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Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Sábado, 24 de Septiembre de 2011 17:14

I

¡Cuán cierto es que, en algunas ocasiones de la vida, la palabra más insignificante, el suceso más sencillo, despierta en nosotros un mundo de recuerdos! En mí misma lo acabo de experimentar. Hojeando unos periódicos de América, me fijé en el anuncio de una nueva tienda de modas, que decía así: A la Flor Azul. Al leer este nombre, me estremecí involuntariamente: mis ojos se humedecieron sin que hiciera el me­nor esfuerzo, y murmuré: «¡Pobres seres! ¡Cuánto sufrieron!»

Permanecí largo rato coordinando recuerdos, e indudablemente algún amigo invisible me ha ayudado en mi trabajo, porque salvando una gran distancia, un buen número de años, me he hallado como por encanto en el lugar de la acción donde se desarrolló uno de los dramas que, pasando inadvertidos para el mundo, no por eso dejan de producir honda impresión en aquellos que tomaron parte en sus múltiples esce­nas, y hasta en los espectadores pasivos que miraron su desenvolvi­miento y presenciaron su desenlace.

Conocí en Madrid, hace mucho tiempo, a un pobre memorialista muy desgraciado y digno de mejor suerte, por su buen corazón, por su conformidad y su fino trato. Vivía en compañía de su abuela, anciana octogenaria, que a pesar de sus ochenta inviernos, cuidaba a su nieto y procuraba hacerle menos penosa su triste existencia. Anselmo era un hombre de unos cuarenta años, de figura distinguida, finos modales, revelando su mirada tan profundo abatimiento, que al verle se ponía triste todo el que tuviera el corazón sensible. Cuando no estaba ocupa­do en su trabajo, quedábase como en éxtasis, con la mirada perdida en el aire, los codos apoyados sobre la mesa, descansando la barba entre las manos, en cuya posición se estaba horas y, horas, según me contaba su abuela, la señora Rita. A todos los vecinos de la calle inspiraban simpatías aquellos dos se­res, que a pesar de vivir en la mayor miseria, siempre socorrían a esos pobres niños callejeros que se encuentran en el mundo sin saber a qué familia pertenecen.

La señora Rita hacía medias para todas las vecinas del barrio, con tal celeridad, que llamaba la atención, y nunca le faltaba trabajo ni buen humor para contar chascarrillos; así es que en su pobre morada. en particular por la noche, siempre había tres o cuatro mujeres y gru­pos de chiquillos, ansiosos de que la buena anciana les contara cosas. Anselmo, separado de su abuela por su viejo biombo, permanecía sentado junto a su pobre mesita, en espera de sus parroquianos, y raras veces abandonaba su puesto, prefiriendo su soledad a la alegre conver­sación de las tertulianas de la señora Rita. Algunas veces que pasaba yo un ratito hablando con la viejecita, solía tomar parte en nuestro diálogo, y cuando esto sucedía, la señora Rita se ponía contentísima, porque todo su afán era ver a su nieto dis­traído. Con frecuencia me decía:

-No sé qué haría yo para quitarle esa tristeza que le consume.

-¿Y siempre ha tenido ese carácter? -le pregunté.

-No sé: es una historia muy larga: un día se la contaré.

II

Una noche, mientras hablaba con Anselmo y su abuelita, llegó un muchacho, hijo de un herbolario, con muchas tiras de papel blanco, en las cuales quiso que el memorialista escribiera ciertos nombres con le­tra clara, para que se leyeran bien. Como no se trataba de secretos, y además hacía frío, Anselmo no pasó a su despacho, y en la mesa que les servía para comer se puso a escribir los nombres que el chico le iba dictando, nombres de hierbas y llores medicinales. Llegaron a la últi­ma tira, y dijo el muchacho:

-No me acuerdo bien del nombre; pero ponga usted Flor Azul, que ya sabemos en casa lo que es.

-¡Flor Azul! -gritó Anselmo, levantándose maquinalmente y de­jándose caer de nuevo, pálido como un cadáver.

-Vete, muchacho, vete... -añadió con voz trémula-, yo no escribo ese nombre .

