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José Benavides reencarnó con un excelente programa de actividades a favor de la autoiluminación. Espíritu fracasado varias veces en las huestes cristianas, donde militó en otras existencias, se preparó en la erraticidad bajo el cariño de dedicados benefactores espirituales, para la tentativa de reparación que le concernía. Dificultades y perturbaciones que lo habían vencido fueron reexaminadas, debilidades morales estuvieron bajo estudio cuidadoso, angustias recibieron un tratamiento especializado y todo un programa de servicio fue elaborado con el consentimiento del viajero de la esperanza. Reencarnó comprometido con las lides espíritas, encargadas de restaurar en la Tierra el pensamiento de Jesús, que también él corrompiera oportunamente con la conducta reprochable que se permitía, experimentando, antes de la cuna, muchos fenómenos mediúmnicos, de modo que la facultad le sirviese de valioso instrumento para el ministerio liberador. Le fueron aplicados baños magnéticos, ejercicios de concentración y pases, a fin de que se encontrase robustecido en el ánimo y en la fe, objetivando la victoria sobre las malas inclinaciones del pasado.
De ese modo, en vista de las providencias seguras, renació en un hogar espírita, absorbiendo el conocimiento de la doctrina desde los primeros días, perfeccionando en los ejemplos domésticos el frágil carácter. Desde temprano se habituó a convivir con los desencarnados que se le aparecían a menudo, manifestándose con frecuencia, de esa forma preparándolo emocionalmente para la enriquecedora tarea de la divulgación y vivencia del Espiritismo. Como era de esperarse, desde los primeros años, reveló inclinaciones religiosas, que se manifestaron en la infancia, participando en la evangelización espírita en un Núcleo bien constituido doctrinariamente, demostrando lucidez en el entendimiento de los mensajes y locuacidad especial para los comentarios cuando le eran solicitados. A los catorce años, comenzó a comentar la doctrina entre los compañeros del grupo juvenil, convirtiéndose en un líder natural estimado por todos. En la sucesión del tiempo, se tornó un orador simpático y convincente, atrayendo enseguida un expresivo número de simpatizantes y adeptos de su oratoria brillante, la que fue perfeccionando mediante la experiencia y los estudios continuos.
Consiguió ser abogado, y se vinculó al servicio público, justificando la necesidad de un salario digno para la supervivencia y de tiempo hábil para dedicarse al ministerio de divulgación de la Tercera Revelación. En razón del número de amigos que se aferraban a su alrededor, fue estimulado a crear una Sociedad Espírita, en la cual pudiese ampliar las posibilidades del servicio doctrinario, y utilizar los amplios recursos de los medios modernos para la finalidad que se proponía. No tuvo ninguna dificultad, porque personas ricas, políticamente bien situadas, que recurrieron a su ayuda a través de la facultad mediúmnica de valor incuestionable, se dispusieron a ayudarlo en la empresa, que fue coronada por el éxito.
Al comienzo, la fidelidad a la Codificación Espírita era total y todos los procesos que emprendía objetivaban la iluminación de conciencias y el fortalecimiento de los corazones atemorizados o sufridos por los infortunios de la existencia. Dedicado, procuraba dulcificar las ulceraciones de las almas, envolviéndolas en cariño y en esperanza. La mediumnidad le abrió las puertas para el éxito, y el entusiasmo de personas inadvertidas, teleguiadas por Espíritus burlones, pasó a envolver al trabajador del Evangelio, que lentamente despertó los adormecidos comportamientos ligeros e insensatos, dejándose arrastrar por la presunción y la autovaloración. A pesar de esta circunstancia, permanecía dedicado a las actividades que le concernían, estando siempre en la labor recurrente de la agenda de compromisos oratorios, que lo llevaban de uno a otro lado, escaseándole el tiempo para reflexiones, autoanálisis, renovación de fuerzas morales…
Su estilo especial y agradable, enseguida hizo escuela, y diversos simpatizantes pasaron a constituir su corte generosa y aduladora. A medida que los años se doblaran unos sobre otros, José Benavides se fue apartando de los sufridores, de los más necesitados, demostrando desagrado ante los excluidos, que pasó a denominar como malolientes. Las personas de sociedad que le rodeaban, asfixiándolo con falsos elogios y referencias vanas, tomaron el lugar de los desprotegidos socialmente, de aquellos para quienes viniera Jesús, naturalmente sin exclusión de los dominadores del mundo… Con el tiempo, a pesar de la jovialidad que mantenía, pasó a cultivar la irritación interior y el tedio, aunque todo le sucedía agradable y satisfactoriamente, se desencantaba con sus propias aspiraciones, excepto en los momentos de exaltación de la personalidad.
