|
Conozco a una jovencita llamada Luisa, cuya historia es aún un libro en blanco. Hija de padres muy pobres, vive en medio de la más grande miseria; cinco hermanos menores la aturden a gritos, la molestan con sus exigencias y la hacen trabajar más de lo que puede. Cuenta Luisa dieciséis años; trabaja en un taller de ropa blanca, ganando un escaso jornal, que lo entrega a sus padres, los que no pueden dar a su hija bonitos trajes y otras cosas que desea la niña para realzar las gracias de su juventud. Ayer me decía la madre de Luisa, casi llorando:
— ¡Cuán atribulada vivo! Como Luisa trabaja tanto y no disfruta de nada, pues ni manta tiene en su camita, me ha dicho esta mañana: «Madre, ¿sabe usted qué estoy pensando? Que si yo me muriera, ganaba ciento por uno.» Y no sé, me miró de un modo tan extraño, que me dio miedo. Se ha ido a trabajar y estoy deseando que llegue la noche para volverla a ver. ¡Ay! ¡Qué desgraciados somos los pobres!
Sin darme cuenta, lloré por el porvenir de su hija, recordando la historia de otra joven.
II
Mi amiga Isabel se casó con Leoncio, empleado en el Ministerio de Hacienda, amándose extremadamente. En el banquete de la boda reinó una alegría general. Leoncio estuvo contentísimo, y su esposa me decía por lo bajo: « ¿Querrás creer que tengo miedo de tanta felicidad?»... Al día siguiente la volví a ver; estaba risueña, pero creí vislumbrar alguna nube en el cielo de su dicha, y le dije al oído:
— ¿Qué tienes? ¿Has sufrido algún disgusto?
—Sí... y no.
—Cuéntame, ¿qué te sucede?
—Una cosa muy rara. Anoche, cuando ya solos nos abandonamos uno en brazos del otro, de pronto Leoncio palideció, retrocediendo algunos pasos y murmurando con voz apagada:
— ¿Flor de Lis? Como puedes comprender, me asusté no poco, porque vi a Leoncio desfigurado, con el cabello erizado y los ojos casi fuera de sus órbitas. Yo no sabía qué hacer, y me daba vergüenza llamar a la doncella; corrí al tocador y empapé mi pañuelo en agua florida y se lo puse en la frente a mi esposo, el cual parecía un loco, hablando solo. Por fin se serenó, y al pedirle explicaciones de lo ocurrido, me dijo suplicante:
—Isabel, si me amas no me recuerdes nunca el suceso de esta noche.
No insistí en mis preguntas; nos acostamos, pero yo no pude dormir en toda la noche. Hoy, aunque él lo disimula, está triste, preocupado. Veremos en qué para todo esto.
III
Dos meses después, vino a verme Isabel, que se abrazó a mí llorando amargamente y diciéndome entre sollozos:
— ¡Ay, Amalia! ¡Qué desgracia la mía!
Cuando la vi más tranquila, le pedí me explicara sus penas.
—Pronto están contadas: mi marido está loco.
—Eso no puede ser; ayer estuve hablando con él, y le encontré como siempre, cuerdo.
— ¡Ah!, es que su locura es particular. ¿Te acuerdas de lo de la noche de mi boda?
—Sí, Flor de Lis...
—Pues con frecuencia se repite la misma escena. Casi todas las noches tenemos la misma historia: el día lo pasa perfectamente: va a la oficina, vuelve, y vamos a cenar con mis padres, y todos juntos al café, al teatro, donde yo quiera ir; pero al llegar a casa y entrar en nuestro cuarto y comenzar a desnudarnos, da principio la tragedia. Se agarra convulsivamente a mi brazo, repite frases incoherentes, y señalando a un rincón, me dice al oído.
— ¡Reza, reza por el alma de Flor de Lis! Vuelve a tranquilizarse, nos acostamos, él se duerme, y a veces soñando llama a Flor de Lis. Yo estoy molestísima disgustada. Cuando le interrogo, me dice:
—Isabel, no me hables de eso; a ti sola quiero en el mundo, que por tu amor he sido criminal; no me preguntes nada.
