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-Sobre los graves problemas de la guerra y del hambre, epidemias que todavía asolan a la humanidad, ¿qué esperanza podría transmitirnos?
-A través de los Mensajeros del Señor, constantemente el ser humano ha sido exhortado a dominar sus sentimientos inferiores, egoísticos; a extender cariñosa y fraternalmente las manos uno al otro, a conjurar desde el presente los recurrentes y desastrosos efectos de la imprevisión a lo largo del tiempo. Los flagelos que en períodos regulares asolan la vida del hombre, entre éstos el de la guerra, tienen la finalidad primordial de despertarlo, de llevarlo a ejercitarse en la predominancia de la naturaleza espiritual sobre la naturaleza animal. Sólo la barbarie puede definir la condición de los pueblos que todavía cultivan el derecho del más fuerte.
Ambos flagelos, el hambre y la guerra, aunque puedan causar daños terribles a la humanidad, desaparecerán de la faz de la Tierra cuando los hombres, tocados por el dolor y amparados por el conocimiento, a lo que se viene a juntar la misericordia de Dios, se reconocerán como hermanos componentes de la misma familia humana, ayudándose recíprocamente.
-¿Cómo visualiza, entonces, el próximo Milenio?
-En la actualidad vivimos todavía el período de las conquistas exteriores. El Tercer Milenio, y a partir de entonces, de manera primordial, será el de las conquistas interiores. El hombre acabará comprendiendo su verdadera naturaleza espiritual y entonces sentirá necesidad de libertarse de las vibraciones más bajas del planeta, avanzando más fácilmente en el rumbo de los Planos Superiores. Los Espíritus Sabios nos han afirmado que nuestro mundo sufrirá grandes transformaciones, menos por catástrofes de extensa magnitud que por la emigración de los Espíritus Inferiores, «aún no tocados por el sentimiento del bien», hacia mundos de razas condicentes con su nivel. Que nadie tenga dudas: vivimos tiempos de vital transición. La humanidad del bien y del progreso moral ya comienza a habitar en nuestro globo, preparando los tiempos de la regeneración. Serán alejados de nuestro mundo, por tanto, solamente los que se obstinan en la degradación de los instintos, los que se muestran apáticos o incompatibles con el reinado de la fraternidad.
«En lo que atañe a la vida del hombre en el milenio que nos espera a menos de un cuarto de siglo, lo que podemos acrecentar es que, además de lo que está dicho, los Espíritus son discretos en lo que se refiere al porvenir. Apenas dejan traslucir la proximidad del período áureo de luces que se irá intensificando al fin de los siglos a medida que el ser humano se eleve por el despojamiento de la esclavitud sensorial que lo subyuga a las leyes de la materia. El sexo, dirigido hacia fines nobles, ganará connotaciones más edificantes en su función elevada, luchando el Espíritu para gobernar el instinto. Es cierto que ya hubo progreso digno de anotación, pero el camino es muy largo. No animemos la ilusión de que eso ocurrirá de inmediato. El Tercer Milenio tendrá mil años para su menester...»
-Ya que vivimos, pues, un fin de ciclo planetario y próximo inicio de otro, díganos palabras de consuelo y de rediviva esperanza para creyentes y descreyentes.
-No nos cansemos de servir. No nos perturbemos frente al dolor. Sepamos soportar con buen ánimo las aflicciones que nos llegan, mirando un poco más allá de las cosas inmediatas. Inclinémonos a la humildad. Muchas veces es fácil ser importante en una gran tarea, difícil es ser noble en tareas insignificantes. Si tuviésemos palabras para consolar a los que sufren, secar la lágrima a los que lloran y balsamizar el alma de los afligidos, conforme nos está inspirando nuestra querida Benefactora Joanna Angelis, diríamos que nuestras lágrimas fluyen de nuestro mundo interior y nos refrescan a semejanza de los regatos amigos, la tierra reseca por los penetrantes rayos del sol de la caminada, preparando el suelo árido para transformarlo en un hermoso jardín.
«Nuestros dolores no son nuestros apenas, son los dolores del amor. »Nuestras dificultades, recursos vehementes para que avancemos. »Si vivimos estaciones oscurecidas por tinieblas y sombras densas, más allá de la oscuridad fulguran las estrellas del amor de nuestro Padre. Tras estas horas de angustia, surgirá la aurora imperecedera de la felicidad total. Un día cesarán todas las amarguras y las dolorosas pruebas. Tengamos fe, tengamos buen ánimo. La ola se encrespa hasta el máximo para entonces descender, y así seguir, hasta extenderse en filigranas de espumas. Jesús es el camino, es la vida mirando con ojos de eternidad. Todo nos dice: ¡Tened esperanza! Hay una salida luminosa en el fin del laberinto, y allí no habrá más tinieblas.
