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Provincias de sombra y de dolor PDF Imprimir E-mail
Divaldo Pereira Franco
Escrito por Administrador   
Martes, 06 de Abril de 2010 15:00

Una de las grandes dificultades para quien escribe al respecto de paisajes desconocidos, es la utilización de palabras conocidas, cargadas emocionalmente de interpretación simbóli­ca, que llevan al lector a una conclusión incorrecta. Imaginemos a alguien que viviese en una sociedad primitiva y que por circunstancia imperiosa fuese alejado de allí y trasladado a una comunidad superior o inferior, logrando la posibilidad de que, transcurrido largo tiempo, pudiese volver a co­municarse con sus coterráneos que allá quedaron. Al principio, sería la perplejidad que asaltaría a los compañeros que recibiesen las noticias, pues le consideraban ani­quilado habiéndole olvidado; después, serían las sospechas, cuando él describiese la región en la que se encontraba, espe­cialmente si ésta fuese constituida por elementos conocidos, pero estuviese señalada en la imaginación por conocimientos rudimentarios y leyendas, formando parte de las abstracciones religiosas vigentes en su comunidad.

Muy difícilmente sería captada la comunicación y menos aceptada; sólo a través de reflexiones y continuadas revelacio­nes, se destruirían, a lo largo del tiempo, los antiguos conceptos a ese respecto, permaneciendo solamente algunas dudas por dificultad razonable de aceptación total. Esto nos sucede a nosotros, los Espíritus, considerados muertos y, por lo tanto, aniquilados en la personalidad y la indi­vidualidad. Para la mente nihilista, que se adaptó a la comodidad del concepto mediante el cual todo vuelve a la nada, o para los espiritualistas modelados por la ortodoxia religiosa y sin el habito de mas alto vuelos intelectuales, cualquier noticia que choque con sus filosofías es rechazada de pronto, sin antes ha­ber sido examinada, o ridiculizada, por constituir un cambio conceptual que ciertamente revoluciona lo establecido y acep­tado.

Negando, los primeros, la vida más allá de la tumba, su­ponen que ella no existe, en razón de su prosaica acomodación mental que rehúsa un examen serio de lo que ignora. Así, anula la hipótesis de cómo y dónde viven los muertos. Inconscientemente, estos que pretenden anular la vida, huyen de la realidad por mecanismos psicológicos, por temor a enfrentarla, lo que no impide que vengan a encontrarse con la misma después de su deceso. Los segundos, pese a la creencia en la continuación de la vida después de la muerte, no se permitieron profundizar a tal respecto, transfiriendo esta tarea a sus pastores que, a la vez, se contentan con las antiguas teologías que enmascaran la rea­lidad con la incorporación de los mitos del pasado en vestiduras adaptadas a sus creencias.

El espiritista, sin embargo, conocedor del fenómeno de la vida, su origen, su finalidad, su proceso de crecimiento, etapa a etapa, se interroga cómo serán los lugares, la sociedad, el clima que en encuentran aquellos que partieron de la Tierra en el vehícu­lo de la desencarnación. La revelación al respecto ha sido amplia y bien documenta, esclareciendo­ que el físico es un mundo imperfecto, copia grosera del espiritual y que, a su alrededor, hay regiones vibra­torias de tono variado, desde las más rudimentarias, primitivas, hasta aquellas de constitución tan sutil y elevada que a la ma­yoría de nosotros se nos escapa por el momento, como com­prensible, por falta de evolución espiritual. Prescindiéndose de la impregnación filosófico-religiosa y la terminología comprometida de la que se utilizó Dante Alighie­ri, en su viaje poético en la Divina Comedia, tendremos una idea del mundo parafísico, donde se encuentran los hombres después de la muerte, de acuerdo con la conciencia de sus ac­tos. Sin el carácter de lugares de pozo eterno, pues la evolución es incesante, la conciencia moral y espiritual se depura y eleva conforme la reparación de los errores y la conquista de valores nuevos que la reencarnación propicia a los culpables, que vuel­ven a reempezar la experiencia malograda.