Todos estamos como sobre ascuas. Mi madre quiere que un médico alienista reconozca el estado de Leoncio, pero no me atrevo, por no saber cómo lo tomará mi marido. Por otra parte, veo que él no está bien: se le ve enflaquecer; así es que vivo en un infierno y a la vez en la gloria, porque él me quiere con delirio. Hoy le he dicho que venga a buscarme aquí, con ánimo de que le veas tú y me digas tu opinión, pero no te des por entendida de nada: ¡discreción! Seguimos hablando del asunto, hasta que llegó un amigo mío, ferviente espiritista, médico eminente y gran observador de la fenomenología, a la que consagraba sus estudios más profundos.
A poco rato vino Leoncio, y yo, de intento, hice rodar la conversación sobre Espiritismo. Enrique, que es elocuentísimo, contó varias aventuras de sus viajes; habló de presentimientos, de apariciones, de venganzas, de obsesiones, y observé que Leoncio le escuchaba atentamente, hasta el punto que al decir Isabel: «Vámonos, que ya es tarde», su marido le replicó.
—Siéntate, siéntate, que lo que dice este caballero nos interesa a los dos.
Enrique siguió hablando y contestando a varias preguntas de Leoncio; éste, por último, le dijo:
—Nunca hice caso del Espiritismo, ni creo en él; pero si usted me lo permite, voy a contarle lo que me sucede. Pero antes referiré un episodio de mi vida de soltero.
Isabel miró a su esposo asombrada. Él la comprendió y le dijo gravemente:
—A grandes males, grandes remedios; yo estoy enfermo, sufro y te hago sufrir, y ya que la casualidad me presenta un hombre de tan profundos conocimientos como es este caballero, quisiera saber si estoy loco, o si estoy cuerdo. Comienzo, pues, mi confesión:
IV
De soltero no engañé nunca a mujer alguna; compraba el amor hecho. Una tarde vi a dos jóvenes que me llamaron vivamente la atención, en particular una de ellas, morena, pálida, con ojos retadores... Su compañera, blanca y rubia, era un tipo más vulgar, y hablaba y reía ruidosamente. Púseme al lado de ellas; comencé a decirles tonterías, y la rubia siguió la broma alegremente, mientras que la morena no me contestó ni una sola palabra. A mis palabras insinuantes me dirigió una sonrisa tristísima, que parecía la avanzada anunciadora de un raudal de lágrimas. Su silencio hizo exclamar a la rubia, en son de mofa: « ¿Te has vuelto muda, Flor de Lis?» Seguí la pista de aquella niña, y supe que era huérfana recogida por una pobre lavandera que la prohijó. Se llamaba María, pero por su afición a las flores de lis y el color granate, dieron en llamarla con el nombre de la aristocrática flor. Trabajaba en una modistería de sombreros, y el fruto de sus labores lo entregaba íntegro a su madre adoptiva. Flor de Lis consiguió despertar mi sentimiento. Durante dos años, todas las noches iba a buscarla al taller; la acompañaba a su casa, subía a su cuarto, y su madre adoptiva me recibía con el mayor cariño, sentándonos los tres y charlando familiarmente.
