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En un camino desierto, una noche fría, se deslizaban, tristes, tres sombras embozadas, perdidas en si mismos. De cuando en cuando, se miraban, inquietas y según el camino murmurando ininteligibles expresiones. En una curva inesperada, en un cruce de caminos, pararon, se escudriñaron y, antes de seguir diferentes rumbos, se descubrieron.
La primera, la más alta y negra, aproximose a los demás y riendo a carcajadas, esclareció:
-Soy la Ira. Hago el camino mas corto para la muerte. Viven conmigo el desespero y la tragedia. Me visto de orgullo. Me siguen los pasos el odio, me calzo con las sandalias de la revuelta y me recuesto con el bastón de la inquietud. Acompaño al hombre desde “que el mundo es mundo” y pretendo vivir con el eternamente… Y después de breve pausa:
-Todos me acogen a cualquier hora, sin indagación ni exigencia. Al simple apelo soy recibida con placer en cualquier parte. ¡Soy feliz! Sigo mi destino, atrayendo el mundo a mí.
La segunda sombra, taciturna y trémula, después de ligera meditación, hablo recelosa:
- Me llamo Miedo. Soy la puerta ancha que conduce a la locura. Ando desnudo. Tengo fuerza. La Ira, prosiguió, es vencida por la meditación junto a la oración bajo el palio del perdón, y sus compañeros desfallecen y mueren ante la Humildad. Más yo soy invencible. Me oculto en la luz y en las tinieblas, entre sabios e ignorantes, grandes y pequeños, ricos y pobres. Moro en cualquier lugar. Como rey, me rodeo de aduladores fieles: la duda, el recelo, la desconfianza, el pavor… No temo a la fe ni a la religión. Hasta las desdeño. En una yo muestro la certeza, en otra presento la sospecha. Y sigo mi camino. Muchos me aman, me convocan sin cesar…
En el intervalo que se hizo, las dos furias se contemplaron, casi sonrieron y, mirando a la tercera compañía, indagaron ansiosas:
-¿Quién eres, hija de la tristeza?-
-¿Yo?- inquirió la sombra pesarosa. - Soy vuestra hermana.
- ¿Tu nombre?
- Casi no lo se. Me llaman infortunio, unos, otros felicidad, y muchos, desgracia. Siempre viví errante, perseguida, odiada. Jamás sonreí. Un día –y cerro los ojos como quien recuerda inolvidable encuentro-, en un camino como este, encontré alguien que me sonrío. Era rubio y bello, tenía ojos mansos y suave voz, aunque su rostro reflejase inmensa tristeza. Después me miro conmovido y mudo paso… Note que muchos lo seguían, llamándole Maestro. Posteriormente yo supe más. Era de noche y El árabe en un huerto sombrío. Lo mire. Me reconoció. Su rostro sudado se lleno de ligera sonrisa y me dijo: “¡No desfallezcas, hermana! Sigue tu camino”. No lo deje más. Lo acompañe atado a las cuerdas, con la multitud, en el palacio, en la soledad, hasta el fin…
Callose la sombra. Y bajo el viento cortante lloro.
- ¿Qué sucedió?-inquirieron los oyentes.
-…Cuando se agitaba en la Cruz, rodeado de la multitud colérica, me miro ya violáceo y murmuro solo para mí: “Avanza misionera. Larga, difícil y bella es tu tarea. No más seguirás la ira y el miedo. Tendrás diferente vía. Serás mi mensajera al mundo descuidado. Caminaras sola, incomprendida, enseñando en silencio. De cuando en cuando, dos compañeros pasaran por ti: la lágrima arrimada en la nostalgia. Mas en tu camino dejaras esperanza y paz. Necesito de ti. Ven en mi nombre, Dolor hermana, y yergue mis ovejas. Llámalas en Mí. Háblales de la paciencia y de la resignación, del coraje y del buen animo.” “¡Te seguiré!” He aquí quien soy.
Hubo silencio. El viento soplo más fuerte y, despidiéndose, las tres sombras siguieron sus caminos.
Mensaje psicografiado por el médium Divaldo Pariera Franco Traducido por Vilma Piña
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