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Nos gustaría contar como la Divinidad nos ayuda, al hacernos receptivos. En un bello artículo de Selecciones del Reader’s Digest, el autor dice que todos estamos bajo el apoyo de la mano de Dios y cuenta algunas experiencias que tuve la oportunidad de anotar. De entre algunas: La familia había recibido la visita de dos sobrinas pequeñas. La misma estaba constituida por el matrimonio y dos hijitas, y, ante la circunstancia inesperada, resolvieron que las dos sobrinas durmieran en la habitación de las niñas: las hijas en una litera las sobrinas en otra. Se acostaron. En un momento dado, la señora tuvo la impresión de que una de las sobrinas estaba llorando en la sala y, automáticamente saltó de la cama, corrió y encendió la luz de la habitación. Llegando allí, ella percibió que todo estaba bien, pero llegó en el justo momento en que escuchó un fuerte estallido en la litera superior. Entonces ella corrió, la agarró y llamó gritando al marido, que vino y amparó la litera que se partía, evitando que cayese sobre la pequeña Raquel, de tan sólo dos años, matándola.
La señora empezó a llorar y el marido le preguntó: “¿No confías en Dios? ¿Cómo es que te levantaste y viniste exactamente aquí ?" Ella respondió: “Porque escuché el lloro de una de mis sobrinas aquí en la sala”. El dijo: “Pero ambas están durmiendo… y la escena fue tan bendecida que siquiera nuestras hijas se despertaron”.
Realmente, sólo la protección de Dios para un socorro de esa naturaleza, en un momento de emergencia como ese. El autor narra otra experiencia que ocurrió en Florida: Estaban en un club. Un excelente nadador subió para saltar y cuando se preparaba, en el trampolín, mirando a su alrededor, él oyó a alguien gritar: “Por favor; salven al crío que está casi muerto dentro de la piscina”. El miró hacia abajo y vio un niño en el fondo de la piscina como si estuviese muerto. Saltó inmediatamente, sin embargo llevándose la visión de la indiferencia de las personas que miraban la piscina, mientras la señora gritaba desesperadamente y no hacían nada. Se sumergió y sacó el niño que estaba amoratada, sin respirar. Comenzó a masajearla, a insuflarle aire en los pulmones hasta que el niño tosió, recuperándose, y fue llevada en una ambulancia. Pasado aquel choque, él preguntó a las personas: “¿Pero qué sociedad es esta? La señora gritaba: Salven al niño, que se está muriendo dentro del agua, y ustedes la miraban en la más absoluta indiferencia. ¿Cómo es eso?. Pero las personas dijeron: “Nosotros no entendimos lo que ella hablaba; ella hablaba en español”. “¿Cómo que en español? Yo la oí hablar en inglés”. “No, señor, ella hablaba español”. Entonces fueron hasta la señora y le preguntaron: “¿En qué idioma pidió usted socorro? Ella no entendió. Llamaron a alguien que hablaba español y le preguntó: “¿En qué idioma pidió socorro la señora?. Ella dijo: En español”. – “¿No fue en Inglés? – “No, yo no hablo inglés; no se una palabra en inglés”. ¡Pero él oyó la llamada en inglés!
El tercero fue de un soldado en el Vietnam. El día 2 de enero de 1962 fue destacado con una patrulla para observar el campamento de los Vietcong’s y se adentró por el bosque. Llegando a más o menos 500 metros de campamento percibió un gran movimiento entre los adversarios. Él llevaba una radio en la espalda, la cogió y, por el teléfono, pidió que le diesen instrucciones. Dijo que estaba habiendo un gran movimiento de tropas, de vehículos y que no sabía que hacer. Entonces respondieron de allí: “Échese y diga al grupo que se eche, que nosotros vamos a bombardear”. Inmediatamente el bombardeo cayó sobre el campamento y, de repente, él tuvo la sensación de que una bomba caía prácticamente encima de él. Fue lanzado a distancia, quedó aturdido y empezó a sentir que la sangre le goteaba por la cara. Entonces cogió nuevamente la radio y preguntó: “¿Qué es lo que hago? Estoy herido, estoy herido...” Y le respondieron: “arrástrese en dirección oeste, donde están los enfermeros, arrástrese en dirección oeste, siga nuestra voz”. El empezó a arrastrarse y se desmayó en las manos de dos enfermeros. Cuando estaba en el hospital de la base, el comandante fue a preguntarle como había conseguido comunicarse. El dijo: “A través de la radio. Gracias a Dios la radio no fue alcanzada”. – “¿Cómo que no? – habló el comandante – “ El estallido de la granada cayó sobre la radio y la incendió. Aquí está la radio”. Y le enseñó la radio toda reventada y retorcida. El comandante continuó: “Nosotros oíamos su voz en el aire, no sabíamos en que dirección y empezamos a gritar y a decirle lo que debería hacer”. El estaba tan sólo a 5 kilómetros de distancia. Entonces era la mano de Dios. La mano de Dios está siempre en nuestras vidas. Y concluiremos con la mano de Dios de naturaleza mediúmnica.
El célebre Houdini realizó una experiencia que marcó su vida, en Canadá. El se permitía maniatar, con algunas decenas de candados, ser colocado en sacos también con candados. Cierta vez, pidió ser tirado en pleno Río San Lorenzo. Abrieron un agujero sobre el río helado y, entonces, lo descendieron dentro de sacos sobre sacos, encadenado. Lo tiraron dentro del río y él, rápidamente, se soltó y salió. Sólo que él no contaba con un detalle: la corriente del río lo llevó hacia un lugar distante del único orificio por donde él podía salir, y cuando él se liberó de las cadenas y de los candados y fue a la superficie, no encontró el orificio de salida. Como la piedra del hielo se convierte en un bloque encima de la superficie del agua, él consiguió inclinar el rostro para poder respirar y estaba allí ya casi sin soportarlo cuando oyó una voz que lo llamaba: “Houdini,”. Que lo llamaba en el dialecto de Rusia: “Houdini, Houdini”. Y él empezó a nadar en esa dirección. La voz venía exactamente del orificio. Era la voz de su madre. Él salió, y cuando llegó a casa recibió un telegrama avisándolo que su madre había desencarnado, horas antes. Ella, en la condición de la mano de Dios, había ido a socorrerlo, para que él pudiese dar ese testimonio al mundo, de la inmortalidad del alma, él que fue un tremendo perseguidor de médiums y de charlatanes, inclusive desmoralizando a la esposa de Sir Arthur Conan Doyle, probando que ella mistificaba. Él se convirtió en instrumento de la propia mediumnidad y lo confesó en una nota autobiográfica que tuvimos la ocasión de asistir, en una película cinematográfica con testimonios de su propia esposa.
Nosotros estamos bajo la protección de Dios. Ningún mal nos puede hacer mal. Si nos vinculamos al bien, el mal de los malos no nos alcanzará. De esa forma, en cualquier circunstancia, elevemos el pensamiento a Dios y abrámonos, tornándonos receptivos, y la misericordia de Dios llenará nuestros inmensos vacíos, enriqueciéndonos con los tesoros de la salud, de la luz, de la paz.
Divaldo Pereira Franco Conferencia publica en la reunión del centro espirita Caminho da redençao. El 18.10.94
Manuel Filomeno de Miranda Extraído del libro "Terapias a través de los pases"
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