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Enriqueta y Mercedes PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Miércoles, 20 de Julio de 2011 13:49

Si hay algo que sea verdad en este mundo, es la expresión del sem­blante del niño. Ellos me dicen lo que es real, lo que es positivo; en su mirada se lee la verdad sin velos ni eclipses. Hace algún tiempo conocí a Enriqueta, simpática niña de diez años; no había visto nunca yo una mirada más triste, ni una sonrisa más melancólica: aquella niña, sin hablar, parece que exclama de continuo: ¡Quiero irme!... ¡Suspiro por mi patria!... ¡Allá está mi familia!... ¡Allá mi religión! ¡Qué lástima me inspira Enriqueta con sus rubios cabellos, con sus pálidas mejillas, con su blanca frente, con sus manos delgadas y trans­parentes, con su dulce voz y sobre todo con su dolorosa sonrisa! No tiene madre; hace cinco años que la perdió; y su padre, atendiendo únicamente a satisfacer sus ilusiones amorosas, puesto que tenía fami­lia que cuidara de su hija, ha contraído segundas nupcias, arrebatándo­le a su tierna primogénita la mayor parte del cariño que legítimamente le pertenecía.

¡Pobre Enriqueta! Su espíritu pensador presiente la soledad que va a rodearla, soledad que debe aterrarla hasta el punto que no creo tenga valor suficiente para resistirla. ¡Y es tan cariñosa!... Basta dirigirle una amable mirada para que ella inmediatamente recline su cabecita sobre el hombro de la persona que la acaricia y estreche sus manos con efu­sión. Es una sensitiva que entreabre sus hojas con el suave hálito del amor... ¡Pobre niña!... ¡Y no tiene madre!... ¡Está sola en la Tierra! Cuantas caricias recibe son hijas de la compasión que inspira su orfan­dad. Ella lo conoce; por eso está triste; por eso se quiere ir; sus ojos lo dicen; la expresión de su rostro lo manifiesta, y los niños no saben mentir. ¡Pobre Enriqueta! Sólo la he visto tres veces, mas está fotografiada en mi imaginación, y no me queda la menor duda de que es un espíritu que suspirará incesantemente por su patria todo el tiempo que perma­nezca en la Tierra.

En cambio, casi al mismo tiempo que conocí a Enriqueta, vi por primera vez a Mercedes, niña de nueve años, en cuyo semblante res­plandece la felicidad, y en todas sus acciones se revela la íntima persuasión de que es amada. No conoce el temor; tiene una madre cariño­sa que hace consistir su dicha en la felicidad de su hija. Contemplando un día la cabecita de Mercedes, deposité en ella un beso, persuadida de que besaba la página más bella de un poema de amor. Mercedes tiene los cabellos rubios, sumamente finos, y se conoce que su madre se extasía contemplando la blonda cabellera de su hija, y estudia el modo de que la niña pueda jugar libremente en el campo, donde pasa los veranos, sin que sufra menoscabo aquella madeja de hi­lillos de oro que descansa sobre sus hombros; es de admirar cómo se la recoge en dos trenzas, una en la parte superior de la cabeza, abriéndole la raya en forma circular, sin que un cabello se cruce de un lado a otro; aquel círculo tan perfecto ¡cuánto me hizo pensar! En él leí dos pala­bras divinas, dos frases que valen más, mucho más, que todo cuanto se ha escrito en los libros sagrados de las diversas religiones que han ido educando y civilizando a la Humanidad; esas dos palabras eran: ¡amor maternal!...

Sólo una madre amorosísima tiene esa delicada previsión, ese cálculo de colocar el cabello de manera que no moleste la cabeza de la niña, evitando que se le pueda enganchar en las zarzas y en las ra­mas de los árboles; otra trenza posterior, perfectamente anudada con una cinta de seda, termina aquel peinado, que pone el cabello de Mer­cedes a cubierto de todas las travesuras de su infancia, que corretea to­do el día por los jardines de su casa y hace excursiones por la carretera y por los vergeles contiguos. No es muy pródiga de caricias, pero cuando las hace, embelesa la dulzura de su mirada y la satisfacción que se estereotipa en su semblante. ¡Es tan feliz!, reposa con tan profunda confianza en el amor de toda su familia, que ella sabe perfectamente que todos sus deseos son la delicia de sus deudos, y nada más gracioso, más risueño ni conmove­dor que su modo de comer.

