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El amor es la sustancia creadora y mantenedora del Universo, que está constituida por esencia divina. Es un tesoro que, cuanto más se divide, más se multiplica y se enriquece a medida que se reparte. El placer legítimo proviene del amor pleno, generador de la felicidad, en cuanto el común es devorador de energías y de formación angustiante. Cuando el amor domina los paisajes del corazón, aun existiendo alguna dificultad de orden sexual, se hace posible superarla, mediante la transformación de los deseos y frustraciones en solidaridad, en arte, en la construcción del bien, que tienen como mira el progreso de las personas, así como de la comunidad, tornándose por lo tanto tales cuestiones irrelevantes. El ser humano, aunque esté vinculado al sexo por el atavismo de la reproducción, está destinado al amor, que tiene más vigor que la simple comunicación genital. Las magnificas edificaciones de grandeza de la humanidad tuvieron en el sexo su vinculo de estimulo y de fuerza.
No obstante, se persigue el triunfo, la gloria efímera, el poder para disfrutar de los placeres que el sexo proporciona, cayendo en un equivoco lamentable y perturbador. En su globalidad, el amor es un sentimiento vinculado al Yo superior en cuanto que la búsqueda del placer sexual es más pertinente al ego, responsable por todo tipo de posesiones.
El sentimiento de amor puede llevar a una comunión sexual. Sin que eso se torne una condición imprescindible. Sin embargo, el placer sexual puede ser conseguido por impulso meramente instintivo, sin un compromiso más significativo con otra persona que, normalmente se siente frustrada y usada. Los profesionales del sexo, porque pierden el componente esencial de los estímulos, en razón del abuso que portan, caen en las explosiones eróticas, buscando recursos visuales que les estimulen la mente, a fin de que la función pueda responder de manera positiva. El amor, como componente para la función sexual, es tierno y juicioso, comenzando por acariciar con la mirada que enternece y hace vibrar todo el cuerpo ante la expectativa de la comunión renovadora.
Esa libido tormentosa, vinculada por la mediática y expuesta en los comercios en la forma de artefactos, se convierte en una aberración que pasa a ser exigencia de la disipación, resbalando en los abismos de otros vicios que se le asocian. Cuando el sexo se presenta exigente y tormentoso, el individuo recurre a las actitudes emocionales de la violencia, de la persecución, de la inmundicia. Los grandes verdugos de la Humanidad, hasta donde se los puede entender, eran portadores de trastornos sexuales, que trataban de disimular, transfiriéndose hacia situaciones de relevancia política, social, guerrera, tornándose temerarios, porque sabían de la imposibilidad de ser amados. El amor es el dulce arrobamiento que embriaga de paz a los seres y los promueve hacia las cumbres del auto realización, estimulando el sexo dignificado, reproductor y calmante. El amor el arte y la belleza inspiró a Miguel Ángel a pintar la Capilla Sextina, entre otras obras magistrales, esculpir la Pietá y el Moisés; el amor a la ciencia condujo a Pasteur al descubrimiento de los microbios; el amor a la verdad llevó a Jesús a la cruz, trazando una ruta de seguridad para las criaturas humanas de todos los tiempos…
Sexo, en si mismo, sin los condimentos del amor es impulso violento y fugaz. Cuando el sexo se impone sin amor, su pasaje es rápido, frustrante, insaciable… Los días actuales son de libido desenfrenada, de pasión avasallante, de predominio de los deseos que desgobiernan las mentes y aturden los sentimientos bajo el comando de Eros. No obstante, el amor está siendo convidado a sustituir la ilusión que el sexo automatista produce, calmando las ansiedades en cuanto eleva a los seres humanos a la planicie de las aspiraciones más libertadoras. En una esfera más elevada, se convierte en sentimiento, gracias a la conquista de algún ideal, alguna aspiración, anhelos por alcanzar metas agradables y desafiantes, propensión a la realización ennoblecedora. El deseo se impone como un fenómeno biológico, ético y estético, necesitando ser bien administrado en un caso como en el otro, a fin de tornarse motivación para el crecimiento psicológico y espiritual del ser humano.
Por tanto, es natural la búsqueda del placer, ese deseo interior de conseguir el gozo, el bienestar, que se expresa después de la conquista de la meta pautada. El placer se presenta bajo variados aspectos: orgánico, emocional, intelectual, espiritual y es, ahora físico, material y en otros momentos de naturaleza abstracta, estético, efímero o duradero, pero que debe ser registrado muy fuerte en el psiquismo, para que la existencia humana exprese su significado. Comúnmente, el placer depende de cómo es considerado. Aquello que es bueno, genéricamente da placer, abriendo espacios para el miedo a la perdida, a la falta o a las situaciones en que puede generar daños, contribuyendo a la caída del individuo en zonas sombrías de aflicción. Por una herencia atávica, un gran numero de personas tiene miedo del placer, de la felicidad, por asociarlos al pecado, a la falta de mérito, que se convertirá en una deuda a rescatar, ofreciendo a la desgracia la oportunidad de venir o tal vez, como una tentación diabólica para retirar al alma del camino del bien. Esto que sucedió durante siglos, en la actualidad, no es así, y vencida la conciencia de culpa, viene conduciendo a legiones de gozadores al desequilibrio, al abuso, a extremos de las aberraciones.
El deseo y el placer se transforman en palancas que impulsan al individuo a abismos que lo devoran. No obstante, la esencia de la vida corporal, es la conquista de si mismo, la lucha bien dirigida para que se consiga la victoria del “Yo superior”, su armonía y no solamente el gozo breve, que se transfiere de un lado a otro, siempre más ansioso y perturbador. El amor debe ser siempre el punto de partida de todas las aspiraciones y la etapa final de todos los anhelos humanos. El clímax del amor se encuentra en aquel sentimiento que Jesús ofreció a la Humanidad y prosigue donando, en Su condición de Amante no amado.
Joanna de Ângelis
Médium Divaldo Pereira Franco. Extraído del libro “Amor Invencible Amor”
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