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¿Usted se considera una persona de fe? ¿No importa cual sea su religión, seguro que usted tiene plena confianza en las verdades que aprende, hasta el punto de obtener apoyo en las horas difíciles?
Para los cristianos, hay una enseñanza de Cristo que vale la pena recordar y de reflexionar. En Mateo, cap. 7, versículos 21 a 29, leemos lo siguiente: Todo aquel que oye mis palabras, y las pone en práctica será como un hombre prudente que construyó una casa sobre la roca. Caía la lluvia, vinieron las riadas, soplaron los vientos y dieron contra la casa, pero no se desmoronó. Estaba fundamentada en la roca. Pero todo aquel que oye mis palabras, y no las pone en práctica, será como un hombre necio que construyó su casa sobre la arena. Cayó la lluvia, vinieron las riadas, soplaron los vientos y dieron contra la casa, y se desmoronó. Y grande fue su ruina. Jesús se refiere, claramente a la fe operante de aquellos que oyen sus palabras y las ponen en práctica.
La fe operante es la que nos sustenta en la horas más difíciles de la vida. ¿Será que nuestra fe resiste las lluvias, vientos y riadas que llegan cada día? ¿O será que el más leve viento derrumba nuestra confianza en Dios? ¿Será que, cuando el vendaval de la muerte arranca de nuestra vida a una persona querida, nuestra casa aún continua firme, o se desmoronará como las construcciones hechas sobre arena? En esos momentos, solo la certeza de la inmortalidad del alma y de la individualidad que nuestro querido ser guarda después de la muerte, será capaz de traernos un íntimo confort.
Cuando nuestra fe no está fundada en la razón, pasamos a preguntarnos: ¿”Y si la muerte fuera el fin de todo? ¿Y si mi querido familiar se fue para siempre? ¿Y si aquel cuerpo que fue enterrado era todo lo que existía?” En esas horas, el cristiano se olvida de que el Maestro, de quien se dice seguidor, dio el mayor ejemplo de inmortalidad y de individualidad, volviendo después de haber sido muerto o enterrado. Y volvió para probar que el túmulo no es el fin de la vida, y que el espíritu conserva su individualidad, esto es, no se pierde en el todo, como una gota de agua en el océano. Teniendo esas bases sustentando la fe, nada hay para desmoronar, ni con los más terribles temporales. Y si es capaz de sustentarse delante de los más terribles dolores, que es la separación por la muerte, ¿qué fuerza no tendrá delante de las demás amarguras?
Si en algún momento su fe demuestra fragilidad delante de una situación cualquiera, tal vez sea la hora de que usted busque solidificar sus convicciones. Si usted dice tener fe en un Dios justo y bueno, nada que le ocurra deberá ser motivo de desesperación. Si en las bases de su fe está bien sedimentada la convicción de que cada uno recibirá según sus obras, ninguna tempestad la desmoronará. Usted tendrá siempre confianza plena en el Creador, que todo lo sabe y que todo prevé. Pero, si la más leve brisa derriba sus frágiles creencias, es hora de reflexionar, estudiar a fondo las bases de su religión y fortalecerlas. Solo así esa construcción estará firme en la roca. En la roca de las convicciones inquebrantables.
¡Piense en eso!
Fe inquebrantable solo es aquella que puede encarar frente a frente la razón en todas las épocas de la humanidad.
Redacción del Momento Espírita
Traducción del Grupo el Amor en Acción-España
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