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Soy un Espíritu muy viejo y muy experimentado, he tenido ocasión de sentir los más crueles remordimientos y las más dulces satisfacciones. Recuerdo una existencia que tuve de caudillo, de general en jefe, teniendo a mis órdenes a los hombres más valientes y más aguerridos. Una palabra mía los hacía morir en medio de un mar de fuego; yo era un dios para ellos, disponía a mi antojo de sus vidas. Si los dioses habitasen en la Tierra, yo podría decir que fui un dios temido y adorado. Gané muchas batallas, engrandecí a mi patria, le di muchos días de gloria, y dejé la Tierra en el campo de batalla, después de haber ganado y haber vencido al ejército enemigo. Lo que no pudo conseguir el fuego de mis contrarios, lo consiguió una serpiente que se enroscó a mi cuello, mientras yo dormía sobre mis triunfos en mi tienda de campaña.
Mi muerte produjo una consternación general; mi tumba fue un plantel de laureles en flor, no era odiado, era temido; no me ensañé con el vencido, y sin embargo a pesar de no haber sido cruel, mi entrada en el espacio fue muy triste, muy desconsoladora para mí. Me encontré en una llanura inmensa; un cielo gris, sin celajes ni reflejos luminosos, caía como una plancha de plomo sobre mi cabeza. En aquella llanura no brotaba una flor, ni el más pequeño arbusto balanceaba sus ramas; sólo a largos trechos, se entreabría la tierra, formando hondos surcos, en los cuales el fuego del incendio había dejado sus negruzcas huellas y una voz lejana me decía, muy quedo: "¡Recréate en tu obra!" Seguí andando, y anduve mucho, mucho, y siempre veía lo mismo, las ruinas de los pueblos incendiados; al fin, me detuve avergonzado de mí mismo; no tenía una buena obra que recordar. De pronto, apareció la figura de un niño; el niño me abrazó; era un pequeñuelo que representaría tres años, yo le miré, queriéndole reconocer, pero me encontraba tan perturbado, que pronto me di por vencido, y le dije: -¿Quién eres? Te he visto no sé donde; sácame de dudas. -El niño apoyó su diestra en mi frente y me dijo: -Mira, miré, y me vi montando en un soberbio alazán; mi caballo corría saltando zanjas y horrendos precipicios, a impulsos de mi voluntad, mis espuelas oprimían sus ijares y mi caballo volaba como si hubiese hecho una apuesta con las águilas, que en la inmensa altura se remontaban para hacer sus nidos en los picachos de las montañas donde la planta humana aún no había llegado.
Con mi veloz carrera, llegué al punto que deseaba, ante una gran ciudad que ardía por sus cuatro costados; mis guerreros cumplían mis terminantes órdenes. Mi voz de trueno se unió a la infernal gritería de los vencidos y los vencedores. Siguió el incendio destruyendo maravillosos templos paganos, donde el arte había hecho de la dura piedra delicadísimos encajes, y había dado vida a las figuras mitológicas. Bajé de mi caballo y sin idea fija, me dirigí a la ventura por los alrededores de la ciudad incendiada, reparé en una choza que comenzaba a arder, me acerqué y dentro de ella vi a un niño mudo por el espanto. El pobrecito, al verme, me tendió los brazos, yo le estreché contra mi corazón y salí huyendo con mi preciosa carga, avergonzado de mi generosidad. ¡El guerrero invencible con un niño en brazos! Mi gente, matando sin piedad a los vencidos y yo corriendo a campo atraviesa, con aquel inocente, sin saber donde dejarlo a salvo... ¡Corrí mucho, mucho! Hasta llegar a una casa de campo. Allí me detuve, y pedí hospitalidad para mi compañero.
Una mujer le tomó en sus brazos, diciéndome: -¡Pero este niño está muerto! -Y efectivamente, ¡El niño había muerto en mis brazos! Y yo que nunca había derramado una lágrima, al ver el cadáver de aquel inocente, bañé su rostro con mi llanto, y acompañado de aquella buena mujer y de otros campesinos, no me separé de él hasta que le di sepultura. Más tarde, mis tropas me llevaron en triunfo, crucé largo trecho bajo un bosque de laureles en flor; mujeres hermosas alfombraban mi camino con perfumadas flores, pero mi pensamiento estaba fijo en aquel niño que murió de espanto, y que ignorando que yo fuese verdugo, me tendió sus brazos, diciéndome con un mudo ademán: -¡Sálvame de la muerte! -comprendí que el niño que encontré en mi soledad, era aquel que murió en mis brazos y por si alguna duda me quedaba, él me dijo: "Soy el único ser que guarda de ti un recuerdo de gratitud; en tu última existencia muchas madres te maldicen, tu patria te debe unos cuantos palmos de terreno, pero ese pedazo de tierra, ha sido regado con lágrimas y sangre.
Todo tu sentimiento, todo tu amor, lo recogí yo en breve tiempo; yo seré el único rayo de luz que iluminará la noche de tu vida. Ven conmigo, y el niño se convirtió en una hermosa figura. Me sentí desfallecido y un sueño dulcísimo y reparador me hizo olvidar mi triste entrada en el espacio". Muchas veces he vuelto a la Tierra en posición muy humilde; no he hecho proezas, pero no he hecho mal a nadie, he vivido ignorado y he muerto en paz, en santa paz, y he hallado muchos seres amigos que me aguardaban con los brazos abiertos, sin faltar el niño que bajo esa figura se me presenta siempre, siendo el guía amorosísimo de mi vida. No lo dudes, Amalia; el hombre más grande es el que hace menos víctimas y el que más se sacrifica por la humanidad. Adiós. Somos de la misma opinión del Espíritu. El hombre más grande creemos que es aquél que hace de su hogar un pequeño oasis, un pequeño estado, donde no hay un tirano que martirice ni esclavos sumisos al mando de su señor, y entre los suyos ensaya el gobierno de un pueblo donde reine el amor y la ciencia y sea un hecho el divino lema: "Uno para todos y todos para uno".
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "La luz que nos guía"
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