Para Dante, según sus críticos, fue más fácil describir las regiones inferiores, posiblemente por haber estado allí en des­doblamiento de la personalidad, conducido por Virgilio, que narrar ­los ambientes de felicidad, por las dificultades de lenguaje o porque no pudo visitarlos, anteviéndolos y sólo recordándolos vagamente. Las situaciones desdichadas le impactaron más la men­te, permitiendo narrarlas con detalles impresionantes que la fan­tasía no lograría construir. No hay, o mejor dicho, no debe haber sorpresa ante tales informaciones, partiendo del principio axiomático y real de que el hombre es lo que piensa, no lo que parece, siendo su realidad íntima construida por su mente, que lo sujeta, encarcelán­dole o liberándole en la existencia terrena. Poseyendo la mente la fuerza que mueve la energía, en razón de su potencia vibratoria, la condensa y la modela, dándo­le formas que adquieren contextura y perduran de acuerdo con la intensidad del comando psíquico. Idolatría envuelven á hombres y a Espíritus como consecuencia de sus fijaciones mentales, que se transforman, con el transcurso del tiempo, en formas casi vivas, fantasmagó­ricas, que los perturban. El reverso también es verdadero.

Fuera del cuerpo el ser espiritual sufre sus construccio­nes mentales sus preferencias emocionales, viviendo la psicós­fera que le era habitual y placentera. Esto le produce terribles alucinaciones en el más allá de la tumba, porque no le responden a los anhelos del sentimiento de libertad que necesita. Entorpecimiento general, produciendo estados que los asemejan a momias que respiran con dificultad, son los efectos más inmediatos de las ideó plastias desdichadas. Continuas alucinaciones y agresividad, pérdida de memoria,­ autoflagelación por los remordimientos y los sentimientos de culpa, producen formas-pensamiento que los descomponen y aplastan, llevándolos a situaciones físicas y psíquicas lamentables. ­Como resultado de tales situaciones se agregan a su al­rededor fluidos molestos que se transforman en su mundo espi­ritual, donde permanecen hasta que haya un cambio íntimo, rompiendo la redoma en donde están encarcelados. Cuando se unen por afinidad, innumerables infelices, y ignorantes de su situación, y mientras tanto no son considerados impíos o malos, para ser transferidos a reductos más desdichados, forman compactos gropos que contaminan el campo vibratorio en que se encuentran, constituyendo una región doloro­sa muy inmediata al territorio de los hombres.

No son lugares permanentes de aglutinación de desven­turados, pero sí sitios transitorios en que se detienen esos cul­pables, como resultado del libre albedrío mal utilizado. El pensamiento reúne a los semejantes por afinidades psíquicas emocionales, a través de las imágenes producidas, que forman estas provincias de dolores reparadores, en las cua­les los transgresores de las Leyes, en número incontable, read­quieren el equilibrio para volver a la Tierra en futuras experien­cias que los llevarán a reparar todos los males practicados an­tes y a sentir en ellos la necesidad de conseguir la luz de la liberación interior. Invariablemente, los desencarnados, antes de alcanzar la plenitud de la conciencia, atraviesan esas zonas purgatorias, de­teniéndose en ellas el tiempo necesario para sus realizaciones espirituales y cuya estancia puede ser breve o larga. Son las an­tecámaras del gran hogar espiritual, cuya densidad fluídica cor­responde al tono vibratorio de cada uno de los seres que allí se encuentran. En ese estadio se desmagnetizan de las fuerzas mas primitivas del cuerpo somático, de las fijaciones fisiopsíquicas más densas, preparándose para vivir en el campo que les cor­responde.

Esta es la Erraticidad inferior, pórtico de la Espiritualidad más elevada. En ninguna parte, no obstante, escasean la misericordia y el amor de Dios, que a todos alcanzan y sostienen. Complementando estas observaciones, recordemos que, a semejanza de lo que sucede en la Tierra, los sufrimientos crecen y se complican de acuerdo con las acciones negativas de quienes ahora se vinculan a sus enemigos, reencontrándolos para convertirse en cobradores impíos que los llevan a estados de difícil descripción en el área de la amargura. Es natural, por lo tanto, que aquél que huye del deber, lo tenga complicado luego; que quien hace el mal, lo encontrará ante sí; que el hombre que no respeta la vida y la defrauda, en­frentará la siembra desvariada que hizo..

Hay pues, provincias de sombra y de dolor en escala casi infinita, que corresponden a los innumerables grados de culpa, crimen o indiferencia por la vida, en los cuales caen los tránsfu­gas que no logran escapar de la suya ni de la Conciencia divina. Es indispensable, pues, mantener activada la luz del amor en el corazón; el conocimiento útil en el alma, construyen­do desde ahora su futura morada, que puede ser un lugar de dolor, de ­ tránsito tormentoso o de felicidad, pero siempre de acuerdo con los propios actos.

Hermelindo Bravo

Médium Divaldo Pereira Franco

Extraído del libro "Hacia las Estrellas"