cerebro, y no al de la conservación de la salud a pesar de un tumor cerebral. Esta última pretensión sería absurda y no tiene nada que ver con el asunto que discutimos. Queda, pues, demostrado que, en circunstancias excepcionales, la inteligencia puede permanecer intacta a pesar de la destrucción del cerebro. La hipótesis gratuita formulada por los fisiólogos según la cual los lóbulos cerebrales sobrevivientes sustituyen a los destruidos, se derrumba, así, inexorablemente. Por consiguiente, los casos de esta índole no son literalmente explicables por ninguna hipótesis fisiológica y arrastran a la vasta nada de las teorías erróneas, aquella que afirma que “el pensamiento es una función del cerebro”. Y por necesidad nos vemos obligados a reemplazarla por la teoría opuesta, según la cual el órgano cerebral está invadido y dirigido en sus funciones por algo cualitativamente distinto, donde reside la Conciencia Individual. En otros términos, todo concurre a demostrar la existencia de un “cerebro etéreo” inmanente en el cerebro físico, y, por consiguiente, la existencia de un “cuerpo etéreo” inmanente en el cuerpo somático. Lo mismo que había afirmado el apóstol Pablo, en una máxima digna del cincel, hace ya veinte siglos; lo mismo también que en nuestros días afirmaba la personalidad mediúmnica de Georges Pelham, por intermedio de la médium Mrs. Piper en una conversación famosa que sostuvo con el doctor Hodgson. Entre otras cosas, la mencionada personalidad respondió a una pregunta de Hodgson con esta interesante advertencia: “Yo no creía en la supervivencia. Era algo que excedía mi entendimiento. Hoy me pregunto cómo he podido dudar. Tenemos un facsímil etéreo de nuestro cuerpo físico, facsímil que subsiste después de la disolución de nuestro cuerpo físico”. Después de lo que acabo de exponer, es casi superfluo añadir que, una vez admitida la existencia de un “cerebro etéreo”, asiento de la Conciencia individual, resulta que el enigma de los “hombres que piensan sin cerebro” es fácil de aclarar. En efecto, se puede lógicamente presuponer que, en ciertas circunstancias de “sintonización” especial entre el cerebro y el espíritu, éste puede prescindir parcial o completamente de su órgano de relación terrestre. Dicho de otra manera: en contingencias semejantes, está claro que la única circunstancia de hecho absolutamente necesaria para explicar el misterio turbador de que tratamos es la de reconocer la existencia de una conciencia individual independiente del órgano cerebral. Una vez que estemos de acuerdo en este punto, se hace racionalmente comprensible que se hallen casos excepcionales análogos a los que hemos citado.
La tarea de investigar las causas no tiene ya sino un valor secundario, desde el punto de vista teórico, y puede inclusive hallar una solución por los métodos experimentales. Haré observar, asimismo, que reconociendo la existencia de un “cuerpo etéreo” en el hombre (existencia que contribuye a probar los fenómenos de “bilocación” en el sueño y de “desdoblamiento fluídico” en el lecho de muerte), no solamente se lograría resolver el problema que estamos analizando, sino también todos los enigmas inexplicables para la fisiología universitaria, desde la misteriosa existencia en la subconsciencia humana de una “memoria íntegra” perfecta y al propio tiempo inútil, hasta la existencia subconsciente de un “Yo integral” muy superior al “Yo consciente” y servido por facultades de maravillosos sentidos espirituales, capaces de escrutar el presente, el pasado y el futuro, sin límite alguno de tiempo ni espacio. Sin duda alguna que estos formidables enigmas de la subconsciencia, absolutamente inexplicables por cualquier hipótesis naturalista, pero perfectamente explicable por la hipótesis espiritualista, acabarán por provocar un día la definitiva caída del materialismo científico. Ese día no está lejano, aunque no es difícil prever que deberá desaparecer la actual generación entera, antes de lograrse la aprobación unánime de los pensadores acerca de este punto. Y es que existe una ley psicológica inexorable, que impide a los espíritus que se han ejercitado mucho tiempo en una concepción especial de la vida, asimilar ideas que contrasten de un modo absoluto con ella. En consecuencia, todo movimiento intelectual de orden religioso, social, moral o científico demasiado radicalmente innovador, ha sido siempre acogido con abierta hostilidad por todas las clases sociales, y, sobre todo, por las más elevadas y cultas. Volviendo a la cuestión de la imposibilidad en que se encuentra la psicología materialista para explicar la existencia subconsciente de facultades supranormales, quisiera hacer notar que el doctor Geley no ha cesado nunca de proclamarla, con la esperanza de provocar sobre el tema una discusión completa e instructiva. Pero siempre en vano. En la Revue Métapyschique de enero-febrero 1922, pág. 23 y 24, vuelve sobre este asunto, expresándose así: No hay paralelismo psico-anatómico, puesto que las acciones dinámicas, sensoriales y psíquicas pueden ser comprobadas incluso fuera del organismo, por una verdadera exteriorización.
