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La lucha que mantiene incesantemente el espíritu es la de perfeccionarse. Nadie que se sienta imperfecto, permanece tranquilo, en algún momento, en algún lugar, un día, reflexiona, y se descubre, es entonces cuando ve aquello que lo inquieta, que lo mantiene pesaroso, y en cierto momento, se decide a cambiar. La necesidad de ser perfectos es una forma de control. Una parte de nosotros que se siente herida cree que "Si soy perfecto (¡lo que quiera que signifique éso para cada uno!), la gente me aceptará, me querrá, me admirará, me aprobará y me prestará atención o me valorará. Entonces me sentiré importante. Siendo perfecto, puedo controlar lo que la gente siente sobre mí".
La necesidad de controlar los sentimientos de los otros hacia nosotros proviene de nuestra actitud de otorgarles a los demás la responsabilidad de valorarnos. Tenemos la falsa creencia de que si le caemos bien a alguien, entonces somos valiosos, y podremos ser felices.
Poco a poco, el espíritu va rompiendo la coraza que le obstaculiza caminar con libertad, se propone una meta, y no para hasta conquistarla, pero ahí no acaba todo, el niño no solo aprende las primeras letras, una vez aprendido el abecedario, continua sus estudios para conseguir el doctorado, cuando es mayor. Una vez que nos hemos despojado de los tejidos groseros, con las experiencias adquiridas, invertimos los mejores recursos hasta alcanzar el nivel de conciencia lúcida para hacer brillar nuestra luz. Todos tenemos un dios interno adormecido, lo engrandecemos a medida que vencemos las sombras que nos revisten, pasando a poseer valores cada vez más nobles que nos facilita un grado de desarrollo moral cada vez más grande. En todas las encarnaciones crecemos, ampliando nuestra capacidad de comprensión de las cosas, gracias al esfuerzo que hacemos en el aprendizaje teniendo en vista la Superior Justicia que rige todos los destinos.
El recurso más valioso para facilitar el entendimiento en torno a los acontecimientos y de las personas, es el amor, que nos capacita para nuevos emprendimientos y luchas. Las sombras nos hacen muchas veces elegir los placeres mundanos, haciendo que ese proceso sea muy largo, nos olvidamos del deber y sin darnos cuenta generamos conflictos por vincularnos a los vicios a los cuales pasamos a depender, cuando si hubiésemos seguido en la línea marcada del progreso avanzaríamos mediante recursos menos penosos. Adoptados los primeros fenómenos inconscientes de la evolución el espíritu, pasa por los instintos que se le fijan demoradamente, necesitando transformarse esos instintos en sentimientos, para lo cual tendrá que invertir sacrificio y abnegación para desvincularse de los condicionamientos generadores de penosos y exhaustivos goces.
Jesús propuso enfáticamente, el amor hacia los adversarios, para conseguir la perfección. Presentado al Padre como síntesis absoluta que es de la perfección, no obstante inalcanzable, ya que el Espíritu jamás podrá ser igual al Creador. Para alcanzar la perfección hemos de tratar la perfección constantemente, superando el ego severo y vigilante, superando la liberación del Espíritu cuyo campo de acción aun se encuentra impedido para su total y plena manifestación. Amar a nuestro prójimo significa, compañerismo, tolerancia, solidaridad en el sufrimiento y también en la alegría, amistad en las situaciones difíciles, capacidad de disculpar siempre, produciendo una vinculación afectiva que soporte los roces y los conflictos típicos de cada cual. Es un amor diferente del que sentimos por los enemigos, ya que él se hace a nuestros ojos un ofensor, presentándonos su imagen controvertida y destacada por el mismo, haciéndonos su víctima. Amar a ese antagonista es no retribuirle la ofensa, no detestarlo, no conducirlo en el pensamiento, conseguir liberarnos de sus diatribas y agresividad.