-Un problema bien característico de nuestro siglo: el de los niños desamparados. Tales criaturas-problema, algunas consideradas irrecuperables en la presente encarnación, estarán actuando en la llamada «Era del Espíritu». ¿Qué se le ocurre decirnos sobre mejores condiciones de desarrollo para esta simiente del mañana?
-Hagamos todo el esfuerzo posible para que los niños hoy carentes, mañana puedan adaptarse en una metodología de felicidad. Si nosotros, desde ahora, suministramos a la infancia desamparada nuestros recursos valiosos, ofreciéndole nuestra investidura de amor y abnegación, aunque ellas no desarrollen enseguida las cualidades de relevancia espiritual, les nacerán, con todo, sentimientos de estímulo, gratitud y afectividad. Al nacer a una nueva vida, en milenios posteriores, aún no habiendo alcanzado plena evolución, estarán predispuestas al progreso en ese sentido, gracias a un medio social más acorde con sus necesidades básicas. Sentirán el impulso de progresar y progresarán, ineludiblemente.
-¿Cuáles, entonces, las palabras morales de seguridad frente al futuro?
-Que nuestro amor se amplíe hasta transformarse en amor a nuestro prójimo.
«Aprendamos a ver en el dolor una dádiva del amor de Dios. Aún entre lágrimas e incomprensiones, prosigamos el trabajo del bien. Tratemos nuestra reforma íntima, en el debido tiempo. Dios proveerá recursos para la reforma de nuestro semejante. Tal como la lámpara, hagamos por iluminar, sirviendo en silencio. Escuchemos la conciencia antes de perjudicar a algún hermano. Venzamos la mentira y las ilusiones para verticalizarnos en el amor misericordioso de Dios. Cual rosal que no niega la flor, no neguemos el gesto florido de la caridad para con nuestro hermano necesitado. En la hora del desánimo y de la extenuación, busquemos recursos en el Banco de la Conciencia y de la Acrecencia Divina. Iluminemos el cerebro con el conocimiento que eleva, iluminando igualmente el alma con el amor que redime. Estudiemos, trabajemos, construyamos, toleremos, avanzando sin cesar. Perseveremos en la vigilancia, entregados a la oración. Sometámonos a la voluntad de Dios, agradeciendo el día y la noche, la alegría y el sufrimiento, la salud y la enfermedad, las bellezas de la vida y la misericordia de la muerte. Olvidemos la calumnia, orando por el calumniador. Renovémonos cada día, irradiando alegría y tranquilidad a los que nos rodean. Además del gesto del óbolo, practiquemos la caridad de la palabra blanda, de la comprensión que no juzga, del silencio que reconstruye, de la renuncia que edifica, de la recapitulación que concientiza, del ejemplo que orienta, de la gratitud que ama. El Milenio entrante comienza ahora, con la reforma interior que hace nacer al hombre nuevo. Pidamos a Jesús: Fe, Esperanza, Caridad. Principalmente la Caridad.»
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Evolucionan hasta este marco nuestros registros iniciales acerca de la Doctrina Consoladora hadada por Cristo para un nuevo molde y descubrimiento del hombre en su lucha por el verdadero perfeccionamiento. Agradecemos la bendita gracia de reconocer que, en términos de humanidad en evolución, las luces del futuro retornarán con creciente enfoque a la Codificación de los Evangelios, tal como consta en las obras de Allan Kardec. Para la elaboración de éste libro tomamos la vida y la obra de Divaldo Pereira Franco como punto de referencia por conscientes motivos. Ningún hombre tendrá condiciones de llevar adelante una obra de tal siembra y envergadura, como viene haciendo Divaldo, si no tiene dentro de sí al Cristo redivivo por la fe que mueve montañas. En la convivencia mantenida con él durante los trabajos de investigación biográfica, más de una vez nos fue concedida la oportunidad de presenciar manifestaciones cariñosas e inequívocas del Mundo Espiritual, inclusive de Espíritus que en vida fueron muy queridos a nuestro corazón, como lo son, hoy, a las más queridas evocaciones. Preferimos con todo pasar por alto esos episodios, principalmente debido a la abundancia de mejor material, y para que pudiésemos atenernos más a los objetivos propuestos. Concordamos de antemano con la insignificancia de nuestro trabajo, que sólo conseguimos llevar a feliz término gracias al inestimable amparo de los Amigos del Mundo Mayor, relegados nuestros deméritos en beneficio de la meta a ser alcanzada. No obstante, en rápido registro, no queremos que pase desapercibido un hecho anterior y congruente con el origen de este libro.
