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La razón de ser del espiritismo PDF Imprimir E-mail
Divaldo Pereira Franco
Escrito por Administrador   
Lunes, 04 de Octubre de 2010 15:18

Cuando el oscurantismo de la fe dominaba las mentes, llevándolas al fanatismo que daña la estructura de la dignidad y del comportamiento; cuando la cultura, enloquecida por sus conquistas en el campo de la ciencia de laboratorio, proclamaba que era innecesario cualquier preocupación con Dios y el alma, vista la fragilidad con que se presentaban en el escenario del mundo; cuando la filosofía divagaba por las múltiples escuelas del pensamiento, cada cual más arrebatadora e irresponsable, inculcándose como portadora de la verdad que libera al ser humano de todos los atavismos y limitaciones; cuando el arte rompía los vínculos con lo clásico, lo romántico y la belleza convencional, para expresarse en formulaciones modernistas, impresionistas, abstracionistas, traduciendo, bien la angustia de su generación remanente de los atavismos y limitaciones del pasado, bien la ansiedad por diferentes paradigmas de afirmación de la realidad; cuando se tornaban necesarios diversos comportamientos sociales y políticos para amenizar la desgracia moral y económica que avasallaba a la Humanidad; cuando la religión perdía el control sobre las conciencias e intentaba rearticularse para proseguir con los métodos medievales ultramontanos e insoportables; cuando las luces y las sombras se alternaban en la civilización, surgió el Espiritismo con su razón de ser para promover al hombre y a la mujer, a la vida y a la inmortalidad, el amor y el bien a niveles jamás alcanzados antes.

Realizando una revolución silenciosa como muy pocas veces había ocurrido en la Historia, se tornó poderosa palanca para el erguimiento del ser humano, retirándolo del caos del materialismo al que se arrojara o fuera lanzado sin la menor consideración, para que adquiriese la dignidad ética y cultural, fundamentada en la identificación de los valores morales, indispensable para la identificación de sí mismo durante el tránsito corporal. Luego, poco después, en el College de France, proclamando ser Jesús un hombre incomparable, en su memorable discurso, el académico e inmortal Ernesto Renán confirmaba, a su vez, aun sin ningún contacto con la Doctrina naciente, la humanidad del Rabí galileo, rompiendo la tradición dogmática del Hombre Dios o del ancestral Dios hecho Hombre. Bajo la acción del cincel inexorable de las informaciones de Ultratumba, el decantado reposo o el castigo eterno, el arbitrario juicio más punitivo que justiciero, cedían lugar a la conciencia de la vida exuberante que prosigue más allá de la muerte, imponiendo a cada cual la responsabilidad que le corresponda por la conducta mantenida durante la trayectoria concluida.

Las narraciones de la supervivencia tocadas por la legitimidad de los hechos fundamentados en la lógica de la indestructibilidad del ser espiritual, daban un colorido diferente a los paisajes de la Eternidad, diluyendo las fantasías y mitos que las adornaron por diversos milenios. Permitió que el ser humano se redescubriese como Espíritu inmortal que es, preexistente a la cuna y sobreviviente al túmulo, facultándole comprender la finalidad existencial, que es emerger en el océano del inconsciente, donde duermen los actos pretéritos y las construcciones que proyectan directrices para el momento y el futuro, a fin de diluir las voluminosas barreras de sombra y de crueldad a las que se entregó y que le obnubilan la comprensión de su realidad, emergiendo triunfalmente, para que perciba la inmarcesible luz de la verdad que lo ha de conducir por los infinitos derroteros del porvenir.

Intoxicado por los vapores de la organización fisiológica, sumergido en sombras que le impiden el discernimiento, vagando por los interminables laberintos de la búsqueda de la realidad, solamente al precio de la fe razonada y lógica, portadora de los instrumentos que se derivan de los hechos constatados, el hombre y la mujer pueden avanzar sin temor por los caminos de los sufrimientos inevitables, que son inherentes a su condición de humanidad, vislumbrando niveles más nobles que deben ser conquistados. El Espiritismo trazó nuevos programas para la comprensión de la vida y la manera más eficaz de enfrentarla, desafiando al materialismo en su reducto y a los materialistas en su escepticismo, ofreciéndoles propuestas de comportamiento más seguras para la felicidad ante las vicisitudes del proceso existencial. Sin compadecerse de la presunción de los vacíos de sentimientos y soberbios de conocimientos en ebullición de ideas, demostró su fuerza arrastrando desesperados que fueron confortados, violentos que se calmaron, alucinados que recuperaron la razón, delincuentes que volvieron al culto del deber, perversos que se transformaron, ateos que hicieron las paces con Dios, ingratos que se rehabilitaron ante sus benefactores, miserables morales que se enriquecieron de esperanza y de alegría de vivir, construyendo juntos el mundo de bienestar anhelado por todos.

El Espiritismo trajo el mensaje perfecto de la Justicia Divina, por ahora mal traducida por la conciencia humana, contribuyendo a la transformación de la sociedad, pero sin la revolución sangrienta de las pasiones predominantes, que siempre imponen una clase poderosa sobre las otras que son debilitadas a medida que van siendo extorsionados sus parcos recursos hasta quedar exhausto de fuerzas, cuando estallan nuevas revoluciones del mismo género, produciendo desgracia y odios que nunca terminan... Trabajando la transformación moral del individuo, le propone el comportamiento solidario y fraternal, a la aplicación de la justicia correctiva y reeducativa cuando delinque, conscientizándolo de que sus acciones serán también sus jueces y que no huirá de sí mismo a donde quiera que vaya. Toda esa contribución moral fue retirada del Evangelio de Jesús, especialmente de su Sermón de la Montaña, en el cual reformuló los valores humanos aceptados hasta entonces, demostrando que fuerte no es el vencedor de fuera, sino aquel que se vence a sí mismo, y poderoso, en su sentido profundo, no es aquel que mata cuerpos, sino el que es capaz de evitar su propia muerte.

Revolucionando el pensamiento ético y abriendo espacio para un nuevo comportamiento filosófico, su palabra vibrante y su vivencia inigualable, colocaron las piedras básicas para que el Espiritismo, en el futuro fundamentase, conforme ocurrió, sus postulados morales a través de la ética del amor bajo cualquier punto de vista que sea considerado. En los campamentos de luchas que se establecían en el Siglo XIX, cuando la ciencia y la razón enfrentaban a la fe ciega y la prepotencia de las Academias y de sus miembros fascinados como Narciso por sí mismo, el Espiritismo surgió como débil claridad en la noche de las ambiciones perturbadoras y lentamente se afirmó como amanecer de un nuevo día para la Humanidad ya cansada de aberraciones de conducta como fugas de la realidad y sueños de poder transitorio, transformados en pesadillas de guerras infames, cuyas secuelas aún se demoran matando cuerpos y dilacerando sentimientos.

La razón de ser del Espiritismo se encuentra en su estructura doctrinaria, diversificada en sus aspectos de investigación científica al lado de las demás corrientes de la ciencia, del comportamiento filosófico con su escuela optimista y realista para el enfrentamiento del ser consigo mismo y de la vivencia ético-moral-religiosa que se estructura en Dios, en la inmortalidad, en la Justicia Divina, en la oración, en la acción en el bien y sobre todo del amor, única psicoterapia preventiva-curativa a la disposición de la Humanidad actual y del futuro.

Víctor Hugo

(Página psicografiada por el médium Divaldo Pereira Franco, el día 7 de junio de 2001, en París, Francia)

Anuario Espirita 2003