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Ante el rugido de la tormenta PDF Imprimir E-mail
Divaldo Pereira Franco
Escrito por Administrador   
Viernes, 25 de Diciembre de 2009 17:35

El estruendo del carro beligerante de la guerra se hace oír en todas partes, acompañado por las amenazas de destrucción en masa: de las criaturas humanas, de los animales, de la Naturaleza... El ser humano, que desvaría, emite sus estertores agónicos en las convulsiones de la agresividad.

Semidiós, que se hizo a sí mismo, a través de la arrogancia y del narcisismo perverso, ahora se levanta, soberbio con la clava de la destrucción erguida, exhibiéndola y amenazando con deferir su golpes sobre la sociedad debilitada por el miedo o desvariada por la irresponsabilidad. Las nubes borrascosas, que se vienen acumulando en los cielos plúmbeos, anuncian la llegada de la tormenta, que pronto se abatirá despiadada.

Constituida por fuerzas indómitas, anuncia la presencia de una catástrofe jamás vista con antelación y de consecuencias imprevisibles. Las supermáquinas, irónicamente denominadas inteligentes, pero destituidas de sentimientos de compasión y de misericordia, están preparadas para la interminable matanza. Los nuevos dioses Marte, luego blandirán sus armas que dispararán los rayos mortíferos para que la calamidad se consuma.

Poco después, sobre los despojos de las ciudades transformadas en ruinas y, sobre esos mismos escombros aún en combustión, los vencedores se presentarán triunfantes. Pero, en vez de ostentar los laureles en forma de una corona de gloria, serán marcados con un hierro candente, tal como ocurrió con el Caín bíblico y mitológico, para que nadie los extermine, oyendo, al mismo tiempo, la terrible interrogación: ¿Qué hicisteis de vuestros hermanos?

*

La ley de destrucción, insita en la Naturaleza, pertenece a la Vida, para que todo se renueve en estructuras más perfectas y más complejas. Pero, la guerra es el resultado del primitivismo animal que predomina en la naturaleza humana. Cual salvajes, con ansias de arbitraria dominación, no pocos individuos enfrentan a otros, confiando en la supremacía de la fuerza de la que se creen poseedores dándole curso a su delirio. La locura del poder que los ensandece, los impele a la carnicería de otras vidas, contando con el triunfo, que siempre es de efímera duración, porque la muerte los aguarda y también los arrebata inexorablemente.

Quieran o no, ellos serán transferidos para Más Allá del Túmulo y su memoria permanece odiada, envuelta en amargura y dolor....Y retornan después, al carro orgánico, encarcelados en celdas sin paredes, experimentando vigorosas expiaciones pungentes e inenarrables, que soportarán en largos períodos de inevitable reparación. La Ley Soberana del Universo es la de amor, aquella que integra todo y a todos en la armonía cósmica, exaltando la gloria de la Creación. Esa misma legislación dispone de dispositivos apropiados para administrar todos los acontecimientos perturbadores e imposiciones desconcertantes, sin la interferencia humana, normalmente de efectos dañosos...

Porque, inmaduro y precipitado, ese ser se cree predestinado a reescribir la historia de la Humanidad, y cae en el crimen, actuando con crueldad, cuando la Divinidad dispone de mecanismos edificantes para la corrección de todos los desvíos, sin incurrir en los mismos delitos. La guerra confirma el estado de primitivismo, en el cual, se encuentra aún expresiva parte de la sociedad....

Vendrá la paz, sí, sin duda, después de la tragedia de los odiosos combates que el ser humano engendra para su propia desdicha. Mantente en paz, piensa y actúa con paz. La convulsión colectiva resulta del trastorno individual. Tu voz, tus actos y tu pensamiento constituyen una fuerza poderosa, que no siempre sabes utilizar. Presérvalos al servicio de tu paz y de la paz de todos. Sé afable, pero sin adulación; dócil, sin servilismo; bueno, sin actitudes afectadas, generando simpatía, ternura y amor a tu alrededor, donde quiera que te encuentres.

Lo que hagas se convertirá en valiosa contribución para el conjunto social, que siempre depende del individuo. Por tanto, ante el rugido de la tempestad, resguárdate en el amor de Nuestro Padre, ama y ora, transformándote en un polo de referencia para la armonía general.

Por el Espíritu Joanna de Angelis

(Página psicografiada por el médium Divaldo Pereira Franco, en la sesión de la noche de 17 de marzo de 2003, en el Centro Espirita Camino de Redención, en Salvador, Bahía) ANUARIO ESPIRITA. 2004.