No hay paralelismo psicofisiológico, puesto que el “trance”, durante el cual el subconsciente supranormal se manifiesta en todo su poder, es una especie de aniquilamiento de la actividad de los centros nerviosos ¡que llega, a veces, hasta el coma! ¿Dónde hallar rastros de paralelismo en la visión a distancia, a través de obstáculos materiales y fuera del alcance de los sentidos? ¿Y en la telepatía, independiente de todas las contingencias que rigen las percepciones sensoriales? ¿Y en la lucidez?... Los hechos subconscientes son igualmente contrarios a la vieja noción clásica según la cual no hay otra memoria que la cerebral. La memoria cerebral es, como se sabe, limitada, infiel, caduca. No encierra más que una débil parte de las impresiones-recuerdos del Ser. La mayor parte de estos recuerdos parecen perdidos: Pero, en los estados subconscientes, se ve aparecer otra memoria diferente, infinitamente vasta, fiel y profunda, Nos damos cuenta, entonces, de que todo cuanto ha estado en el campo psíquico persiste completo e indestructible en la memoria subconsciente... Los ejemplos de esta prodigiosa criptomnesia son hoy innumerables, y prueban que por encima de la memoria cerebral, estrechamente unida a las vibraciones de las células cerebrales, existe una memoria subconsciente, independiente de todas las contingencias cerebrales. De suerte que la memoria, así corno la conciencia, es doble.
Hay una conciencia y una memoria estrechamente asociadas al funcionamiento de los centros nerviosos, que solamente constituyen una pequeña parte de la individualidad pensante. Pero hay una conciencia y una memoria independientes del cerebro. Es la mayor parte de la individualidad pensante, la que no está circunscripta por los límites del organismo y que, por consiguiente, puede preexistirle y sobrevivirle. La muerte, en lugar de ser el fin de la individualidad pensante, no hace, por el contrario, verosímilmente, más que libertarla de la limitación cerebral y determinar su expansión. Todas estas inducciones nunca lo repetiremos demasiado no son postulados metafísicos. Están basadas en hechos ciertos. El razonamiento en que se apoyan es estrictamente racional y no se ha intentado ninguna refutación del mismo. El Dr. Geley hizo bien en terminar recordando que nunca han sido refutados los argumentos que demuestran la existencia en el hombre de una conciencia y una memoria independientes del cerebro. Por consiguiente, queda demostrado el error de la teoría del paralelismo psicofisiológico estricto. Y si hizo bien en recordarlo, es porque resulta incontestable que los adversarios han evitado siempre penetrar en la esencia íntima del debate, limitándose a repetir por su cuenta los argumentos habituales fundados en el paralelismo entre los fenómenos del pensamiento y la actividad morfológica del cerebro, olvidando que esos argumentos han perdido todo su valor a consecuencia de las nuevas circunstancias de hecho, de orden psicológico experimental, que han sido opuestas por los defensores de la independencia del pensamiento con respecto del cerebro.
