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Divaldo Pereira Franco
Escrito por Administrador   
Miércoles, 25 de Agosto de 2010 15:31

La reencarnación en si misma, constituye una misericordia del Señor, que no desea la muerte de pecador, y sí su redención. En consecuencia, todas las facultades de que el hombre se encuentra investido, son fortunas que le cabe multiplicar, valorizándolas por el buen uso que les da. Exi­gen cuidados, educación y disciplina, mediante cuyo ejer­cicio más se acrecientan.

Imponen celo para ser resguar­dadas de la insensatez que las perturba cuando, no raras veces son descontroladas e inutilizadas. En ese sentido, la mediumnidad, que es la facultad para­ física, gracias a su sutiles tejeduras en los mecanismos del espíritu, a través del peri espíritu que la exterioriza por el cuerpo somático, y mediante el cual recibe las respuestas vibratorias, confiere más severas responsabilidades al usúa vibratorias, imponiéndole mayor suma de vigilancia.

Padeciendo gravámenes y sujeta a escollos sutiles que se transforman en penosos obstáculos, la mediumnidad es un puente precioso de servicio entre dos mundos. Incomprendida por la mayoría de los que la disfrutan, padece un sinnúmero de conjeturas y experimenta aguerrido combate tanto de uno como del otro lado de la vida. Para ejercerla con nobleza, es necesario escoger el camino de la abnegación y la vía redentora, abrazando la caridad y le amor, iluminándose por dentro con la paciencia y con la tranquilidad, con el fin de no detenerse en el acceso al ministerio o confundirla en las sombras con que se per­turba y se hace infeliz.

Su correcta conducción propicia inefables alegrías, pro­duciendo emociones trascendentales que visitan el alma en permanente musicalidad de armonía. A través de ese es­fuerzo, se dilaten los registros que ponen al médium en contacto con la dulces vibraciones del Mundo de la Verdad, y le franquean los portales del infinito, por donde se adentra ardoroso, restaurando las energías gastadas, alertándolo con preciosas fuerzas, con el fin de que no se estacione y de que no retroceda. Relegada al abandono, favorece la parasitosis psíquica de imprevisibles resultados, que dan margen a procesos obsesivos de gran porte generando perturbaciones y des­dichas en torno al individuo. Cuando se utiliza con liviandad, se convierte en instrumento doble del que no valen los espíritus buenos y malos, de acuerdo con la dirección que le aplique el médium, y según las inclinaciones, deseos y pasiones que albergue en su interior.

Allan Kardec aseveró que: "Entre los escollos que pre­senta la práctica del Espiritismo, es necesario situar en la primera línea a la obsesión, es decir, al dominio que algunos espíritus logran adquirir sobre ciertas personas. Ésta nunca tiene lugar sino por los espíritus inferiores que procuran dominar". Bien se desprende del texto al referirse a la "práctica del Espiritismo", que del Codificador alerta sobre la aplicación de la mediumnidad, toda vez que, sujetándose su ministerio al clima de la sintonía, siempre se vincula a los espíritus con los que el hombre se complace en convivir psíquicamente. Como los espíritus inferiores son más comunes en el intercambio con los hombres, por la falta de vigilancia de éstos, aquellos participan en la vida produciendo constreñimientos obsesivos por la ignorancia y cuando son malos, imponiéndose por desagravios, envidia, vanidad, etc.

Los antídotos, por tanto, para tales escollos como para cualesquiera otros, son: el conocimiento, el estudio correcto y la saludable vivencia del Espiritismo. Además de ese penoso gravamen, la obsesión impues­ta por los desencarnados directamente, hay otros inspira­dos por los espíritus inferiores: la instigación a las pasiones inferiores que cada individuo porta consigo, estimulando deseos desenfrenados de cualquier tipo; arrojando personas inescrupulosas sobre o contra el portador de fuerzas medíanímicas, lo que ocurre lo mismo en relación con los indi­viduos que se esfuerzan por preservar sus facultades mora­les, los cuales experimentan el cerco nefasto que les es impuesto por las mentes atormentadas de la Erraticidad. Tales espíritus, tratan de valerse de las facilidades de toda clase que se les ofrezca, accionando, desde la adulación mentirosa, hasta las incursiones más atroces, en su propó­sito de perturbar el cumplimiento de los deberes asumidos.

