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Las conmemoraciones terrestres, muchas veces, tienen en el espacio su eco suave y dulce. Los muertos, frecuentemente, se reúnen con los vivos, en sus lágrimas o en sus glorificaciones. Cuando las luces y los perfumes de mayo bañan los dos hemisferios, donde se agita la cristiandad, con sus variadas familias evangélicas, las oraciones de la Tierra se mezclan con las vibraciones del Cielo, en homenaje a la Madre del Salvador, en el trono de su virtud y de su gloria.
Si el planeta de las lágrimas se puebla de oraciones y de flores, hay rosales extraños, floreciendo en los caminos prodigiosos del Paraíso, en los altares iluminados de otra naturaleza, y María, bajo el dosel de sus gracias divinas, sonríe piadosamente para los desheredados del mundo y para los infelices de los espacios, derramando sobre sus corazones las flores preciosas de su consolación.
En la Tierra, sus bendiciones desprenden la palma de la esperanza, en el ánimo de los tristes y de los abatidos; más allá, de las vibraciones de su amor confortan el corazón de los desesperados, entornando sobre ellos el cántaro de miel de su infinita misericordia. Fue así que la voz de Jeziel, ángel mensajero de su piedad, nos recordó:
“Hoy, nos dijo con su palabra tocada de suave magnetismo, el Paraíso abre sus puertas doradas para recibir todas las suplicas, venidas de la lejana Tierra… De los altares terrestres y de los corazones que se deshacen en las ansias cristianas, en el planeta de las sombras, se eleva una onda de amor, en volutas divinas y la Rosa de Nazaret extiende a los sufridores su manto divino, constelado de todas las virtudes…Celina ya partió para los bastidores oscuros del planeta de las lagrimas, a fin de repartir las bendiciones cariñosas de la Madre de Jesús con todos aquellos que han pagado al Cielo los más largos tributos, en llantos y rogativas, en los caminos espinosos de las penas terrestres. Más, la Señora de los Ángeles no os podrá olvidar y me mandó anotar las solicitaciones de vuestros Espíritus, con el fin de que vuestras esperanzas alcanzasen guarida en su corazón maternal.
“Y cada entidad expuso al ángel piadoso de María sus angustiosas expectativas. Antiguos afortunados del mundo pedían para sus descendientes en la Tierra el necesario esclarecimiento espiritual; otros imploraban un bálsamo que les aliviase el corazón magullado, herido en los espinos de los engaños terrestres. No fueron pocos los que recordaron sus antiguos sueños y sus nefastas pasiones, sepultadas en el planeta como negros residuos de encendidas florestas, suplicando a la Señora de los Ángeles la limosna del confort de su amor. Posiciones convencionales, errores deplorables y malignas ilusiones fueron amargamente recordados y, esperando la vez para anunciar mi deseo, me puse a analizar las aspiraciones más sagradas de mi espíritu, después de sutilmente arrebatado, por la muerte, de sus actividades del mundo.
Así como un estudioso matemático puede disecar todas las cosas físicas, comprendiendo que la línea es una reunión de puntos acumulados y que la superficie es la multiplicación de esas mismas líneas, el Espíritu desencarnado, en su agudeza perceptiva, puede ser el geómetra de sus propias emociones, operando el análisis de si mismo, autopsiando los cuerpos de los tiempos idos, haciéndolas resurgir uno a uno, en su milagrosa imaginación. Recuerde, así, el paisaje pobre y triste de mi aldea natal. Y vi nuevamente Miritiba, con sus calles arenosas y semi destruidas, guardando en el litoral maranhense las antiguas tradiciones de los guerrilleros balaios, el hogar humilde y cansado de mi primera infancia, el genio festivo de mi padre y la figura bondadosa y severa de mi madre… Enseguida, vi los cuadros de amargura y de orfandad, vividos en la lejana Parnaiba. Y después… Era mi velero, rudamente, arrojado en el largo océano, donde, con los remos de mi coraje, procuraba enfrentar, inútilmente, la maréa suelta de las lágrimas, hasta que un día, desesperado en la isla de mis sufrimientos, y cansado de enfrentar, cómo Ajax, la cólera de los dioses, me sumergí involuntariamente, en la gran noche, para despertar al otro lado de la vida.
En el espíritu humano, existen abismos insondables de sombra y luz, de miserias oscuras y sublimes glorificaciones. En un minuto, puede el pensamiento rememorar muchos siglos, con su cortejo maravilloso de tinieblas miserables y de luminosas purificaciones. Llegada mi vez, supliqué al ángel solicito: “Jeziel, sobre la superficie de la Tierra distante y oscura, donde casi todos los corazones se pierden en los desfiladeros del ateísmo, de la impenitencia, tengo los hijos bien amados de mi carne y de mi espíritu; más esos tienen, ante el porvenir, el banquete risueño de la esperanza y de la mocedad; les enseñé a buscar en el mundo la alegría sana del trabajo, en afirmaciones de estudio de perseverancia, dentro de las leyes de la rectilínea conciencia. Sin embargo, en una nesga pequeña de la Tierra hay un corazón dilacerado, como lo es el de la Madre de todas las madres terrestres, traspasado por divinas angustias, desde el Pesebre hasta el Calvario…
Es para mi madre, que pido todas tus gracias… La mano noble y fuerte que me condujo a la lección provechosa de la vida humana, me señala el mundo, congelado por la nostalgia, ansiosa por el beso del hijo que ella crió, con todos los sacrificios de su cuerpo y con todos los martirios de su corazón… Es para ella, Jeziel, que deseo leves bendiciones maternales de la Reina de los Cielos, en una profusión de lirios de esperanzas santificadoras… Da a su Espíritu valeroso, que nunca tuvo sus ansias de ventura realizadas en el orbe del exilio, la vibración de la paz que gozan los redimidos en los dolores austeros e ignorados…
Todas las bendiciones de María sean dispuestas en su frente, que los cabellos blancos aureolan en una epopeya de sacrificios desconocidos y de heroísmos santificantes… Deposita sobre su corazón fervoroso y agradecido todas las flores que hoy brotan en el Paraíso y que, en el oscuro rincón de la Tierra donde su Espíritu aguarda el edicto de la libertad suprema, pueda mi madre sentir, en sus ojos nublados por las lágrimas, el roció de las lágrimas de su hijo, redivivo y reconfortado en la alegría y en la esperanza. Y fue así, que el alma piadosa de mi madre, en los dolores con que va penetrando en la antecámara de la inmortalidad, recibió, en este mes de mayo, el corazón nostálgico y amigo de su hijo.
Por el Espíritu Humberto de Campos
Médium Divaldo Pereira Franco.
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