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¿Qué es la religión? Según explica el diccionario, es la virtud que le rinde a Dios el culto debido; es la adoración ofrecida a la Divinidad; es la observancia de las buenas costumbres y el practicar obras de verdadera devoción. Es cierto; la religión debe ser el amor a todo lo bello, a todo lo grande, a todo lo armónico; y como estas preciosas condiciones en nada ni en nadie pueden encontrarse en tan alto grado como en Dios, fuente de vida, raudal de salud, río de esperanzas y mar de justicia, por esto el hombre se siente atraído por ese foco hímnico y ama a Dios desde que miró al Sol y cayó de hinojos adorando al rey de la Luz. La religión nació con el hombre y el hombre nació con la religión; pero dueño el Espíritu de su libre albedrío, cuando entró de lleno en la vida, cuando abandonó las selvas, formó la tribu y levantó viviendas; cuando las pasiones se despertaron en su pecho y la codicia hizo nido en su corazón, entonces la religión íntima, la religión del alma fue una carga pesada para el hombre.
La voz de la conciencia le hablaba demasiado alto y no le dejaba dormir en el letargo del placer, y era preciso armonizar las creencias y las ambiciones, y para efectuar estas uniones clandestinas los hombres crearon la religiones y naturalmente las hicieron apropiadas a sus deseos. Formaron dos divinidades; una, el Dios del terror, ese Satanás que se complace en inspirar el desorden a sus hijos; la otra, un Dios al parecer de paz, pero un Dios pequeño que se contenta con ofrendas de más o menos valía; y si hemos de hablar francamente, los hombres tuvieron talento para hacer las religiones, porque todas se asemejan las unas a las otras. Todas tienen cierto aire de familia. Un poder infernal que nos induce al crimen, pero como nosotros no nos podemos lavar las manos como se las lavó Pilatos después de sentenciar al justo de los justos. Porque ¿Qué culpa tenemos que nos inspiren al mal? Lucifer es el editor responsable de todos los pecados de la humanidad.
Él hizo curiosa a Eva y débil a Adán, y ha seguido haciendo su santísima voluntad, siendo las humanidades dóciles instrumentos de sus satánicas intenciones. El Dios del bien es un Dios muy cómodo para el hombre; tiene su paraíso y su limbo para los muchachos, su purgatorio para los perezosos y su infierno para los pecadores impenitentes; pero el hombre puede entrar en el primero mediante un número dado de misas y responsos; de manera que todos podemos estar contentos. Si hacemos el mal Satanás nos inspira; y aunque para Dios, por lo visto esa evasiva no suele ser suficiente si tenemos una mediana fortuna, nuestro es el cielo, que no en vano aseguran que muchos amenes a la gloria llegan. Los pobres son los únicos que salen peor librados en los arreglos religiosos porque son juguetes de Satanás, y no les queda más recurso que seguir siéndolo por toda la eternidad; porque al morirse, ¿Qué hace la iglesia con los pobres? Los entierra deprisa y corriendo y aquí paz y después gloria; y en honor de la verdad, un alma un poco pensadora se ríe con amargura al estudiar las religiones, que no son otra cosa que un denso velo con el cual se cubre las miserias humanas. Las religiones son un tamiz hecho a gusto del hombre por el cual pasan las debilidades y los crímenes según conviene para la explotación de la vida. Las sociedades están muy satisfechas, y en realidad pueden estarlo, porque las religiones dejan contentos a todos los que quieren vivir entregados a su capricho y a su voluntad; pero sobre todos los devaneos del hombre, sobre todas las ambiciones terrenales, sobre todos los delirios humanos está el tiempo, está la eternidad, está la vida; Vida que palpita dentro de la marmórea sepultura y de la humilde fosa.
Está el Espíritu, que contempla asombrado como los gusanos (demócratas del Universo) penetran en los lujosos mausoleos y en las entrañas de la Tierra, y ve disgregarse su organismo, y ve evaporarse su recuerdo y él sin embargo vive y asiste a la muerte de sus deudos, y ve desaparecer su linaje de la tierra, y a pesar de esto él vive, él siente, él piensa, él quiere y entonces la primitiva religión, el culto a Dios se despierta en aquella alma eterna, y comprende que las religiones son la parodia de la religión; y como la comunicación es necesaria al Espíritu, éste no se contenta con saber que él vive, necesita decírselo a los suyos para que estos se preparen y adelanten, y se convenzan de que han de vivir siempre, no como juguetes de un ser increado sino como dueños de su voluntad; y la comunicación ultra-terrena se efectúa, cumpliéndose con ella una de las leyes naturales de la vida. A esta religión se le ha dado un nombre, no sabemos si bastante apropiado al asunto: se le dice Espiritismo, y espiritistas se llaman todos los que creen en los espíritus desencarnados y se comunican con los habitantes de este mundo; y como si no hubiera bastantes religiones, no han faltado ilusos que han dicho y creído buenamente que el Espiritismo es una nueva religión más o menos adelantada, más o menos espiritualizada y más en armonía con el creciente racionalismo del hombre, pero el Espiritismo en sí, no constituye una religión; lo que sí hace es quitarle el antifaz a las religiones que ya es bastante.