En otro sentido, los escollos residen en el propio médium, que es, indudablemente, un espíritu que arrastra pesadas cargas del pretérito, que le cumple aligerar con sacrificio y con extenuante esfuerzo liberatorio. Alcanzado por las percepciones que sustentan su super­vivencia, se deja, por falta de vigilancia, imbuir por la pre­sunción y dominar por la vanidad, atribuyéndose dotes excepcionales, valores que sabe que no posee pero que finge tener, como si los espíritus se le sometieran atendién­dolo a su talante ... Luego, pues, sucumbe maniatado por su propia false­dad, y pierde el contacto con las Entidades respetables, manteniendo sus vinculaciones con aquellos espíritus con los cuales tiene afinidad. De este modo, pasa a experimentar el fracaso en sus empeños espirituales, y, cuando tal le ocurre, se compro­mete con la argumentación mentirosa o recurriendo al fraude que no admite disculpa alguna, todo con el fin de mantener una posición de relevancia engañosa.

La vanidad, en cualquier situación, es siempre reprocha­ble. En el ministerio medianímico, además de ser condena­ble, se transforma en tóxico letal que destruye, de inicio, a todo aquel que le dedica culto de supervivencia. El ejem­plo de la humildad típica, prosigue, siendo Jesús el Excelso Constructor de la Tierra ... El salmista David, en su canto número ciento diez y nue­ve, versículo ciento sesenta y cinco, establece: "Gran paz tienen los que aman Tu Ley; para ellos no hay tropiezos” y la Ley de Dios, es la del servicio al prójimo con humildad pura y simple. La ambición del dinero, constituye otro difícil escollo para los "llamados del Señor" al campo de la mediumnidad. Esto, porque, como medida preventiva a beneficio de los propios médiums, con raras excepciones, son situados en grupos familiares que luchan por su propia supervivencia, con el fin de que se ejerciten desde temprano, en las austeras disciplinas de la escasez y de las necesidades, y puedan, así, superar futuras coyunturas en las que deben moverse con facilidad y con honradez.

En la convivencia con una familia difícil, con hermanos que son problemas, con la pobreza, se acostumbran, de inicio, al silencio y a la renuncia, aprendiendo a tener pa­ciencia y a adaptarse al clima de las reclamaciones y de las dificultades que enfrentarán en la familia de los hombres, cuando sean convocados a la labor de la caridad cristiana. El dinero con el cual sus poseedores transitorios suponen poder conseguir todo cuanto les place, fácilmente perturba cuando no se arman con la sencillez y con la fe para el desempeño de sus mandatos morales, sociales, profesionales y espirituales... Pudiendo acelerar el progreso y producir felicidad, así como socorrer casi siempre, el dinero ha contribuido a la desdicha humana ... Hábilmente, seduce, disfrazado con destreza por los que lo manipulan y conocen las técnicas soeces de las que él es capaz para vencer las resistencias. Los médiums deben prevenirse contra la "industria de los regalos", es decir, contra el artificio de la donación de mimos y de obsequios que se les brinden, con el fin de que no se dejen invitar a la retribución, mediante recursos cuya finalidad es muy otra, y de los cuales se convierten en mayordomos, para ser llamados luego a rendir cuentas ...

El Señor provee de los indispensables valores, a aque­llos que Lo sirven. Si el ambiente en el que el trabajador habrá de respi­rar debe ser el problema de las dificultades, indudablemen­te, éste constituirá el más saludable taller para la auto edifi­cación del cual no deberá eximirse. Se cuenta que un abnegado médium espiritista, después de atender a un consultante afligido que lo había procurado rogándole ayuda, observó que éste, satisfecho, a la salida había dejado delicadamente un billete monetario, debajo de un libro, en la modesta mesa de trabajos medianímicos. El médium, al identificar la procedencia del dinero, algo desconcertado, paro consciente de sus deberes, salió co­rriendo, y llamando al otro, le dijo:

-Tenga su dinero. Usted lo olvidó sobre la mesa.

- Acéptelo, por favor -respondió el desconocido gen­tilmente-. Yo sé que usted tiene muchos problemas ... Por lo menos, utilícelo en beneficio de su familia. ..

- Muy agradecido. El Señor conoce nuestras dificul­tades, y las solucionará cuando Él lo crea oportuno. Además mi familia debe estar experimentando las necesidades que necesite para lograr su propia evolución.

- Pero, yo insisto.

- No, hombre, no. Por Dios, ¡no derrumbe en un minu­to lo que vengo construyendo desde hace más de treinta años!...

Después del primer desliz del llamado momento de la debilidad, surgen otros, y se crea el hábito infeliz, al estilo de la simonía. Por fin, tienen preferencia los que pueden pagar mejor en detrimento de los "hijos del Calvario", a los que debemos cariño y solidaridad. Ya transiten en cualquier grado de la fortuna o de la miseria, del poder o de la esclavitud, sin escoger otra cosa que no sea la señal del sufrimiento. El ejercicio incorrecto de las funciones genésicas, su práctica indebida, cualquier desliz de la sexualidad, se trans­forma en un martirio futuro, del cual nadie se podrá eximir en el cómputo de las consecuencias. Constituye un escollo cruel. El médium por excelencia, debe transformar sus fuerzas genésicas, y su criterio de su voluntad disciplinada, conver­tirlas en energías vigorosas para el equilibrio del espíritu y para la mayor potencialidad medíanímica. Obviamente, todo abuso moral y físico produce el desgaste correspondiente. Cualquier desgaste, conduce al agotamiento, no solamente de las energías físicas, sino de todo el engranaje físico y psíquico del hombre.

