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¡Dos niños! PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Domingo, 27 de Febrero de 2011 17:55

I

Una tarde, y casi a la misma hora, mi tranquilo gabinete de trabajo fue invadido por dos familias, compuesta la primera de un matrimonio joven y dichoso, con un hijo que cuenta medio año: quizá no me hu­biera fijado tanto en estudiar su dicha, si no hubiese visto junto a ellos a dos mujeres y un niño de cuatro meses, madre, hija y nieto, tres per­sonas distintas y una sola calamidad verdadera, en cuyos semblantes aparecían las huellas de profundas amarguras. La alegría del matrimo­nio feliz y del hijo sonriente realzaba la desgracia del grupo infeliz.

!Siempre el contraste entre la luz y las sombras, la felicidad y el dolor! Hay tantos desheredados y tristes seres en el mundo, que los feli­ces pueden considerarse como rayos de sol iluminando las densas bru­mas de la Humanidad. El marido dichoso, abogado de profesión, díjome con encantadora franqueza:

-Amiga mía: aquí tiene usted a la mujer de mis sueños, Antonieta, a quien, como usted sabe, he amado desde niño; por quien he suspira­do en mi adolescencia y llorado en mi juventud. ¿Recuerda, Amalia, cuando yo venía a contarle mis inquietudes amorosas? Ya todas con­cluyeron; ya me he unido a la mujer adorada; y como si no fuera bas­tante el lazo de nuestro amor, este niño ha venido a echar un doble nu­do en los lazos que nos unen, despertando al mismo tiempo mi afán por el trabajo. !Oh!, sí, ahora quiero trabajar mucho en mi profesión; me voy con mi esposa y mi hijo a Filipinas; no anhelo que seamos ricos, pero sí tener recursos para que mi heredero sea bien educado e instruido, para que sea útil a los demás y a sí mismo. Quiero que sea también un apóstol del librepensamiento, espiritista, y para lograrlo, cuento con un poderoso auxiliar, porque mi Antonieta es una espiri­tista convencida. Los dos pensamos de un mismo modo. Nuestros es­píritus tienen idénticas aspiraciones. Somos dos almas gemelas, y con­fío que nuestro hijo tendrá nuestro mismo carácter y nuestras mismas opiniones. Mire usted sus ojos, se asemejan a los de Antonieta; es cari­ñoso y comunicativo como ella; y yo, con tal que en todo se parezca a la madre, me creeré el hombre más afortunado.

Yo le escuchaba embebecida, mirando alternativamente a él, a su esposa y al tierno infante, y jamás he visto seres más expansivos y ri­sueños, especialmente el niño, que dirigía dulces sonrisas, no sólo a sus padres, sino a cuantos le rodeaban: a todos tendía los bracitos ale­gremente; a todos acariciaba con sus manitas regordetas; a veces mira­ba fijamente algunos retratos, extendía hacia ellos su diestra y balbu­ceaba palabras ininteligibles, como si se diera cuenta de aquello en que ponía sus ojos. Por lo contrario, el otro niño, que estaba en brazos de su abuela, te­nía la cabeza reclinada en el hombro de aquélla, y nada más triste que la expresión de su rostro. Sus ojos grandes y sombríos, desmesurada­mente abiertos, no tenían brillo, y su boca, entreabierta, parecía que iba a exhalar un hondo gemido o alguna maldición. Mirábale el niño feliz y le hablaba en su lengua; acercároslos más y le tendió sus infan­tiles brazos y le besó cariñosamente, pero no halló correspondencia: el desgraciado en miniatura ni levantó la cabeza, ni se sonrió, ni hizo el menor movimiento en señal de alegría; todo le era indiferente.

-Pero, hombre —le decía la abuela—, ¿qué tienes?, ¿por qué no correspondes a las caricias de ese hermoso niño?

-Siempre está triste mi hijo —añadió la madre con acento melancólico—, rara vez se ríe, y lo que me causa más pena es verle de continuo con la cabeza caída: parece un hombre abrumado por los pesares más hondos; tiene una mirada tan triste... tan profundamente triste... que al contemplarle se me llenan los ojos de lágrimas. ¡Pobre hijo mío!

