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Cuando llegaste a la Tierra, la noche medieval sembraba el terror, manteniendo la ignorancia, en el predominio del que se enriquecían los poderosos, para aplastar a los campesinos y ciudadanos pobres. La superstición y el miedo estaban en todas partes, la humanidad caminaba bajo el estigma del pecado y del vicio que, eran castigados sin piedad. Tú llegaste y trajiste la Verdad, que nunca más dejó de iluminar a la sociedad. Existía la perversidad sin disfraz y la discriminación de todo tipo, habiéndose convertido el hombre en lobo de otros hombres, transformándose en un ser despreciable. En tu simplicidad santa, cantaste el himno de alabanza a todas las criaturas, llamándolas dulcemente hermanas. Permanecía epidémico el odio que propagaba el moho pestilente de las guerras interminables, dejando los campos cubiertos de cadáveres que se consumían a cielo abierto. Entonces, tu voz, suave y dulce, entonó la canción de la paz, y te hiciste el símbolo de la verdadera fraternidad, que un día se extenderá por toda la Tierra. Las epidemias diezmaron a los seres humanos, reducidos a esclavos del destino insano, en el marco de la terrible fatalidad del sufrimiento sin fin. La fe religiosa, con su extravagante pompa, se amparaba en los fuertes y los ayudaba a perseguir y maltratar a los débiles; pero tú tuviste el coraje de quitarte las sedas y brocados de tu padre, desnudándote, para nacer de nuevo, dedicándote a partir de ese momento, a los leprosos de Rivotorto...
Al comienzo de tu ministerio, cuando se acercaron los primeros servidores del Amor, trazaste en el suelo una cruz y los enviaste a los cuatro puntos cardinales del mundo, para que todos conociesen el Sol de Primera Grandeza. Aun cuando Él los hubiera enviado de dos en dos, tuviste el coraje de encaminarlos a solas, porque sabías que Él sería el compañero inseparable de aquellos benditos héroes del amor, en todos los momentos. En un período en el que la fe religiosa inspiraba temor, aquellos que se consideraban representantes de Dios en el mundo, se distanciaban cada vez más de las ovejas que debían pastorear, y tú tomaste la vestimenta de la oveja tierna y reuniste a aquellas descarriadas, formando un nuevo rebaño... En tus días, e incluso un poco más tarde, nadie se resistía a tu presencia, a tu voz, a la vibración del inefable amor... Ni el mismo lobo feroz de Gúbio o las golondrinas gárrulas, que perturbaban tu canción de amor, cuando cantabas a los oídos atentos de los sufrientes en el altar de la naturaleza, y las hacías callar.
En el fuerte verano, cuando tenías la vista quemada por el hierro incandescente y estabas al aire libre, percibiste por el zumbido de las abejas que les faltaba polen y flores para fabricar miel. No vacilaste en solicitar a tu hermana Clara que del Monasterio providenciara el alimento para aquellas hermanitas laboriosas... ¿Quién se atrevió a comportarse de esa manera, después de Él, a quien amaste tanto, hasta el punto de imitarlo en todos tus actos, a partir del instante en que Él te llamó para la reedificación de Su iglesia moral que estaba en escombros? ¡Oh, Hermano Cantor de los desesperados y olvidados! El mundo moderno, rico en glorias ligeras y pobre en sentimientos, orgulloso de sus rápidas conquistas, pero que no se da cuenta de la inmensa aflicción en la que se retuercen las multitudes hambrientas y excluidas de su sociedad, viviendo una insuperable noche de horror y de incertidumbre, necesita de ti con gran urgencia. Nunca hubo tanta falta de amor como ahora, por eso, tu canto disminuirá la angustia que se ha convertido en patética aflicción en la Tierra sufrida.
Hay, sin duda, grandezas que se derivan de la Ciencia y la Tecnología; sin embargo, la soledad, la ansiedad, el miedo y la incertidumbre, todas ellas hijas del materialismo insensible, producen un vacío existencial, los trastornos psicológicos graves, las enfermedades psicosomáticas, la locura por las drogas, por el alcoholismo, por el tabaco, por el sexo desvariado, llevando a sus víctimas a la fuga por el suicidio injustificable. Vuelve, Hermano Francisco, para que nuevamente puedas reunir a tus criaturas, todas ellas a tu alrededor, como hiciste en aquellos días remotos, conduciéndolas a Jesús. Nuevamente convoca a tus hermanos León, Rufino, Chapé, así como a aquellos otros que contigo construyeron el mundo que te escucha hace ochocientos años, pero no tiene el coraje hoy de seguir tus pasos.
¿Cuántos te abandonaron después de tu regreso al Gran Hogar? Todavía escuchamos el silencio de la deserción de aquellos, en la turbulencia de las atracciones, de donde habían salido y para donde retornaron con avidez… Ellos están nuevamente en la Tierra, aturdidos, nostálgicos, esperando tu voz que conocen y no pueden olvidar. Tu amada Asís ha crecido, más allá de las murallas que la protegían, y la sociedad en agonía desea pertenecer a su ciudadanía. Hay música en el aire, silencio en los corazones y lágrimas en los ojos de casi todas las criaturas de estos días de inquietudes e incertidumbres. Como resultado, hay una gran expectativa, anunciando la espera... Vuelve por favor, Hermano Alegría, a fin de que la tristeza del desamor salga en retirada y una primavera de bendiciones tome y lo embargue todo. El cielo azul, que te agasajó en los campos verdes de lavanda perfumada, que tus pies heridos pisaban, continúa esperándote. Hay multitudes que te vienen a alabar, bulliciosas y festivas, pero indiferentes a tu llamado, sin valor para seguirte. Canta entonces, una vez más, tu oración simple, que nos brindaste en aquellos días inolvidables y donde haya desesperación haz que se manifieste la paz y la esperanza, y ante la amenaza de la muerte inminente, el ser resurja en alegría ante la certeza de la resurrección, porque es muriendo como se vive para siempre.
¡Hermano Sol, la gran noche moral de la actualidad te espera ansiosa!
(Página psicografiada por el médium Divaldo Pereira Franco, en la tarde del día 3 de junio de 2009, junto a la tumba de San Francisco de Asís, al lado de varios amigos, en Asís, Italia)
Extraído del "Anuario espirita 2010"
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