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En los dieciocho años que, día por día, hemos ido estudiando los fenómenos del Espiritismo, nos hemos convencido, cien y cien veces, que la comunicación de los espíritus es una verdad innegable. Es la realidad más absoluta sin dejar lugar a la menor duda. Se podrá dudar de la identidad del espíritu que se comunica, pero no de que los espíritus nos hablan y nos cuentan sus impresiones en el espacio y las inquietudes que sufren cuando contemplan nuestra lucha por la existencia, lucha en la cual se da la vida por la vida. Pero aun cuando nuestra convicción es tan profunda, que si todos los espiritistas de este globo declararan que la comunicación de los seres de ultratumba era una alucinación de los sentidos, nosotros diríamos que la comunicación de los espíritus es tan verdadera como la luz del sol que nos alienta.
A pesar de nuestra íntima persuasión, cada vez que una prueba evidente nos manifiesta la vida que se desenvuelve tras de la tumba, sentimos una satisfacción tan inmensa, que nos apresuramos a hacer partícipes de ella a nuestros habituales lectores para llevar a su mente, en la escasa medida de nuestras fuerzas, la convicción que nos hace vivir consolados en medio de las más grandes tribulaciones.
Hace tres días que estando hablando con varios amigos en nuestro gabinete sobre los desengaños que las jóvenes reciben en la edad de las ilusiones, y lo difícil que es que se arraigue la amistad completamente desinteresada entre dos muchachos de distinto sexo, súbitamente brotó en nuestra mente un recuerdo, el de José Álvarez, un amigo de nuestros primeros años que lo conocimos en los jardines del Alcázar de Sevilla del modo más poético que se puede imaginar.
Sin saber por qué, nos llamó la atención aquel recuerdo cuando en el largo período de más de treinta años nunca habíamos pensado en él. A la mañana siguiente nos levantamos con la imaginación muy dispuesta a trabajar, y cuando estábamos concluyendo muy deprisa de arreglar nuestro cuarto, comenzamos a recordar una poesía dedicada a una rosa que nos había dado Álvarez, nuestro amigo de la adolescencia. Al recitar la composición, dimos principio por la segunda estrofa, y con un leve esfuerzo recordamos perfectamente una poesía escrita hace 39 años, de la cual no conservamos, como es natural, ninguna copia, que las flores de la juventud, como todas las flores de la Tierra, cuando se secan sus marchitas hojas se las lleva el viento, y en nuestra azarosa existencia no hemos consagrado al pasado el menor recuerdo.
Hay encarnaciones en las cuales el espíritu parece un marino perdido en alta mar, y en aquel naufragio sólo se piensa vivir por horas. No se permite uno el lujo de entregarse a recuerdos cuando la lucha del presente absorbe todas nuestras facultades, así es que me sorprendió vivamente aquella reminiscencia. Me pareció que en aquellos instantes una mano invisible levantaba una punta del velo que cubre mi pasado, y vi el jardín del Alcázar de Sevilla con todos sus encantos, y entre sus arrayanes me vi joven y risueña acompañada de mi madre y de mis amigos. ¿Habrá muerto Álvarez y querrá comunicarse conmigo? ¿Quizá mi espíritu durante el sueño de mi cuerpo ha querido recorrer los lugares que un día fueron su encanto? Y sin fiarme de mí misma, aproveché la oportunidad de haber venido el médium que me ayuda en mis trabajos y le pregunté al Padre Germán a qué obedecía aquel extemporáneo recuerdo.
"A qué obedece, me preguntas -contestó el espíritu-, pues a la causa más sencilla y más natural. Tu amigo de la juventud dejó la Tierra, tendió su vuelo y después de haberse elevado a gran altura, vuelve hacia ti con el propósito que él mismo te dirá, que cada espíritu tiene su libre albedrío y no seré yo quien me adelante a decirte lo que él piensa, que es justo dejarle a él todo el mérito de su proyecto. Acepta, pues, su comunicación, que es un buen amigo que hoy te encuentras en el espacio." Dominada por melancólicos recuerdos, he dejado pasar algunas horas hasta que, tomando la pluma, he dicho a mi antiguo amigo: "Te espero."
