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Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Sábado, 05 de Febrero de 2011 18:12

I

Dicen que la mayor parte de los poetas y de los escritores, somos médiums inspirados, y es una gran verdad; ¡cuántas veces sentimos una profunda impresión y no podemos ex­presar lo que experimentamos! En esos momentos, sin duda alguna, se hallan lejos de nosotros nuestros espíritus protectores, y nuestra sola inteligencia no es bastante hábil para definir lo que siente; pero la contrariedad es nuestro constante punto de partida; cuando nos encontramos abru­mados de ideas sin poder formar un pensamiento, entonces nos obstinamos en querer decir algo. Hoy me encuentro yo en una de esas enojosas situaciones: en mi mente surgen y germinan mil y mil ideas, pero al intentar revestirlas de frases pura presentarlas, mi imaginación se asemeja a la torre de Babel.

El epígrafe de este artículo corresponde perfectamente al estado de mi ánimo, y es una situación extraña en mi ser, porque siempre me doy cuenta de lo que siento. Tal vez la variada lectura de uno de esos libros que pululan al principio de año, conocidos con el nombre de Almanaques, me habrá producido tal confusión. Los pequeños volúmenes enciclopédicos son una fotografía de nuestra sociedad, una galería contemporánea donde se encuentran multitud de tipos, que muchos de ellos imprimen un carácter especial a nuestra época, si es que nuestra época puede tomar un color determinado, que realmente lo tiene; porque no lo ha tenido ningún periodo de transi­ción, y el siglo XIX es un sepulcro y una cuna. Está lla­mado a ser el siglo de las hecatombes sociales; en él tendrá lugar la más grandiosa epopeya, se verificarán las exequias del fanatismo, y el túmulo del pasado se convertirá en fuente cristalina donde se bautizará el presente, que en brazos de la civilización recibirá del adelanto el hermoso nombre del progreso. Y falta hace, verdaderamente, que la luz irradie en este planeta; porque da pena ver a machos hombres de no­table ingenio, que luchan con la razón libre y su fe ciega, y que por las conveniencias sociales ocultan otros su íntima opinión y aparecen ante el mundo con el antifaz que éste les quiere poner.

Otros se dejan magnetizar completamente y a pesar de tener genio y lucidez, se embriagan con el fanatismo y se encierran en su estrecho círculo. Estas observaciones me las inspira un epitafio, de uno de nuestros mejores poetas, que ha escrito en la tumba de su madre, y dice así:

¡Te haré compañía que aun quedas conmigo;
pues yo, madre mía, he muerto contigo!
¡La cruz silenciosa nos llena de calma;
aun más que esta losa te cubre mi alma!
Aquí nos espera la mano de Dios;
tú dentro y yo fuera...,
durmamos los dos...
¡Qué idea tan pequeña de la vida tiene el cantor de esta.
Aquí nos espera la mano de Dios;
tú dentro y yo fuera durmamos los dos...!
¡Dormir!...
¡Dejar de ser.., descanso eterno, inacción absoluta…!

Los católicos romanos son materialistas en su esencia que niegan a Dios, si, lo niegan, son apostatas, y yo prefiero la franqueza de los ateos, porque se presentan :sin antifaz ninguno, sin temor al que dirán; es la escuela que más, respeto, la materialista, después de la doctrina es espiritista , y acato, no sus ideas, pero si su enérgico proceder y la grandeza y la libertad de su pensamiento. Además, yo no concibo más que dos imágenes lógicas respecto a la creación, o la casualidad o la suprema justicia en la eterna igualdad, por eso me inspiran repulsión todas las religiones positivas, porque, pintan a un Dios inconcebible. Así se dice vulgarmente: -Todos los hombres de talento se vuelven locos, y o niegan a Dios o le quieren sin tem­plos ni altares.

Naturalmente, que analizando lo que es la vida, hay que optar entre la nada, y el todo, entre la luz y la sombra, por que son inadmisibles los crepúsculos. Yo me admiro y me asombro al ver que durante tantos siglos se han sucedido las se han generaciones, admitiendo al Dios del sacrificio y del exterminio, especie de monstruo titánico, de peor condición que los hombres; porque estos suelen ser mucho mas misericordiosos con hijos que lo es el Dios de Moisés. Después lo humanizaron, y dijeron; que Dios perdonaba con solo que tuviéramos un minuto de verdadero arrepentimiento a la hora de morir. H e aquí una religión muy cómoda, porque podemos satisfacer todos nuestros malos deseos y luego con una plegaria al finalizar esta vida, nos vamos a reunir con aquellos que, durante su existencia, se sacrificaron en bien de la humanidad.

No son los estrechos límites dé un periódico lugar apro­pósito para hacer un examen detenido de todas y cada una de las aberraciones religiosas que han empequeñecido el orden social de este planeta, cuyos habitantes no co­nocen a Dios, sino a su parodia; porque todas las reli­giones sin exceptuar ninguna, han naufragado en el piélago del error.