Su frágil organismo rechaza casi siempre el nutritivo alimento, y para conseguir que lo tome, se le deja que coma en una pequeña mesita, en la cual le hacen compañía gatos y conejos, y a cada plato que le sirven, se levanta y corre presurosa al comedor, donde está la familia, y como si necesitara su estómago la ambrosia del cariño, se acerca a su padre, que la estrecha contra su pecho; después acaricia a su madre, que le ofrece manjares y besos, y la niña, reanima­da con aquellas demostraciones de ternura, se sienta de nuevo ante su mesita, donde la esperan sus convidados, con los cuales reparte su ra­ción, entre gritos de júbilo, palabras animosas y arrullos de sin igual encanto.

Después se va al jardín, a columpiarse y a correr en todas di­recciones, hasta que llega la hora de mudarse el traje; entonces llama a su madre con ese cariñoso imperio de los niños mimados, y ésta acude presurosa para vestirla con la mayor sencillez, porque como quiere a su hija entrañablemente, no la molesta con lujosas galas que la impi­dan jugar y desarrollarse libremente. A Mercedes no la acostumbran a ser esclava del lujo, por más que su fortuna le permite usar de lo superfluo: el buen sentido de sus pa­dres la rodea únicamente de lo necesario para vivir con comodidad. Al contemplar a Mercedes, involuntariamente recuerdo a Enri­queta: ¡cuánta sombra y cuánta luz. Allá la pobre huerfanita, proscrita dentro de su hogar, contemplando con tristeza los pequeñuelos que la rodean y sonríen dulcemente en los brazos de su madre, mientras ella recibe una caricia por compasión, y para recibirla, tiene que convertir­se en criada de sus hermanos, y dejar sus juegos y sus muñecas para mecer la cuna de aquellos que le han arrebatado una gran parte del ca­riño que a ella sola pertenecía, arrojándola del corazón de su padre pa­ra colocarse ellos, llegando a ser la última en el hogar doméstico, des­pués de haber sido la primera.

¡Qué prólogo tan diferente el de estas dos existencias! ¿Cuál será su epílogo? Yo creo que Enriqueta dejará en blanco la mayor parte de las hojas que habrían de formar el libro de su vida; yo creo que antes de llegar a la adolescencia, se doblegará, como los lirios marchitos, su es­belto talle, y sonriéndose con la suprema ternura con que sonríen los mártires, exhalará su último suspiro; por lo contrario, Mercedes, di­chosa y sonriente, verá tal vez un día a su madre, temblando de emo­ción, acariciar sus rubios cabellos y dejar sobre su blanca frente una co­rona de azahar, murmurando a su oído: ¡Hija mía!...

Ama a tu esposo como yo he amado a tu padre, y vela por tus hijos como yo he velado por tus hermanos y por ti...

¡Dios mío! Si no fuera eterna la vida del espíritu, si yo no supiera que Enriqueta encontrará un día a su madre, disfrutará del amor supe­rior a todos los amores, negaría en absoluto la grandeza de Dios: mi espíritu se subleva ante el martirio de seres inocentes, que sufren sin ha­ber pecado. ¡Oh,sí, sí, hay un mañana. ¿Por qué Mercedes puede dor­mir tranquila en los brazos de su madre, y Enriqueta, que es tan buena y tan pura como ella, sufre el dolor inmenso de la orfandad? ¿Todo acaba aquí? ¿El alma no evoluciona más que en la Tierra? ¿Las nobles aspira­ciones del genio no tienen ante sí horizontes más dilatados? ¡Oh!, sí, y horizontes inmensos...

Por esto Enriqueta, que hoy está triste, sonrei­rá y será dichosa mañana. No hay tempestad que no termine en rayos de sol y auroras esplén­didas; pero mientras arrecia el vendaval del infortunio, ¡ay de los náu­fragos que se pierden en el piélago del dolor! Enriqueta navega en una barquilla que se va a fondo; Mercedes destino recorre las playas de la felicidad. El destino de ambas niñas es aho­ra muy distinto; pero el porvenir de la niña que llora es tan esplendoro­so como el de la niña que ríe, porque la vida es amor, justicia, armonía. Si no suspiráramos por la luz, seríamos hijos de las tinieblas, y na­die procede de la sombra, porque todos hemos recibido el ósculo del amor eterno.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espiritistas"