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Algunos días después de la tragedia ocurrida en New York, que sacudió al mundo entero y, de forma especial a los norte-americanos, el número de muertos ya sumaba millares. Las personas, disconformes por la separación brusca de los entes queridos que fueron arrebatados del cuerpo de forma violenta, eran víctimas de la desesperación. Después de una ceremonia simple, decenas de bomberos fueron sepultados. Aquellos hombres murieron en el cumplimiento del deber. Murieron intentando apagar las llamas que devoraban los dos edificios y también socorriendo a los heridos más graves. Ahora ellos también se despedían del escenario terreno, encerrando definitivamente el expediente en el cuerpo físico.
El Capellán, encargado de la capilla del cuerpo de bomberos, profería algunas palabras de consuelo a los familiares de los fallecidos. De forma serena, expresaba una profunda fe en la vida eterna. Él decía a sus oyentes:
Más después estos cuerpos serán enterrados… Nosotros vamos a enterrar los cuerpos, pero no sepultaremos los espíritus, pues el espíritu continúa vivo, después de la muerte. Vamos a enterrar las manos, pero no sepultaremos sus obras. Vamos a enterrar los pies, pero no sepultaremos sus pasos. Vamos a enterrar las bocas, pero no sepultaremos las palabras que fueron dichas. Vamos a enterrar los cerebros, pero sus ideas no pueden ser sepultadas. Vamos a enterrar los corazones, pero sus sentimientos nadie conseguirán sepultar. Siendo así, este no es un momento de decir un adiós definitivo, sino de decir “hasta pronto”, pues iremos a encontrarlos en la otra vida.
El capellán, como todo cristiano, sabe que no se puede sepultar el Espíritu, pues el Espíritu es inmortal. Todo cristiano sabe que sólo los cuerpos pueden ser destruidos, porque el Espíritu es indestructible. Todo cristiano tiene la seguridad de que la vida no acaba con la muerte, pues es eterna, conforme enseñó y demostró el Maestro de Nazaret.
Víctor Hugo, poeta y romancero francés que vivió en el siglo XIX (1), habló de la inmortalidad del alma diciendo: cada vez que morimos ganamos más vida. Las almas pasan de una esfera a otra sin perder la personalidad, volviéndose cada vez más brillantes. Yo soy un alma. Sé bien que voy a entregar a la sepultura aquello que no soy. Cuando yo descienda a la sepultura, podré decir, como tantos: mí día de trabajo acabó. Pero no puedo decir: mi vida acabó. Mí día de trabajo se iniciará de nuevo en la mañana siguiente. La tumba no es un callejón sin salida, es un pasaje. Se cierra el crepúsculo y la aurora viene a abrirlo nuevamente.
Las palabras del capellán y la frase de Víctor Hugo, demuestran que la inmortalidad y la individualidad del alma, vienen como su consecuente evolución infinita, es una necesidad lógica para todos aquellos que crean en un Dios sabio y justo.
¡Piense en eso!
Es natural que usted lamente el sufrimiento de aquellos familiares que lloran la muerte de sus seres y que rueguen para que los fortalezca en esa hora amarga. Pero, piense un poco en aquellos que promueven el terrorismo y con el tanta desgracia. Acuérdese que esos son merecedores de nuestra más profunda compasión, pues son locos que no saben lo que hacen. Aquellos que perdieron el cuerpo en el desastre, rescataron deudas pendientes con las leyes divinas y se liberaron, pero los terroristas están endeudándose desastrosamente. ¿Quién, en ese caso, está más necesitado de piedad y oraciones?
¡Piense en eso, y no se olvide de rogar a Dios por ellos también!
Texto del Equipo de Redacción del Momento Espírita
João Cabral
Mensaje traducido por Isabel González-España
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