II

¡Cuántas veces contemplo con lástima y sentimiento a muchos hombres que dicen:-Yo sería espiritista, si viera un fenómeno, si; los muebles se movieran solos o se me presentara en la mitad del día mi padre a mi madre..., nada, nada, efectos físicos, pruebas tangibles, las teorías no son más que palabras bonitas, frases huecas y retumbantes! ¡Pobres ciegos! ¡Se contentan con beber una gota de agua, cuando tienen a su alcance el Océano! Qué valen los ruidos inusitados, ni los objetos en mo­vimiento, ante la maravillosa fábrica de la creación? Muy atrasados deben estar nuestros esperitus cuando no adivinamos, cuando no vemos las repetidas ediciones que ha hecho Dios de su gigantesca obra, cuyos capítulos son los soles, siendo la tierra un pequeño párrafo en esa historia universal. Y sin embargo, está tan a la vista el efecto y la causa, que es necesario ser sordos y ciegos para no comprender la verdad.

La diferencia de fortuna de unos, la desigualdad de con­diciones morales en otros, el vicio ensalzado, la virtud ol­vidada, la belleza de éstos, la deformidad de aquéllos, ¿no manifiestan claramente que un Dios tan justo y tan inmen­samente bueno, no podía crearlos sin darles un más allá...? Dicen muchos que eso constituye la armonía universal, no; la armonía no la pueden producir para Dios las quejas de unos y la risa de otros, el crimen de éste y la bondad de aquél; eso es imposible. Cuando nosotros, miserables átomos, visitamos un hospital y de dicho local pasamos a un palacio de mármol y de jaspe, ¿ nos agrada?, ¿nos recrea?, ¿nos satisface aquella violenta transición?, no; sentimos frío en el alma, y falta tierra a nuestros pies, porque el desequilibrio social hace oscilar la superficie del mundo. Pues si esto sentimos nosotros, que somos exclusivistas y egoístas en grado máximo, ¿qué deberá sentir, Dios, que es la personificación del amor infinito? Semejantes deístas, repito que son materialistas disfraza­dos; estos últimos siquiera definen la inarmonía universal, que no viendo más que este círculo, es casi inadmisible; aunque el edificio de su razón vacila en su base, como el de las religiones positivas; para los materialistas no hay más que fuerza y materia, la electricidad es su alma; hablan mucho, pero... razonan poco y tienen muchas veces que enmudecer, como le ha sucedido ahora a un doctor materia­lista, que sostenía casi diariamente una acalorada polémica con un poeta deísta, el cual le hizo la siguiente pregunta en este bien acabado soneto:

Yo tengo un perro; si mi humor es triste,
llega y me halaga y a mis pies se tiende,
mas brinca y juega y mi alegría entiende si gozosa expresión mi faz reviste.

Como nocturno centinela asiste en mi tranquilo hogar, y lo defiende,
y si de alguno el ademán me ofende ládrale ronco y con furor le embiste.
En diferente voz me advierte o llama, y si es preciso,
por mi bien se inmola este perro, este amigo que me ama.

Doctor, os hago una pregunta sola:
Si espíritu no tiene que le inflama, ¿me quiere con el lomo o con la cola?

El materialista le prometió contestarle por medio de un folleto, pero ha transcurrido algún tiempo y sin embargo, aún no ha contestado. Plegue a Dios que su silencio sea motivado porque en su estudio profundo haya encontrado un algo que le haga enmudecer; una causa pequeña, al parecer, da inmensos resultados. En las insignificantes ranas descubrió Galvany la electri­cidad; un poco de agua hirviendo dio el quien vive al vapor, una simple fruta fijó la ley de gravedad, una lámpara la rotación de la tierra; ¿quién sabe si una epigramática pre­gunta nos hará adquirir un nuevo hermano y con él obten­dremos una piedra angular?

Porque los sabios son los cedros seculares que prestan su sombra a la ignorante hu­manidad, y generalmente los materialistas, que no tienen más Dios que su ciencia, son poderosos elementos que pue­den contribuir al bien general. Nuestro lema es «hacia Dios por la ciencia y la claridad», pues ,bien; que nos den ellos su ciencia y nosotros les dare­mos la realidad de la vida, Dios en la razón, Dios en la jus­ticia, Dios en la igualdad, que eleva la materia y la hace instrumento de acción para el espíritu, que la enlaza con él, y vive eternamente más o menos condenada, más o me­nos fluídica, disgregada en átomos y unida en mundos, pero siendo siempre. Los materialistas y los falsos deístas se me figuran cadá­veres galvanizados: muchos Lazaros duermen en sus tumbas; imitemos a Jesús llamando a sus sepulcros y haciéndolos levantar; caminemos unidos, unifiquemos diferentes frac­ciones de las ideas, y dejemos puesta la primera piedra del amor universal.

1875

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Ramos de Violetas"