Y cubriéndose el rostro con las manos, comenzó a sollozar, repri­miéndose primero; pero su emoción aumentaba, y concluyó por lanzar gemidos. El chico se quedó como quien ve visiones, y la señora Rita, con su dulzura habitual, acompañó al muchacho hasta dejarle en la calle; des­pués volvió, tocó en el hombro a su nieto y le dijo:

-Vaya, hombre, que no hay para tanto.

Anselmo levantó la cabeza y me sorprendió la expresión de su ros­tro: la vida irradiaba en sus ojos negros. En aquellos instantes, no reve­laba aquel profundo desaliento, aquella tristeza acostumbrada, sino que, muy al contrario, sus mejillas, siempre pálidas, estaban ligera­mente sonrosadas; su frente cubierta de sudor; hasta sus cabellos la­cios, parecía que habían adquirido vida. Era otro hombre. Miró a la po­bre anciana con enojo y le dijo con voz alterada:

-¿Cómo tiene usted valor de decirme que no hay, para tanto? ¿Us­ted sabe cómo yo vivo? ¡Si mi vida es horrible!... ¡Si mi desesperación es espantosa!... ¡Sí en mi corazón hay un volcán que me consume!... Si yo no puedo explicar cómo vivo, y oculto de continuo mi dolor... ¡Que no hay para tanto!...

La señora Rita, por toda contestación, se dejó caer en la silla y se puso a llorar. Anselmo, en cuanto vio su llanto, se dominó y díjole dul­cemente:

-Perdóneme; no sé lo que me digo: no me haga caso. No hay situación mas embarazosa que cuando uno sirve de espec­tador en esos dramas íntimos.

No se sabe qué hacer: si uno se queda, cree que estorba; si uno se marcha, parece que no toma interés en las penas de sus amigos. En ese estado me hallaba viendo a Anselmo, que comenzó a pasearse, y a la señora Rita sumergida en tristes meditacio­nes. Por fin me levanté, y Anselmo, comprendiendo mi intención, me dijo con acento suplicante:

-No se vaya usted, que no nos molesta; al contrario, si quisiera quedarse a cenar con nosotros, se lo agradecería más de lo que usted puede imaginar. Yo necesito hablar, contar mis penas. Hay momentos que si el hombre no hablara se asfixiaría, y esta noche me encuentro en ese estado: el peso enorme de mis recuerdos me agobia hasta el ex­tremo de no poder yo solo llevar tanta carga. Ayúdeme usted, Amalia, amiga mía.

La señora Rita unió sus ruegos a los de su nieto; se levantó diligen­te, preparó la cena, cerraron la puerta para que nadie nos molestara, y nos sentamos a la mesa. Poco: eran los manjares, pero aún sobró más de la mitad, porque Anselmo estaba demasiado agitado, y su abuela intranquila. Termina­da la cena, nuestro amigo comenzó de esta manera su relato:

III

-Los que sufren se entienden fácilmente; y como usted no es di­chosa, habrá comprendido que yo vivo sin vivir.

-Ciertamente, más de una vez se lo he dicho a su abuela, y ella me contestaba: “Es una historia muy larga de contar.”

-Tiene razón que es muy larga; no le contaré más que el resumen, para que vea usted que no soy ningún loco, ya que por tal pudiera to­marme después de la escena que presenció hace poco.

Si pudiera creerse, como algunos aseguran, que el alma vive siem­pre, y que muchas veces viene a la Tierra animando distintos cuerpos y haciendo diversos papeles en la comedia humana, yo diría que los individuos de mi familia habían sido enemigos unos de otros en existen­cias anteriores, habiendo venido con resabios de sus antiguos odios en su última existencia. Mis familias paterna y materna vivían en guerra continua: mi madre se casó a disgusto de sus padres; mi abuelo la mal­dijo, y mi pobre abuela, aquí presente, siguiendo entonces la corriente de las circunstancias, y para evitar disgustos, me negó, cuando vine al mundo, sus cariñosos besos. Casi puedo decir que ni los de mi madre recibí; pues, en continua guerra con mi padre, le abandonó cuando yo contaba seis u ocho meses.