Frecuentemente solía decirme Flor de Lis, a solas: «Yo soy poco para ti: te casarás con otra, lo sé; y, el día que tú te cases, me moriré. Tú lo eres todo para mí; yo para ti no soy más que un dulce entretenimiento. Siempre que te vas, pienso: ¡quién sabe si le veré más!» Y la pobre niña tenía razón, pues nunca se me ocurrió hacerla mi esposa, ni tampoco me asaltó la idea de abusar de su inmenso cariño. A su lado me hallaba bien, y olvidaba teatros, reuniones, familia y amigos, sin preocuparme de nuestro porvenir. Luchaba conmigo mismo, haciéndome el propósito de no volverla a ver, ya que no iba a ser mi esposa, pero instintivamente olvidaba todo plan forjado, y volvía, atraído poderosamente por el cariño de Flor de Lis. Una noche, que era el santo de mi madre, se daba un gran baile en mi casa, y tuve que dejar de ir a ver a Flor de Lis. Aquella noche conocí a la mujer que hace dos meses es mi esposa. Isabel absorbió desde entonces toda mi atención, toda mi alma. Intenté varias veces escribir o visitar a Flor de Lis para explicarle mi vida y mis proyectos de casamiento con otra mujer, mas no lo hice, no me atreví a confesarle mis intimidades, sintiendo a la vez profunda lástima por ella, sabiendo lo buena y amorosa que siempre estuvo conmigo y lo mucho que me amaba. En fin, me casé con Isabel, y cuando llegó la noche, en el momento de quedarme solo con mi esposa, se me presentó Flor de Lis, vestida de blanco, con el cabello suelto y una flor de lis sobre el corazón. Desde entonces, casi todas las noches se repite la aparición. No he tenido valor para preguntar si ha muerto: me encuentro asombrado, aturdido: no sé si estoy loco, o cuerdo. ¿Es que mi remordimiento me hace ver su imagen? ¿Es que su sombra me persigue después de muerta? ¿No se disgrega todo en la tumba? Yo vivo mal, y hago sufrir a Isabel, que es lo que más siento.
—Lo más probable es que Flor de Lis habrá muerto —dijo Enrique—. Mañana iremos Amalia y yo a ver lo que hay de cierto. Entonces, con conocimiento de causa, haré cuanto esté de mi parte por separar a usted de ese espíritu que sufre y hace sufrir.
Isabel quedó apesadumbrada al saber que su felicidad fuera la muerte de aquella pobre niña. Se empeñó en ser también de la partida, para saber lo que había sido de Flor de Lis.
V
Al día siguiente fuimos los tres a la calle de Embajadores y entramos en la casa que nos había indicado Leoncio. En el portal encontrarnos a dos mujeres, y mi amiga Isabel preguntó a una de ellas:
— ¿Vive aquí Flor de Lis?
—Vivía, señora, vivía.
— ¿Se ha mudado?
—Sí, al cementerio.
— ¿Hace mucho que ha muerto?
—Más de dos meses.
— ¿Y de qué murió? —pregunté.
— ¡De pena! ¡Pobrecilla!
— ¡De pena?
—Sí, señora; y a mí nada me extraña; ¡tenía que suceder!...
—¿Por qué? —balbuceó Isabel.
—Toma, porque los peces no viven fuera del agua, y Flor de Lis no vivía como viven los de su clase. Como era tan señorita, no quería ningún trabajador. Por eso se enamoró de un hombre sin entrañas, que la llenó de ilusiones la cabeza, y luego... ¡si te he visto no me acuerdo! Flor de Lis, como era muy reservada y sentida, se fue consumiendo, poco a poco, como candil sin aceite; y una noche, cosiendo, se quedó muerta... ¡Pobrecilla!
-¿Y Narcisa, su madre adoptiva? —preguntó Enrique.
—Hace quince días que murió en el hospital, maldiciendo al que la había dejado sin hija.
Isabel, oyendo esto, no pudo contener su llanto. Las dos mujeres la miraron con extrañeza, y Enrique puso fin a aquella escena, haciéndonos marchar más que de prisa.
VI
Al llegar a casa, encontramos esperándonos a Leoncio. Bastóle e ver a su esposa para comprender que Flor de Lis había muerto, pues Isabel sollozaba sin consuelo. Enrique se encargó de la curación de Leoncio. Isabel, sin poderlo remediar, siempre estaba triste, hasta que dio a luz a una niña preciosa, que volvió la alegría a mis buenos amigos. En recuerdo de la infeliz obrera, llamaron a la recién nacida Flor de Lis, amada con delirio por sus padres. Enrique, como si presintiera un algo misterioso, cuando veía a Isabel con la pequeñita en brazos, murmuraba: ¡Qué misteriosa es la vida! ¡Cuántas, cuántas mujeres jóvenes y hermosas sienten frío en el alma, y mueren como Flor de Lis!
Amalia Domingo Soler Extraído del libro "Cuentos Espiritistas"
|