El noble Espíritu Henrique, su dedicado mentor que lo acompañaba desde antes del renacimiento carnal, percibiendo el peligro en el que se encontraba el pupilo poco vigilante, no regateó socorros: advertencias verbales y escritas, inspiración superior, variadas enfermedades con el objetivo de demostrarle la fragilidad orgánica, algunos problemas en las relaciones afectivas, soledad… Lo invitaba constantemente a la oración y a la convivencia con la caridad con respecto a los hermanos de la retaguardia, igualmente para los desencarnados en sufrimiento, a los que evitaba, narcisísticamente, creyéndose médium especial tan sólo para contactar con Espíritus elevados…
Prosiguiendo con sus disparates, se permitió el culto al cuerpo, valiéndose de los recursos en boga y, pasando de los temas serios a la vulgaridad, aquellos de humor dudoso, asumió comportamientos estrafalarios… Aplaudido y engañado en sí mismo, se fue divorciando de la conducta ennoblecedora, pasando a agredir verbalmente a las demás personas, cuando se sentía contrariado o temiendo competidores, él que se hiciera competidor de los otros, como si fuese intocable, un misionero a la medida para la diversión y la salvación de la humanidad. Sintiéndose desatendido, el Mentor lo advirtió severamente, explicándole la gravedad de la situación elegida y los riesgos que le rondaban. La obsesión, a consecuencia del cerco de enemigos del pasado, que habían padecido imposiciones penosas, se le instaló en los paneles mentales y, obstinado por la conquista de aplausos, de fama, salió de la protección amorosa del generoso guía que le reservó la dádiva del tiempo para que despertase.
Tornándose frívolo e imitando a los triunfadores del mundo, se olvidó de la sencillez y de la abnegación, haciéndose interesado y atormentado. Para el público mantenía la apariencia alegre, extravagante, la crítica hiriente, mientras que, a solas, cedía espacio a la angustia en un insidioso proceso depresivo y obsesivo. Conocí al candidato a la iluminación en sus tiempos dorados y recuerdo las hermosas y edificantes exposiciones espíritas de las que se hacía portador. Acompañé, también, poco después, las preocupaciones del dedicado benefactor rechazado, así como sus cariñosas advertencias, pero Benavides, a semejanza de Epimeteo, se dejó seducir por Pandora, enviada por el colérico Zeus, y sucumbió a sus encantos y arrendamientos…
Tuve ocasión de volver a verlo recientemente, sumergido en el abismo del trastorno depresivo, con sus sesenta años de edad, recelando de la muerte, que no se permitía considerar cuanto debería, y que se le acercaba apresuradamente… El antiguo excelente orador y médium, multiplicador de opiniones, verdadero show man se apartó de las huestes doctrinarias, y abandonado por los aficionados que antes lo aplaudían y ahora lo censuraban, sucumbía al fracaso irremediable. La teoría en su verbo brillante, infelizmente no se fortaleció con la práctica, en el ejemplo de vida correcta, defraudando la responsabilidad y evadiéndose en las fantasías de la imaginación infantil.
(Mensaje psicografiado por el médium Divaldo Pereira Franco, en la sesión mediúmnica de la noche del 4 de mayo de 2009, en el Centro Espírita “Camino de la Redención”, en Salvador, Bahía, Brasil)
Extraído del Anuario espirita 2010
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