El resentimiento, el deseo de venganza, la amargura se instala, porque de alguna forma, dependemos de las vibraciones maléficas del perseguidor. El amor nos liberaría si lo cultivásemos en nuestro corazón, ya que solo así el mal que nos quieren hacer no nos ataría al verdugo, estaríamos tranquilos, cosa que no nos ocurre si en nosotros anida el resentimiento, el deseo de vengarnos de él. Ese resentimiento nos prepara para futuros combates, en los cuales necesitaremos de la paciencia, la compasión, la caridad y el sentimiento de solidaridad. Nuestro inconsciente rechaza el perdón al enemigo y consecuentemente, el amor a quienes nos causo daño y perturbación. Jesús nos alerto de las dificultades y para ellos debíamos estar armados para los peligros de cada momento, por eso estableció el amor como el arma invencible contra el mal y a favor de los malos. Y esto es porque el amor es penetrante y altera nuestro comportamiento, dulcificando a quien lo exterioriza y a aquel que lo recibe, ya que el amor procede de las vibraciones del Yo superior. Por eso en las relaciones humanas el debe estar siempre presente ya que solo el consigue transformar moralmente lo que la claridad de la razón sencillamente no lo logra. Nunca podremos conseguir la perfección de Dios, pero si podremos despojarnos del primitivismo, como el diamante para brillar debe liberarse de toda la ganga, pasando por la necesaria lapidación, para que pueda reflejar la luz de afuera, poseedor que es de pureza y luz eterna…
Tanto el hombre como la mujer sufren profundos bloqueos en el inconsciente respecto a la perfección, ya que se preocupa más por la obtención de recursos materiales que le permitan vivir mejor en la vejez, abrigando la esperanza de estar lejos de la enfermedad y del sufrimiento, descuidando así lo esencial, que es el esfuerzo para auto-abrirse a los designios espirituales de Jesús, como terapia y solución para las cuestiones afligentes de lo cotidiano. Solamente cuando el ser humano logre la propia integración ejecutando la perfecta armonía entre el ser interno que es y el externo que presenta, realizando y venciendo la lucha intra-psiquica contra lo establecido como triunfo y felicidad, aceptará los desafíos propuestos por Jesús. En la educación psicológica del ser no ha de faltar la confianza que aplicada con calma y amorosamente contribuye a la formación de cimientos tranquilos y fuertes. Si no hay confianza ante todo y todos, aguardando señales definidas para el rumbo emocional que debemos tomar, seremos dominados por la infelicidad. Si realmente buscamos la plenitud, no debemos perturbarnos, ante el concepto de los campeones de las sombras, de que debemos combatir con astucia y argucia, que no debemos ceder jamás, ni retroceder, manteniéndonos siempre en vigilancia contra sus trampas, por el contrario hemos de sentir que la realidad es muy diferente de esa amenaza enfermiza, y podremos observarlo en nosotros mismos que aspiramos a una situación más enriquecedora y a experiencias más felices.
Comenzamos por el auto-análisis y a observar a otros hermanos que comenzaron antes que nosotros y que aspiran al equilibrio a la paz, a esa perfección, y que están empeñados en tornar cada día más ejecutable el esfuerzo que han dirigido hacia el bien y hacia la plenitud. Lo básico, lo común, ya no les satisface, porque aspiran a más y mejor, respiran una sicoesfera más sutil y renovadora, desintoxicándose de los vapores deletéreos en los cuales están inmersos todos los que aun no despertaron, que aún permanecen atentos a los placeres mundanos, en los juegos, en los vicios, en los juegos de los sentidos y en las ilusiones efímeras que pueblan su casa mental. Necesitamos dejar de definir nuestro valor en base a cualidades externas y comenzar a valorar nuestras cualidades internas, espirituales. Si su evaluación se basa en el rendimiento, siempre estará preocupado por los resultados. Si evalúa su ser basándose en sus virtudes interiores de caridad, compasión, bondad, empatía y buen humor, alcanzará una satisfacción verdadera. Esto le permitirá crear y producir con libertad y alegría, sabiendo que aún cuando cometa todos los errores del mundo, usted seguirá siendo valioso. La perfección no importa cuando usted está feliz por sus logros internos, y no preocupado por controlar lo que los demás piensan y sienten sobre usted. Cuando abramos la mente a la idea de que existe una autoridad interna para valorar nuestras acciones, y sepamos apreciar la maravilla y la belleza de su esencia humana, dejará de pensar en la perfección, en su "rendimiento" y en las opiniones que los otros tienen sobre usted.
Sabrá que usted es casi perfecto en su esencia, y que no hay nada que probar ante los demás. Cuando reconozca que su trabajo es intrínseco más que basado en manifestaciones externas, la vida se tornará mucho más fácil y menos agotadora. En lugar de permitir que su adicción a ser perfecto lo inmovilice, será libre de expresarse libremente y manifestar sus dones y talentos. ¡La expresión personal creativa causa alegría, no miedo! Todo el que realmente está entregado al afán de conseguir esa perfección ha procurado encontrar los medios para conseguirlo, se ha encontrado con Jesús el Mayor y el más grande expositor porque Él es el camino la Verdad y la Vida, y siente los efectos saludables en su interior al haberle tomado como su modelo y guía para conseguirlo, sintiendo la satisfacción de encontrarse empeñado en la auto-liberación y la auto superación ante las sombras. Si queremos conseguir la perfección, hagamos el propósito firme, de reafirmarnos con Jesús y un día conseguiremos ese estado especial de paz y armonía, con el mundo y con las almas que lo pueblan. No nos olvidemos que la mejor herramienta es el amor, el nos servirá de baluarte siempre que no seamos comprendidos ni tenidos en cuenta.
Divaldo Pereira Franco.
Extraído del libro “Jesús y el Evangelio” Merchita
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