Hace más de dos años atrás, visitábamos a Francisco Cándido Xavier en Uberaba, en la condición de periodista escéptico, «libre-pensador» fuera del compromiso con toda y cualquiera doctrina, conceptuación o corriente filosófica que sugiriese, siquiera, una disciplina para los impulsos hedonistas que deberían nortear la vida del hombre, tan llena de sufrimientos y percances y, por eso, tan carente de compensaciones placenteras. El Espiritismo, para nosotros, era algo así como una «locura blanda» que atacaba a personas predispuestas, sugestionables o desengañadas de este mundo, semejantes a determinados surtos epidémicos que se abaten sobre organismos receptivos. Fue necesario que las tenazas de la vida, presionando en varios frentes, hiciesen caer sobre nuestros hombros el peso de las luchas y pruebas para que, flexionado por el yugo del sufrimiento, revisásemos los viejos valores a que nos ateníamos, inspirado en la humildad consciente de quien busca ser lúcidamente honesto consigo mismo y con la Verdad. Es dentro del propio dolor que aprendemos la razón de ser del sufrimiento. La trascendental diferencia entre el hombre viejo y el hombre nuevo es casi intraducible en palabras. Pero en el derrotero de cada Espíritu Humano en jornada por este Mundo llega el día de su «encuentro en Uberaba». En el fondo, para nuestra felicidad, todo se resume en cambiar una felicidad menor por otra, mucho mayor.
Encendiendo una en la otra En la oscuridad somos velas Nos extinguimos transformando Sombras densas en claridades bellas Siendo el futuro el fruto de la simiente de nuestras acciones de ayer, está en nuestras manos la oportunidad de modificarlo por nuestras obras de hoy. De tal forma que una atenta observación del paisaje humano y psicosfera terrestre en este final de milenio, llevándonos a intuir perspectivas de sufrimientos colec-tivos para el ser inteligente, nos hace entrever igualmente, por la misma ley de causa y efecto, un despuntar radiante de perennes esperanzas para millares de criaturas. El Brasil, Patria de la Espiritualidad en la Tierra, concientizado por los Medianeros del Mundo Mayor, bajo el signo de Ismael y sus Falanges del Bien; ensancha los caminos de su misión redentora, dando al mundo médiums que verdaderamente encarnan la Misericordia Divina, tales como Francisco Cándido Xavier, Divaldo Pereira Franco, Yvonne Pereira y tantos otros. Nos dice el Espíritu Emmanuel en Derrotero, por la misericordiosa psicografía de Francisco Cándido Xavier: «Olvidemos, por ahora, el distante paraíso para ayudar en la construcción de nuestro propio cielo. Interfiramos menos en la regeneración de los otros y reflexionemos más sobre nuestro propio reajuste, frente a la Ley del Bien Eterno y, sirviendo incesantemente, con nuestra fe, a la vida que nos rodea; la vida, a su vez, nos servirá, infatigable, convirtiendo a la Tierra en Estación celestial de armonía y luz para el acceso de nuestro espíritu a la Vida Superior».
Guardamos, en fin, la pequeña más sólida esperanza de que el mensaje que puede contener este libro, elaborado a cuatro manos más la caritativa asistencia de Espíritus Benefactores, inspire hacia la felicidad a las criaturas que están sufriendo yuguladas por la desesperanza, por la incredulidad, por la indiferencia. Es también una grata reverencia que prestamos a los anónimos ,e infatigables trabajadores de la Obra del Señor, queriendo ser una palabra de amor y de incentivo para los oprimidos de cualquier condición o naturaleza y para los que, buscando un sentido para la vida, no han logrado alcanzarlo. Creyendo, como ciertamente creemos, que todas las religiones dedicadas al Bien son intrínsecamente buenas, sagradas y Divinas, deseamos, sin embargo, formular nuestra convicción, forjada en las posadas de lucha a través del raciocinio y el corazón, que el Espiritismo Kardeciano es verdaderamente el Consolador prometido por Cristo*. Gracias a él, comprendemos que no fuimos arrojados en este Valle de las Sombras por mero capricho de un dios tan indescifrable cuan Omnipotente, complaciéndose con nuestros tropiezos y caídas y, sí, que estamos en la Tierra como alumnos en escuela de amorosa evolución - rumbo a mundos mejores.
Que, a semejanza de la larva que se arrastra en el nacedero, nuestro verdadero destino es levantar vuelo entre adornos y esplendores, rumbo a los sitios de la armonía y de la felicidad. Que, finalmente, nos es concedida la Divina oportunidad de 'rescatar nuestros débitos acumulados en vidas pretéritas, con opciones amenizadoras que sólo iremos a encontrar en la práctica de la verdadera Caridad. Recordando la visionaria afirmativa de Kardec de que es preferible rechazar nueve-verdades antes que aceptar una mentira .y, así, amparado por lúcida clarividencia, despojada, siempre, de sectarismo o exclusiones por la fe, con reconocimiento agradecemos el lumen indandescente de este lucero de bendiciones, de esperanzas balsámicas que nos ayudan a llevar adelante, sin desalientos ni lamentaciones, el fardo bendito de la existencia, que tal es nuestro feliz destino.
Extraído del libro "Vida y Obra de Divaldo Pereira Franco"
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