El autor de mis días me miró más bien como un estorbo que como un hijo: sólo una hermana suya se compadeció de mi orfandad, me llevó a su casa, donde vivía con otro hermano sacerdote, mientras mi pa­dre se entregaba por completo a su trabajo favorito, a conspirar, lo que le valió estar casi siempre encarcelado. Mi tío me educó a su manera. Empeñóse en que siguiera la carrera, eclesiástica, y a los dieciocho años estaba yo tan entusiasmado con mis estudios, que ya me veía con la mitra de obispo o el capelo de cardenal. De mi madre nada se sabía: mis tíos hablaban de ella como de un diablo escapado del infierno. Una tarde, mientras con otros compañeros de estudios paseába­mos por el campo, vimos en las afueras de la Puerta de Toledo un gran corro de gente alrededor de un charlatán que anunciaba los maravillosos ejercicios que iba a ejecutar Flor Azul en la cuerda.

Nos abrimos pa­so hasta colocarnos en primera fila, y se presentó ante mis ojos un cua­dro que nunca olvidaré. Una mujer de edad regular, vestida de titirite­ra, acompañada de dos payasos; un hombre disfrazado de moro, de rostro repulsivo, agitaba un látigo, con el cual más de una vez cruzaba el rostro de aquellos desgraciados. Sentada sobre un tambor, había una niña de catorce años, de extraordinaria belleza: mis compañeros y yo quedamos encantados admirando aquella figura verdaderamente celestial: parecía una víctima esperando el momento del sacrificio: tan triste y tan desconsolada era la expresión de sus grandes ojos azules. Al fin llególe su turno, y la pobre niña comenzó a trabajar en dos cuerdas y a dar saltos mortales con admirable ligereza: el público aplaudía frenéticamente, y Flor Azul se veía obligada a repetir sus sal­tos.

La infeliz estaba cansada; pero el moro le daba un latigazo en las piernas cuando la pobre niña se disponía a bajar, obligándola a trabajar de nuevo. Indignaron se unos, aplaudieron otros; y en medio de estas opuestas manifestaciones del público, hubo de darle un vértigo a la po­bre niña, que desde considerable altura cayó en tierra sin lanzar un solo grito. La titiritera que antes había trabajado, se lanzó sobre ella, excla­mando:

-¡Hija mía!...

Pero el moro la separó bruscamente, diciendo.

-Ya se levantará, que es una perezosa; arriba, señorita, arriba...

Y como la niña no se moviese, agitó el látigo sobre la infortunada víctima. Ante proceder tan cruel, no sé qué sentí, pero me lancé al cen­tro del círculo, seguido de mis compañeros, y cogí en mis brazos a Flor Azul, que estaba sin sentido. El pueblo, siempre impresionable, al ver mi acción, se puso en contra de aquel hombre sin alma, que trataba a aquellos infelices lo mismo que si fueran fieras, y la indignación subió de punto viendo que con bruscos ademanes intentaba arrebatarme a la desmayada niña, que yo defendía entre mis brazos. No puedo explicar el tumulto que allí se armó, porque todo mi afán fue llevarme a Flor Azul. Dos de mis compañeros y varias mujeres me ayudaron en mi humanitario empeño, y subiendo a un coche la llevé al hospital, donde yo tenía muchas relaciones, por mi tío. La infeliz se ha­bía fracturado ambas piernas. Cuando recobró el sentido, y se vio en un lecho rodeada de gente extraña, lo primero que hizo fue juntar las manos en actitud suplicante, diciendo:

-¡Señores! ¡Tened compasión de mí! ¡No me entreguen al señor Monín, que me mataría!

Tal horror le causaban su brutal dueño y los bárbaros ejercicios en que la ocupaba. Y sin proferir una queja, dejó obrar a los médicos, que le hicieron la primera cura maravillados del valor de una niña tan débil, tan desgraciada y tan hermosa... A este punto del relato, Anselmo prorrumpió en sollozos y le era imposible continuar su narración.

La viejecita me tocó en el hombro, y haciéndome una seña, salimos del aposento, y me dijo tristemente:

-Vuelva mañana, Amalia; mi nieto la necesita para desahogar su pecho con usted; pero hoy está imposible.

Y nos despedimos para el día siguiente.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espiritistas"