II
"Heme aquí. No me esperabas..., ¿es verdad? ¡Han pasado tantos años para ti!, porque lo que es para mí, no han transcurrido ni dos segundos, ya que se mide el tiempo de muy distinta manera en la Tierra que en el espacio. A los terrenales, por regla general, los instantes os parecen siglos, y a los desencarnados, las épocas que abarcan varios siglos las consideramos como brevísimos momentos. En la vida eterna del espíritu, ¿qué son 39 años? Menos que un átomo perdido en la inmensidad. Pero tú estás en la Tierra y ajustando mis apreciaciones a las tuya te diré: ¡Cuánto tiempo hace que nos conocimos!, ¿te acuerdas?... Era una tarde de primavera en los jardines del Alcázar de Sevilla. Una multitud de mujeres jóvenes y bellas (porque no hay juventud sin belleza) cruzaban en todas direcciones por aquellos encantadores vergeles con sus paredes cubiertas de hojas de naranjo, con sus glorietas cerradas por muros de arrayanes, con sus canastillos de rosas, rosas hermosísimas que atrajeron tus cándidas miradas y que fueron la causa de nuestra amistad, ¿te acuerdas?
Aún te veo con tu vestido de color rosa, con tu velo blanco, con tus rubios cabellos y tu blanca tez. Nunca fuiste hermosa, pero había algo en ti que atraía: era tu alma, que muy superior a tu cuerpo arrojaba sobre éste la magia de su poesía, de su sentimiento. Al verte me impresioné de tal manera que cualquiera hubiera creído que me había enamorado de ti, y no era así en realidad. Ya estaba marcado el derrotero de mi vida, pero tuve el presentimiento de que ibas a ser muy desgraciada y hubiera querido salvarte del abismo. "Sentí amar a otra mujer. Hubiera querido darte mi nombre para decirte: «vive a mi sombra», pero no pudo ser, porque tú no venías a la Tierra para reposar en un lugar humilde separada de los abrojos y de las penalidades. Tenías que luchar con todas las miserias, con todas las humillaciones de la pobreza y de la soledad. Sin yo saberlo, entonces fui el destinado para despertar en tu alma el purísimo sentimiento de la amistad. Yo fui el primer hombre que puso en tus manos una rosa de cien hojas, de embriagador perfume y de bellísimo color.
Tu buena madre me miró sonriendo dulcemente dándome gracias con sus expresivas miradas por mi galantería. "Hablamos mucho tú y yo, y recuerdo que dijiste con encantadora ingenuidad:
"-¡Qué tarde tan hermosa! "
-Es verdad, tenéis razón -te contesté con el mayor entusiasmo-, es una tarde de color de rosa: el cielo, vuestro traje, y la flor que os he ofrecido, todo tiene igual color. La rosa cuya fragancia aspiráis con deleite perderá su embriagador perfume, pero puede conservarlo si vos queréis.
"-¿Cómo? -me preguntaste con inocente asombro. "
-De una manera muy sencilla: dedicando unos versos a esa rosa cuyas hojas por mucho que las guardéis se convertirán en polvo, mientras que vuestro canto resonará eternamente.
"Yo entonces ignoraba que mi espíritu sobreviviría a mi cuerpo, y que 39 años después te recordaría las sencillas frases de tus versos. Cópialos ahora, son la página más pura de la historia de tu actual existencia.
A una rosa
Flor de hermosura ideal, bella y delicada rosa, yo te contemplé orgullosa en un jardín oriental.
Hubo un ser que comprendió que admiraba tu hermosura; temerario te arrancó: en mi mano te dejó, y le miré con ternura.
Otra vez nos encontramos y en memoria de la rosa cariño eterno juramos; de amistad pura y preciosa un santo lazo formamos.
Hoy tus hojas sin color las contemplo y las bendigo; pues me dieron un amigo que es una ignorada flor.
III
"¡Ves cómo se ha cumplido lo que yo te dije en los jardines del Alcázar de Sevilla! La rosa que yo arranqué para ti, la guardaste algún tiempo, después..., cuando me uní a otra mujer te pareció que serías culpable guardando un recuerdo mío y la entregaste a merced del viento. "Tus versos se grabaron en mi memoria, ninguna copia de ellos había en la Tierra, porque yo destruí la que poseía una hora antes de, recibir la bendición nupcial, pero nunca los olvidé. Siempre que te veía se me oprimía el corazón y lamentaba no haber sido libre para haberme unido a ti, y no es porque te amaba, no. Mi esposa, la madre de mis hijos, era la mujer de mis sueños terrenales y tu alma poética y apasionada, tu infortunio, algo misterioso que yo adivinaba en ti, me hacía querer tu espíritu, que triste y solitario, yo presentía que cruzaría la Tierra.