Fácilmente se comprende la razón por la cual los opositores han evitado siempre discutir directamente los argumentos que se les sometían: es que no pueden refutarlos. Pero su impotencia no les impide permanecer sinceramente inquebrantables en sus convicciones materialistas, como si no lograsen convencerse de la flagrante contradicción lógica que existe en una situación semejante. Y por esta causa asistimos a la repetición perpetua de sus razonamientos, ya invalidados. Podemos agregar que su actitud no debe atribuirse a un “parti pris”, sino únicamente al embarazo en el que se encuentran frente a una situación bastante curiosa: la de sentirse al mismo tiempo impotentes para refutar los argumentos de los adversarios y firmemente seguros de su fe materialista. Como ya lo hemos hecho notar, esta actitud contradictoria obedece a una ley psicológica que, bien que desalentadora desde el punto de vista de la razón humana, es normal y necesaria a la evolución ordena-da de las ideas, a causa de la influencia moderadora y bienhechora que ejerce sobre la difusión excesivamente rápida de cualquier movimiento social innovador. Es el estado de espíritu que se llama, en la terminología psicológica, “misoneísmo”. En estas condiciones, sería inútil querer convencer a quienes no pueden comprender. Lo único que cabe es proseguir con serenidad el camino que se abre ante nosotros.
Concluyo, pues, llamando la atención de los lectores sobre el hecho de que los casos de individuos que conservan su inteligencia pese a la destrucción parcial o total del cerebro, contemplados conjuntamente con las circunstancias notabilísimas de la existencia en la subconsciencia humana de una “memoria integral” perfecta y de una conciencia individual superior dotada de facultades de sentido espiritual, conducen lógicamente a reconocer la existencia en el hombre de un espíritu independiente del organismo corporal, provisto de un organismo espiritual o “cuerpo etéreo”, asiento de la memoria integral y de las facultades sensoriales supranormales. Por otra parte, hemos podido demostrar que las conclusiones a que hemos llegado, aparecen perfectamente conciliables con la teoría del “paralelismo psico-fisiológico”, sobre el cual insisten justamente nuestros opositores. Y digo “justamente”, porque no puede haber duda alguna respecto de la verdad intrínseca de los hechos observados por los fisiólogos. Pero estos hechos, si se los examina a la luz de las modernas investigaciones sonambúlicas y metapsíquicas, cambian radicalmente de significación. Se hace, pues, necesario limitar el alcance teórico que abusivamente se les ha asignado, reconociendo que, lejos de demostrar que el pensamiento es una función del cerebro, prueban solamente la existencia de una correlación, por ley de equivalencias, entre las actividades morfológica y psíquica, opuestas entre sí; correlación que podría presumirse hasta a priori, de tal modo parece natural e indispensable para comprender bien la función real y grandiosa confiada al órgano del pensamiento, función que es doble: por un lado, la de registrar las vibraciones físicas que le llegan por la vía de los sentidos, a fin de transformarlas de inmediato en vibraciones psíquicas perceptibles para el espíritu, y, por otro lado, la de registrar las “imágenes psíquicas” con las cuales el espíritu responde a las vibraciones específicas que le llegan del medio terrestre, traduciéndolas y transmitiéndolas a la periferia en forma de acciones apropiadas.
Ahora bien; es evidente que todo esto no puede realizarse sin una dispersión de energía nerviosa en perfecta equivalencia con la naturaleza e intensidad de las actividades psíquicas en función. Los fisiólogos tienen, pues, razón, desde este limitado punto de vista. Por el contrario, cuanto acabamos de decir demuestra que los fisiólogos están equivocados cuando impugnan la legitimidad de la hipótesis espírita, a pesar de la convergencia imponente de todas las pruebas en su favor, y que la combatan en nombre del eterno y, sin embargo, efímero obstáculo del paralelismo que existe entre las funciones morfológicas del cerebro y las psíquicas. Como si la existencia de un instrumento que al accionar consume energía, no fuese compatible con la del obrero que lo hace funcionar. ¡Al contrario! Los dos términos del mayor problema del ser se concilian admirablemente entre sí; son incluso indispensables ambos para resolverlo. Los espiritistas proclaman, pues, solemnemente, que la teoría del “paralelismo psicofisiológico” es legítima, incontestable, inquebrantablemente verdadera, y que únicamente es preciso modificar su interpretación para hacerla compatible con la nueva psicología supranormal que ha sido revelada por las investigaciones sonambúlicas y metapsíquicas.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "Cerebro y pensamiento"
|