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La compasión PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Domingo, 29 de Mayo de 2011 15:52

La compasión es el más santo de los amores. Todos los afectos terrenales se parecen a los prestamistas usureros, que sacan a un pobre de un apuro para hundirlo luego en la miseria y en la ruina cobrándole el ciento por ciento de intereses en sus prés­tamos. De igual manera el cariño puramente terrenal, en sus diversas gradaciones, exige la correspondencia a sus demostraciones y sacrificios. Tiene tan imperiosas exigencias el amor, que puede considerarse como un cambio de egoísmos, capaz de acabar con la paciencia hasta de aquellos que, tomando ejemplo de Job, sufren sin murmurar las desconfianzas irritantes de los celos, las reconvenciones intempestivas y violentas y toda esa cohorte de majaderías que empequeñecen y hacen insoportables ciertas afecciones humanas.

Sólo la compasión es la que ama al hombre, sin exigirle recompensa alguna. Ella besa la frente del niño expósito, hijo quizá de una rame­íra y de un asesino; estrecha la mano del anciano mendigo, sin preguntarle qué hizo ayer; aconseja al delincuente, da hospitalidad al peregrino, viste al desnudo y separa a los combatientes; ella hace el bien por el bien mismo, y a veces el hombre compasivo favorece a los suyos ignorando que su humanitario proceder redunda en beneficio de personas íntimamente unidas a él con lazos de parentesco o de cariño.

En prueba de mi aserto, copiaré el suelto de un periódico de estos días: «En el primer paso a nivel de la línea férrea de Córdoba a Bélmez, ocurrió ayer una horrible desgracia. La locomotora de un tren mixto arrolló un carruaje que conducía a don Tomás Conde, a dos señoritas y a un niño, los tres hermanos y pertenecientes a una familia residente en Madrid, arrastrando al vehículo durante algún tiempo. El señor Conde quedó muerto en el acto. Una de las jóvenes, de diecinueve años de edad, quedó con una pierna rota y varias heridas y contusio­nes, en gravísimo estado. Su hermana salió ilesa, pero el niño de nueve años, resultó con la fractura de un muslo, rotas las dos clavículas, y va­rias lesiones. »

Apercibido de la catástrofe el maquinista, dio contravapor y detu­vo el tren, acudiendo en auxilio de aquellos desgraciados la guardia ci­vil y muchos viajeros. »Un detalle espantoso: »En los momentos mismos de ocurrir este suceso triste, y cuando el cuerpo exánime del señor Conde permanecía aún sobre la vía, pasó por su lado, en carruaje, su anciano padre, el señor don Juan Conde, que al notar que había ocurrido algo extraordinario, ordenó a su co­chero que se informase de lo que ocurría. Éste conoció al infortunado hijo de sú amo, al que contestó que, en efecto, la máquina había atropellado a un sujeto, pero que le era desconocido. El desdichado padre envió una manta que llevaba consigo, para tapar los restos inertes de su malogrado hijo.»

El compasivo anciano ignoraba en aquellos momentos que envia­ba su manta de viaje para cubrir el cadáver del ser que quizá amaba más en este mundo. ¡Bendita seas, compasión! ¡Bien hacen en proclamarte el más puro, el más santo de todos los amores! Nunca olvidaré un episodio que me contó un viejo labrador. Reco­rriendo cierta tarde su hacienda, observé que hacía poner algunos pa­nes muy grandes a la entrada de algunos senderos, sobre tres palos cla­vados en el suelo formando triángulo. Me llamó la atención lo que hacía y le pregunté:

-¿Para quién son esos panes?

-Para los que roban por hambre.

-¿Y cree usted que se contentarán los ladrones con ese pan? Mu­cho temo que esa precaución sea inútil.

-Con uno que se contente, me doy por satisfecho. ¿Usted sabe lo que vale un hombre? Un hombre es una mina de oro, y no hay ingeniero que pueda contar con exactitud matemática los filones que encierra. Yo lo sé por mí mismo. Aquí donde usted me ve, que soy el más rico hacendado de esta comarca, cuando muchacho estaba en la mayor mi­seria. Murieron mis padres; mis hermanos tiraron cada uno por su la­do, y yo me quedé sin oficio ni beneficio. Sin saber qué hacer de mi persona, me dediqué a trabajar. Pronto las angustias del hambre me empujaron a toda clase de vicios. Comencé por hurtar aves de corral, frutas, leña, grano, y como en la pendiente del mal, dado el primer pa­so se desciende rápidamente hasta llegar al fondo del abismo, me reuní con otros muchachos de mal vivir, y concertamos un asalto en toda regla a un cortijo, cuyos dueños tenían fama de muy ricos. Por la tarde fui a reconocer el terreno, y vi que el amo, ayudado de algunos mozos de labranza, colocaba panes y jarras de vino en distintos sitios; pregunté lo mismo que usted ahora, y me dijo el amo: «Si alguien me­rece compasión en este mundo, son los malhechores: no todos son perversos ni malos de remate; los primeros pasos en la senda del cri­men, se dan a veces a impulsos del hambre, y si entre los muchos ban­doleros que rondan mi morada, hay algún infeliz que se siente acosado por esa fiera sanguinaria que se llama necesidad, y puede acallar las exi­gencias del hambre, quién sabe si en los instantes que se detiene a sa­ciar su apetito, un buen propósito de enmienda le separará del camino que conduce al patíbulo. ¡Me inspiran tanta compasión los crimina­les!... Trabajan más, mucho más que los hombres honrados, y obtie­nen por galardón grilletes para sus tobillos o una muerte afrentosa. Yo me guardo de los malhechores, no sólo por el mal que puedan hacer­me, sino por la compasión que me inspiran, pues siempre ellos saldrán más perjudicados que yo. Mi muerte sería profundamente sentida, y la suya celebrada con público regocijo.»

Las palabras de aquel hombre me impresionaron de tal modo, que sin poderme contener le dije: «Quisiera hablar a solas con usted». Hizo una seña a los trabajadores, y éstos se alejaron sin perdernos de vista. Entonces le confesé todos mis pecados, y concluí por decirle:

-La compasión que siente usted por los criminales, ¿la quiere ejer­cer conmigo?

Desde aquella tarde formé parte de su numerosa familia, pues aquel hombre trataba a todos sus trabajadores como si fueran deudos o allegados. A él debí el entrar en la buena senda, y su compasión por los débi­les apartó a muchos desdichados del camino del crimen. Él me hizo hombre, me instruyó; una de sus hijas fue más tarde mi esposa y la ma­dre de mis hijos. Poco antes de morir, mi protector me llamó para de­cirme: «Que no te olvides nunca de imitarme; compadece a los que roban por hambre: acuérdate de que la compasión es el amor superior a todos los amores.»

Las palabras del anciano labrador se grabaron en mi mente con ca­racteres indelebles, y desde entonces, estudiando la naturaleza de ese sentimiento que se llama compasión, he podido convencerme de que compadecer es amar, amar con el amor más desinteresado.

¡Compasión! ¡Tú eres la Providencia de los débiles! ¡Tú eres la religión de las almas buenas! Tú, como el sol, difundes benéficos rayos, y con tu calor bendito recobran aliento los caídos. Tú eres la Virgen inmaculada, superior a todas las vírgenes santifi­cadas por los cultos. ¡Bendita! ¡Bendita seas, compasión! Yo te rindo culto con toda la efusión de mi alma, y compadeciendo a todos los que sufren, creo que elevo al cielo mis más fervorosas plegarias.

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro "Cuentos espiritistas"