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En todos los sectores de actividades de la vida, en que el hombre se haya envuelto con proyectos de elevación, debe buscar dentro de sí mismo la motivación, usando la libertad de escoger lo que realmente desea, a través del libre albedrío. Con eso, busca atraer también la obstinación, el entusiasmo, la garra, determinación y coraje que son virtudes necesarias al suceso de cualquier proyecto, que solo se materializan cuando su autor se muestra interesado en crecer, evolucionar, superar y transcender todas las dificultades que normalmente envuelven cualquier esfuerzo de trabajo.
Para alcanzar esos altos niveles de existencia, tanto en el campo material como en el campo espiritual, tenemos que manifestar esos atributos abiertamente, moviendo las fuerzas que nos impulsan en la dirección de Dios. Sin embargo, como regla general, el cerne de las motivaciones es negativo, porque despertamos todos los días para cumplir obligaciones y rutinas y no para construir algo nuevo y mejor. Es a partir de ahí que siempre surgen los problemas: si la vida anda sin gracia, monótona, la cama parece ser un imán y el tiempo cuesta pasar; si nos sentimos envejecer y la televisión es la diversión predilecta; todo esto es porque están faltándonos objetivos estimulantes, o sea, estamos carentes de sueños.
Somos dotados de libre albedrío, que nos permite realizar cualquier tipo de elección, y es ahí que surgen los problemas, porque aun no sabemos escoger con serenidad y equilibrio. Eso es tan real que el apóstol Pablo advirtió cierta vez a sus seguidores: “observe y trabaje con todo lo que llegue hasta usted, reteniendo apenas lo que le fuese útil”, en una demostración clara e inequívoca de que no debemos tener miedo de nada, experimentar todo, sacando provecho de las cosas buenas y apartando las malas de nuestro camino evolutivo.
El primer paso para sentirnos motivados es determinar lo que realmente queremos alcanzar y lo que debemos hacer para alcanzar el objetivo deseado, sin lanzar proyectos al azar, sin dirección, movido apenas por el orgullo o el egoísmo, pero buscando solidaridad y compartiendo, en una asociación de ideas y proyectos, que ciertamente culminen con el bien de todos. Las personas que no tienen objetivos viven a la deriva, movidas por las ondas enigmáticas de la marea del pesimismo, del desanimo, de la pereza, de la inercia y del desespero, dejando al ser humano triste, abatido y sin esperanza en el ámbito de sus realizaciones.
No en tanto, la energía generada por nuestras aspiraciones, justas y calentadas con amor, crea un ambiente de paz, que atrae las condiciones necesarias a su realización. Este es uno de los secretos de las personas que llevan a cabo realizaciones importantísimas en el campo de la carne y del espíritu y se revigorizan siempre para nuevos desafíos. Otro punto importantísimo es la concentración de las fuerzas, en el sentido de estar siempre motivado y actuando en estado de libertad total. Sin presiones, usando de una forma consciente el libre albedrío, dentro del proceso de elecciones determinada por Dios y por la propia conciencia inmortal, superando los obstáculos naturales que son parte de nuestro camino, estando cada vez más fuertes a cada etapa vencida.
Nuestros errores son los mejores amigos y nos muestran las nuevas directrices a ser tomadas, con base en el fracaso de la retaguardia, alentándonos para el perfeccionamiento de nuestra experiencias, que necesitan ser direccionadas para lo que es bello y bueno. Eso nos aparta paulatinamente del odio, del rencor, del resentimiento, de la rabia, del orgullo y del egoísmo, absorbiendo a los pocos las virtudes de la bondad, caridad, paciencia, solidaridad, compartiendo, abnegación, coraje y compasión.
Djalma Santos
Extraído de la revista espirita "Correio Espírita"
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