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Perdón y auto perdón PDF Imprimir E-mail
Divaldo Pereira Franco
Escrito por Administrador   
Miércoles, 07 de Septiembre de 2011 15:11

Toda vez en la que la culpa no emerge de manera consciente, son liberados conflictos que la enmascaran, llevando a inquietudes y sufrimientos sin aparente causa. Todas las criaturas cometen errores de mayor o menor gravedad, algunos de los cuales son archivados en el inconsciente, antes aun mismo de pasar por un análisis de profundidad en torno a los males producidos, sea referente a la propia persona o a otro. Más tarde o más temprano, resuenan de manera inquietante, produciendo malestar, inquietud, insatisfacción personal, ocasionando trastorno de conducta. La culpa es siempre responsable por varios procesos neuróticos, que debe ser enfrentada con serenidad y altivez. Nadie se puede considerar intocable en cuanto al proceso de evolución. Ni aun mismo aquel que sigue rectamente el camino del bien está sujeto a la alternativa de su conducta, teniendo en vista los desafíos que se presentan y el estado emocional del momento.

Hay periodos en que el bienestar enfrenta todo con alegría y naturalidad, mientras que, en otras ocasiones, los mismos incidentes producen disturbios y reacciones imprevisibles. Todos podemos errar, y eso acontece a menudo, teniendo el deber de perdonarse, no permaneciendo en el equívoco, al tiempo en el que nos esforzamos para reparar el mal que hicimos. Muchos males producen al propio individuo que los hace, remordimiento, vergüenza, resentimiento, sin que haya coraje para revivirlos y liberarse de sus efectos dañinos. Una reflexión en torno de la humanidad de que cada cual es poseedor, nos permitiría entender que existen razones que lo llevan a reaccionar, cuando debería actuar, tomar represalias, cuando sería mejor pedir disculpas, a hacer el mal, cuando nos cumpliría hacer el bien…

La terapia moral por el auto perdón se impone como indispensable para la recuperación del equilibrio emocional y respeto por sí mismo. Se torna esencial, por tanto, una reevaluación de lo ocurrido, en un examen sincero y honesto en torno al acontecimiento, diluyéndolo racionalmente y predisponiéndose a darse una nueva oportunidad, de forma que supere la culpa y se mantenga en estado de paz interior. El auto perdón es esencial para una existencia emocional tranquila. Todos tienen el deber de perdonarse, buscando no reincidir en el mismo compromiso negativo, desvinculándose de los cepos constringentes del remordimiento. Sea cual fuera la gravedad del acto infeliz, es posible repararlo cuando se está dispuesto a hacerlo, recobrando el buen humor y la alegría de vivir.

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Cara al auto perdón, de la necesidad urgente de la paz interior, surge el desafío del perdón al prójimo, aquel que se ha transformado en torturador, en adversario continuo de la paz. Una postura psicológica ayuda de manera eficaz y rápida el proceso del perdón, que consiste en el análisis del acto, teniendo en vista que el otro, el perseguidor, está enfermo, que el es infeliz, que su veneno le caracteriza el estado de inferioridad. Mediante este enfoque surge un sentimiento de compasión que se desenvuelve, disminuyendo la reacción emocional de rebeldía o de odio, o de la necesidad de retribución, descendiendo al mismo nivel en el que el se encuentra.

El célebre científico norteamericano Booker T. Washington, que sufrió persecuciones innominables por el hecho de ser negro, y que ofreció mucho a la cultura y a la agricultura de su país, aseveró con nobleza: No permita que nadie lo rebaje hasta el punto de usted odiarlo. Deseaba decir que nadie debe aceptar la ojeriza de otro, su odio o su desdén hasta el punto de sintonizar en la misma faja de inferioridad. Mantenerse por encima de la ofensa, no dejarse incomodar por la agresión moral, constituyen el antídoto para el odio de fácil irrupción. Sin duda, existen los envidiosos, que se complacen en denegrir a aquel a quien consideran rival, por no poder ultrapasarlo; también el enjambre de los que odian, que no se permiten acompañar la ascensión del prójimo, optando por crearles todos los embarazos posibles; son numerosos los cobardes que detestan los lidiadores, porque piensan que los colocan en postura inferior y se movilizan para dificultarles la marcha ascensional; son incontables aquellos que perdieron el respeto por si mismos y se auto realizan agrediendo a los trabajadores del deber y del orden, a fin de nivelarlos en su faja moral inferior…

Deja que la compasión tome tus sentimientos y envuélvelos en la lana de la misericordia, como te gustaría que hiciesen contigo, en el caso que te encontrases en la situación que ellos se encuentran. Percibirás que un sentimiento de comprensión, aunque no de connivencia con su error, tomará cuenta de ti, impulsándote a seguir adelante, sin que te perturbes. Bajo el acicate de esos infelices, a los cuales tienes el deber de comprender y de perdonar, porque no saben lo que hacen, ignorando que se perjudican a si mismos, seguirás confiado e invencible rumbo a la montaña del progreso. Nadie escapa, en la Tierra, a los procesos de sufrimiento infligido por otro, cara al estado espiritual que se vive en el planeta y de la población que lo habita por estar constituida aun por Espíritus en fases iniciales de crecimiento intelecto-moral. No te detengas, porque no encuentres comprensión, ni porque tus pasos tengan que enfrentar trampas y abismos que sabrás vencer, en el caso que no te permitas compartir las mismas actitudes de los malos. Llegarás al final de la jornada victoriosamente, y eso es lo que importa. El eminente sabio de Grecia, Solón, acostumbraba a decir que nada es peor que el castigo del tiempo, refiriéndose a las ocurrencias inesperadas e inevitables del paso de los días. Nunca se sabe lo que irá a acontecer y como se reaccionara. De esa forma, has siempre todo el bien, ayúdate con la compasión y el amor, alzándote a paisajes más nobles de los que caminas por un tiempo.

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Perdónate, por tanto, perdonando, también a tu prójimo, sea cual sea el crimen que haya cometido contra ti. El problema será siempre de quien erra, jamás de la víctima, que se depura y ennoblece. Pilatos y Jesús se enfrentaron en niveles morales diferentes. La astucia y la soberbia tienen su gloria mentirosa y su fatuidad desmedida. La humildad real, la grandeza moral y la sabiduría profunda en el otro, fue superior al bribón representante del poder terrenal del Cesar. Cobarde y pusilánime, Pilatos no vio la culpa, más no lo liberó, porque estaba embriagado de ilusión sensorial, lavando, las manos, tomo Su vida, sin embargo, no se liberó de la responsabilidad en la conciencia. Estoico y consciente Jesús aceptó la imposición arbitraria e infame, dejándose erguir en una cruz de tosca madera, a fin de perdonar a todos y amarlos una vez más, invitándolos a la felicidad ¡Perdona, pues, yo te perdone!

Joanna de Ángelis.

(Página psicografiado pelo médium Divaldo P. Franco, na sessão da noite de 4 de janeiro de 2005, no Centro Espírita Caminho da Redenção, em Salvador, Bahia.)