En tal sentido, el mal uso y la exorbitancia, imponen vicios dañinos, generando vinculaciones desdichadas entre los consorcios encarnados, a expensas, también, de comensales desencarnados, que se instalan en procesos de sórdido vampirismo, agotando a sus víctimas dócilmente manipuladas. El matrimonio noble, revestido de los compromisos sa­grados del respeto y de la dignidad, es santuario de trans­fusión de hormonas, de fuerzas restauradoras que armonizan a los que se aman, restableciendo y manteniendo compro­misos superiores mediante los cuales se hallan en júbilo, en las puertas de la felicidad. El deslumbramiento que la médiumnidad causa o los in­cautos y a los que desconocen lo Doctrina, los lleva a desequilibrios de la emotividad, con relación a sus portadores. Surgen entonces en ese período, las justificaciones injustificables sobre los reencuentros espirituales, las espe­ras afectivas que se convierten en realidades, las afinidades poderosas, ocasionando complicidades de difícil y dilatada reparación de los daños morales. Es imprescindible vigilar “las nacientes del corazón", de acuerdo con el lenguaje evangélico, pera no olvidar la responsabilidad. Si alguien llegare posteriormente a los compromisos ya cumplidos, es porque la sabia imposición de las Leyes así lo determinó para corrección y reeducación de los que cometieron las faltas.

Tratándose de afecciones y de afinidades espirituales, no hay porqué llevarlas a uniones perturbadoras ni a hábitos sexuales perniciosos, aunque al principio resulten encantadores, ya que siempre concluyen en inmediata frustración, en tardía amargura. El verdadero amor, el que no se disfruta, permanece intocable, superior, ascendiendo en grandeza y creciendo en profundidad. El médium no puede olvidar que se debe amar, pero nunca comprometerse moralmente por el dictamen del sexo. ¡Eso nunca! Hay muchas almas bajo severas disciplinas, en la Tie­rra, que viven en rebeldía, procurando el agua pura del afecto, y, al encontrarla, la enturbian al momento, convir­tiéndola en lodo. Ante esos corazones, el médium debe proceder con actitud de amistad preservándose interiormente, con afec­ción fraternal y reserva moral, para no permitirse liviandades que son siempre perjudiciales. La abstinencia sexual dentro de los padrones éticos del Evangelio, construye armonía en el espíritu y en el cuerpo. Otros escollos, diversos, que atentan contra el aposto­lado mediúmnico, se encuentran y pueden ser fácilmente identificados por quien desea la ascensión moral y la reali­zación superior. No examinamos con más detalles, aquí, los llamados vicios sociales, como el del tabaquista, el alcohólico y el de la toxicomanía; los excesos de la mesa, mediante la ingestión abusiva de animales sacrificados, condimentados, y entremeses extravagantes; las negligencias mentales y mo­rales, tales como las conversaciones enfermizas, deprimen­tes y obscenas, el cultivo de los pensamientos vulgares, el acogimiento de tendencias negativas, la envidia, los celos, las quejas, la acidez, la maledicencia y el reproche ... La ira, el odio y la cólera, por su peligrosa perturba­ción, no necesitan, realmente, de cualquier comentario, ya que todos conocemos su gravedad, y el médium, muy especialmente, no la puede ignorar, dando margen a inclinaciones de esa naturaleza, y mucho menos a su nefasta instalación ...

El concurso de la oración y de la lectura saludable, que inspiran ideas y pensamientos dichosos, son anticuerpos valiosos contra la virulencia de esos escollos en la san­tificación de la mediumnidad, mientras que la vigilancia mediante el trabajo paulatino y sistemático, ordenado y constante, la acción caritativa y las contribuciones de la solidaridad y de la tolerancia, son armas para la feliz eje­cución de los servicios espirituales. "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; tocad y se os abrirá", afirmó Jesús, instándonos a solicitar la Mise­ricordia, la ayuda Divina; tocando a las puertas del Bien con tranquilidad; buscando al Señor todos los días de la vida, y recibiendo las respuestas de los Cielos, en paz y con felicidad, hoy y siempre, en concordancia con la insistencia con que las pidamos.

Médium Divaldo Pereira Franco

Extraído del libro "Trama del Destino"