"Lloré con tus primeros desengaños sin que nadie supiera la parte activa que yo tomaba en tus -dolores, y cuando tu destino te llevó lejos de Sevilla me alegré, me hacía sombra la sombra de tu infortunio. "Cuando dejé la Tierra me fui todo lo lejos que mi progreso me. permitió, y en medio de la luz, en medio de la inmensidad, libre y enteramente dichoso, súbitamente me acordé de ti y acto continuo leí la historia de tu actual existencia, sintiendo un placer purísimo al leer la primera página en la cual se encontraba una rosa y una poesía. Desde entonces te sigo en tu penosa peregrinación, y de acuerdo con el elevado espíritu que tú conoces con el nombre humilde del Padre Germán, me he puesto en relación contigo para aconsejarte lo que él ya te indicó hace tiempo: que des comienzo a escribir tus Memorias porque harás un gran bien a las mujeres pobres, entregadas, abandonadas a sus propias fuerzas. Escribe, sin reserva, sin temores, cuenta una por una todas tus decepciones, di lo que sentiste cuando te faltaba la luz en tus ojos y en tu alma, di cómo te levantaste de aquella postración, cómo buscaste la fuente de la verdad para saciar tu sed de infinito. ¿Crees que no será un libro interesante? Sí, lo será. Tu espíritu en esta existencia ha dado un paso gigante: ¿Crees que sólo vale la historia de la matanza universal? (pues no es otra cosa la historia general de los pueblos). No; la historia de los espíritus caídos es de gran enseñanza, y en las páginas que dejes escritas, muchas mujeres llorarán sobre ellas.
"Yo he querido dictarte el prólogo de tus Memorias. ¿Quién con más legitimo derecho? Nadie. Yo fui tu primer amigo, el que te presentó la flor que simboliza la vida de la mujer, breve en su lozanía y siempre rodeado de espinas el tronco de su existencia. "Alégrate aunque ya no seas la niña de blanca tez y de cabellos de oro, de mirada ingenua y alegre sonrisa. Ya no te engalanas con trajes de color rosa y blancos velos. Pasó para no volver la juventud de tu cuerpo, pero no ha pasado ni pasará nunca la eterna juventud de tu alma. Ésta cada día irá adquiriendo nuevas perfecciones, en cada existencia alcanzará nuevos triunfos, los palacios de la ciencia se abrirán ante ti, y en ellos penetrarás con regocijo. "En los asilos benéficos te esperarán los niños, y cuando te retrases se dirán unos a otros: ¿Por qué no habrá venido aquella señora tan buena?...
Esta regeneración del espíritu no es obra de un año ni de cientos, se necesitan muchas encarnaciones de lucha y de sufrimiento para refrenar las pasiones y hacer el bien sin esperar recompensa; para perdonar todos los agravios y abstenerse de inferir ofensas, el trabajo del perfeccionamiento del espíritu es muy lento, amiga mía, pero no por su lentitud pierde un átomo de su grandísima importancia. "¿Ves cómo las verdaderas amistades ni la muerte las rompe? ¿No es verdad que te sorprendió agradablemente recordar la poesía que tan borrada la tenías de tu imaginación? ¿Qué es, pues, el tiempo transcurrido? ¿De qué manera ha influido en nuestros espíritus? Tú me has recordado (sin saber por qué), con dulce melancolía, diciendo con inmensa satisfacción: Nuestro afecto fue tan puro como el perfume de aquella rosa.
Yo, por mi parte, recuerdo, mejor dicho, veo aquellos días de juventud del cuerpo, llenos de ilusiones y de halagüeñas esperanzas, aquellas ilusiones y aquellas esperanzas tenemos la eternidad para realizarlas, ¿por qué, pues, lamentas unos cuantos años de angustia, si éstos te han servido para engrandecer las aspiraciones de tu alma, que es la que ha de vivir eternamente? "Tú que siempre te lamentas de tu soledad, tú que dices con amargura que no- quieres profundizar en ningún afecto, para que el cieno no aparezca en la superficie, cuando menos lo pensabas has vuelto a encontrar un amigo que tuviste en la Tierra, que hoy se asocia a tus trabajos para ayudarte a escribir tus Memorias. Créeme, amiga mía: será un trabajo útil para ti y provechoso para las mujeres pobres y abandonadas a sus propias fuerzas. Por hoy te dejo, necesitas reposo. Tu primer amigo, Álvarez."
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Memoria De Una Mujer"
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