No crea ningún nuevo culto porque no es necesario; ya hemos dicho anteriormente que la religión nació con el hombre y el hombre con la religión, porque el hombre nació con la conciencia, y en la tranquilidad íntima está el santuario del alma; por eso los espíritus al comunicarse no nos hablan de un Dios más misericordioso ni más clemente; nos dicen que el hombre vive siempre, y que para su progreso no le sirve llamarse católico o protestante, budista o mahometano, materialista o espiritista; el nombre no es nada, el fondo es el todo, no basta llamarse cristiano, es preciso serlo en obras, y hombre religioso es todo aquel que no perjudica a su hermano, que si le ve llorar llora con él, si le ve desnudo le da la mitad de su manta, si le ve hambriento parte con él la mitad de su pan, si le ve sediento corre si es necesario una legua para buscar una vasija de agua, si le ve ignorante trata de instruirle, si le ve malvado le aparta del crimen; y el hombre que así obre ama realmente a Dios, aunque en su obcecación terrena quizás niegue su nombre. La verdadera religión es la que Moisés presentó a su pueblo, y es la que Jesús condensó en dos mandamientos, ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo, y estos mandamientos todos los unió Kardec en uno solo: «Sin caridad no hay salvación». Las religiones de la Tierra están alarmadas con el crecimiento del Espiritismo y no deben alarmarse porque el Espiritismo no es una nueva religión, y sólo la ignorancia de algunos fanáticos podrá darle en algunos lugares más o menos formalismos, pero en realidad el Espiritismo no es más que la conversión de las humanidades, el diálogo no interrumpido de las generaciones, es la reflexión, es la meditación de los pueblos que pasaron, es el mundo antiguo que habla con el mundo moderno, es el racionalismo de los hechos que prueba la verdad de la vida; pero no temáis sacerdotes de las religiones positivas que los sacerdotes del Espiritismo os quiten la muchedumbre por el atractivo mágico de sus virtudes.
Los espiritas no adquieren con las comunicaciones de los espíritus dotes sobrenaturales, no adquieren más que el convencimiento de la pequeñez de su Espíritu y la certidumbre de que si ellos quieren progresar es suyo el porvenir. Esto es todo lo que hace hoy el Espiritismo; despierta al hombre de su letargo y le hace comprender que las religiones son convenios sociales creados en la tierra; en ella nacen y aquí se quedan, pero la religión del bien, de Dios viene y a Dios va. Espiritistas no os creáis salvos porque admitáis la comunicación de los espíritus, esto no os hace ni más malos ni más buenos, y únicamente vuestros hechos os harán ser grandes y dignos de admiración; pero es tanta la ignorancia que hay en este planeta que, cuando los espiritistas hacen lo mismo que los demás que caen y tropiezan en los escollos del mundo, dicen los adversarios de esta escuela filosófica; ¡Miradlos! ¡Han caído! !Han sido débiles! ¿Y qué? ¿Quizás la comunicación con los espíritus nos da la patente de santidad? ¡No!; seremos santos si luchamos y dominamos nuestras pasiones: esto podemos hacerlo llamándonos católicos, protestantes o espiritistas, todas las religiones serían buenas si los hombres quisieran ser buenos. Religión no hay más que una y el hombre nació con ella pero la desecha por ser demasiado austera. Las religiones son más cómodas, son acuerdos convencionales, y la religión verdadera cuenta con pocos adeptos.
El Dios de la justicia no tiene muchos adoradores. La religión quiere un corazón limpio, y en la tierra casi todos los corazones parecen carbones. Quiere una conciencia tranquila, y en este globo casi en todas las conciencias hay una tempestad desencadena. Quiere un amor inmenso, y en este mundo todo lo más que hacemos es tolerarnos unos a otros (salvando honrosísimas excepciones, se entiende); pero con la humanidad de hoy, ¿Cabe la religión en la Tierra? hay pocos hombres verdaderamente religiosos, y aunque el Espiritismo las masas ignorantes lo bautizan con el nombre de nueva religión, no hay tal cosa. Religión no es cuestión de nombre, es cuestión de práctica y la práctica del bien pueden hacerla todos los habitantes de este planeta, sea cual fuere su creencia y el ídolo de su fe. Lo único que hace el Espiritismo ya lo hemos dicho; es desenmascarar las religiones positivas y decirles a los hombres: No sois salvos por rezar en una catedral o haceros abluciones en una mezquita, o leer los libros sagrados en la sinagoga, o pedir a los espíritus consejo; no son esos los medios, es preciso trabajar en el perfeccionamiento propio, y al mismo tiempo en el ajeno. Es necesario amar para ser amados, compadecer para ser compadecidos, ser generosos para encontrar hospitalidad.
El Espiritismo no es religión, pero tampoco es una de las religiones positivas, es únicamente la voz del progreso que le dice al hombre: ¡Trabaja si quieres ser grande! ¡Trabaja si quieres ser bueno! ¡Trabaja si quieres ser verdaderamente religioso! porque el trabajo es la religión del porvenir, es el culto eterno que se rinde al Creador en el Universo.
Amalia Domingo Soler
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