El matrimonio feliz la miró compasivamente, acariciaron al niño, y luego se habló de lo que suele hablarse en sociedad cuando hay pequeñuelos de por medio, que todo se reduce a contar las madres lo que padecieron en el acto del alumbramiento, explicar las gracias de sus hijos y ponderar los afanes y los desvelos que cuestan. Mientras ellas habla­ban, yo miraba a los dos niños y pensaba: He aquí dos seres que aún no han pecado: ¿por qué uno sonríe sa­tisfecho, escudriñándolo todo con la vista, y el otro reclina tristemente su cabecita en el hombro de su abuela, indiferente a todo cuanto le ro­dea? ¡En el uno, todo es vida y movimiento; en el otro, cansancio, has­tío, languidez!...

El uno tiene un padre amoroso, que sólo piensa en trabajar para que su hijo viva feliz; el otro, ni aun lleva el apellido del autor de sus días, pues éste, rehuyendo todo compromiso social, se ha negado en absoluto a reconocer a su hijo, fruto ilícito. Este niño es hijo del miste­rio; no ha venido a alegrar una familia, no ha sido esperado con alboro­zo: su madre ha temblado de angustia al estrecharlo en sus brazos; su abuela le ha bautizado con su llanto, y el pobrecito, nacido entre abro­jos, parece que se siente herido por las punzantes espinas; diríase que ya le abruma el peso de su infortunio y su deshonra.

II

El matrimonio feliz se fue primero, y el hijo enigmático reposó en mi lecho largo rato; como a mí el dolor me atrae, por ser profesora en esa especialidad infortunada, me senté junto al niño melancólico para contemplarlo y preguntarle: ¿Qué has hecho ayer, que tan poco has merecido hoy? El niño me miró sonriéndose y balbuceó muchas palabras, mu­chas, accionando y gesticulando animadamente: su madre me asegu­ró que nunca le había visto tan risueño y expansivo. Yo le hablaba como si el niño pudiera entenderme:

-Mira, si tu padre te ha negado su apellido, es necesario que tú te conquistes otro más ilustre que el nobilísimo de tu padre. Cuando na­da se posee en la Tierra, es cuando el espíritu ha de conquistarlo todo con su inteligencia y virtud.

Como si mis pensamientos llegaran a su alma, el niño me contesta­ba balbuceando palabras intraducibles. ¡Quién sabe lo que él me diría! Lo cierto es que su rostro se animaba y en sus labios se dibujaba dulcí­sima sonrisa. Y yo continuaba diciéndole:

-Sí, hijo mío; acaso tengas una larga historia: todos la tenemos, to­dos. Las primeras líneas del capítulo que has venido a escribir en esta existencia, son bien tristes; nada más amargo que no encontrar, al na­cer, un hogar tranquilo y una familia honrada, no poder llevar el apelli­do de un padre y recibir por bautismo el llanto de una madre abando­nada, arrepentida y desolada. Así has nacido tú, ¡pobre criatura!, vícti­ma de la crueldad de un hombre y de la injusticia social, que hace pesar sobre las víctimas la infamia que debía recaer en el verdugo. Eres amado; pero a nadie has alegrado con tu venida; has entrado en este mundo, huérfano; tú tienes que creártelo todo, nombre, fami­lia y posición. A tu padre no le preocupa ni tu educación ni tu porvenir; tú has de procurártelo todo. Pero el progreso no cierra a nadie sus ca­minos; para él no hay desheredados, y son tanto más gloriosos los fines del hombre que se lo gana todo por sus virtudes y personal trabajo, cuanto más humildes y procelosos fueron sus principios. Quedarse en el polvo en que se ha nacido, no es vivir; salir del lodo y remontar el vuelo, es cumplir nuestra misión humana. En su inteligencia y en su sentimiento tiene el hombre todos los elementos de su dicha: son las alas con que ha de remontarse a los cie­los inmortales de la gloria; son las riquezas de que hablaba Jesús, que ni el orín ni la polilla las consume, ni los ladrones las desentierran y hur­tan. ¡Sé bueno para ser justo; sé sabio para ser grande!

El niño me miraba, y a intervalos me interrumpía con su lenguaje en balbuceos, y yo continuaba con el mayor entusiasmo, como si el inocente niño pudiera comprenderme. Este hijo del misterio es el primer niño que ha reposado en mi le­cho. El ángel de hoy, ¡quién sabe lo que será mañana!... ¡Quizá un ase­sino!... ¡Tal vez un redentor!

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro "Cuentos espiritistas"