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Las casitas blancas PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Jueves, 06 de Enero de 2011 16:12

La felicidad, esa hada misteriosa que siempre va delante del hom­bre con el brazo extendido señalando un punto al que nunca llega el mísero mortal, esa figura encantadora y tentadora no la he visto vagar por los salones de los regios alcázares; por esto no me seducen esas moles de mármol, esas moradas suntuosas, cuyos moradores, o viven hastiados de goces, o recelosos de una traición; y más que mansiones de vivos, me parecen soberbios mausoleos donde se disgregan lenta­mente las vanidades mundanas. ¡Cuántos crímenes se han cometido en los palacios!... ¡Cuántos se­res han nacido bajo doseles de púrpura, y, por el abandono de sus pa­dres, fruto del vicio y de amores clandestinos, han ido a morir en los hospicios, en las cárceles o en el caldaso!

Los palacios y los manicomios me hacen el mismo efecto: unos y otros son semilleros de espíritus en turbación. En cambio, cuando veo un pueblecito de la costa, con sus casitas blancas, en cuyas puertas aparecen niños jugueteando, y más adentro mujeres haciendo encajes o arreglando redes, me detengo conmovida y contemplo con delicia aquel cuadro de la inocencia y del trabajo. Allí no se ven rostros sombríos, ni ha podido penetrar la tisis del hastío, cumpliéndose el divino mandato de «ganarás el pan con el su­dor de tu frente».

En mi último viaje a Badalona, donde abundan las casitas blancas y las calles solitarias y alegres, detúveme algunos momentos a la entrada de una calle, pensando en que aquellas viviendas debían contener, co­mo los nidos, avecillas de la dulce paz. ¡Cuán dichosos, murmuré, los que pueden terminar su existencia en este lugar de reposo! Cuando me encuentro en uno de esos parajes tranquilos, recuerdo las grandes ciudades con horror. Me asusta la lucha incesante de la vi­da, la inquietud sobre el día de mañana, el recuerdo de las ingratitudes, el presentimiento de los desengaños, la zozobra que acompaña a todas las empresas, la incertidumbre, el temor y la duda, que son los mayo­res enemigos de la paz del alma. ¿Y eso es vivir?, pienso con espanto. No; es torturar la imaginación; es exprimir la inteligencia y dejarla sin jugo; es convertirse el hombre en verdugo de sí mismo; es suicidarse lentamente.

Para vivir, se necesita quietud, tener ilusiones de color de rosa, ser optimista y escribir con flores y caracteres de oro las hojas del presente que dejó blancas el pasado. Mas, ¡ay!, ¿quién tiene en blanco las hojas del pasado? Quizá nadie en la Tierra, que no se necesita cometer grandes crímenes para tener crueles remordimientos. ¡Se hace daño con tanta facilidad! ¡Se piensa mal con tanta frecuen­cia! ¡Se falta de tantos modos!..., que la mayoría de los humanos no te­nemos derecho a ser felices. En las casitas blancas, nidos risueños y tranquilos oasis, no pueden entrar los agitadores de otras épocas y los descontentos del presente. No pueden disfrutar dulce reposo los que promovieron desórdenes, ni pueden sonreír los que hicieron derramar mares de llanto.

Si por el presente se ha de juzgar del pasado, el mío debe haber sido muy borrascoso, y nunca se ama tanto la dulce calma, como cuando un abismo insalvable nos separa de ella. Por eso yo, errante peregrino, sin hogar ni patria, me detengo me­lancólicamente impresionada en esos pueblecito cuyas casitas de nie­ve contemplo con delicia, murmurando: Dichosos los moradores de esos nidos, donde sin recuerdos tristes ni presentimientos sombríos ven acercarse el día de su muerte, seguros de que una mano piadosa cerrará sus ojos y arrojará flores sobre su tumba. En cuanto a mí, ex­tranjera en esa tierra de la tranquilidad, ¡nadie me conoce!... nadie me dirá: «Ven a reposar de tus fatigas en mi hogar.

» Miro a los niños con ternura, pero éstos no me acarician; antes, temerosos, se acercan al re­gazo de sus madres: aquí soy planta exótica que nunca tendré raíces. ¡Adiós, casitas blancas! ¡Nidos de amor! ¡Oasis en el desierto de la vida! ¡Guardad bajo vuestro techo humilde a aquellos que son merece­dores de sonreír en paz! Yo me vuelvo a m¡ fatigosa lucha, pero antes quiero reposar un momento a la orilla del mar, contemplando el espejo del infinito, evocando mis recuerdos gratos y pensando en los seres que me aman... Mas, ¡ay!, ¿quiénes son?...

Y me senté en la playa, buscando en mi pensamiento el oasis del cariño. Permanecí algunos instantes meditabunda y evocando después al espíritu que me guía en mis trabajos, escribí lo siguiente:

«Amado espíritu, deja que te consagre un recuerdo aquí, donde vi­ne a escuchar el murmullo de las olas.

»Hoy he pasado por el lugar apacible donde oí tu voz querida. ¡Có­mo aumentó sus latidos ni¡ corazón! ¡Cuántos dulces recuerdos se agi­taron en mi pensamiento! ¡Qué sensación tan pura estremeció todo mi ser!

»¡Padre Germán! ¡Espíritu de amor! ¡Adalid del progreso! ¡Obrero infatigable! ¡Cuánto te he debido!... ¡Cuánto te debo... y cuánto te de­beré en el porvenir!

» ¡Con qué constancia, con qué amorosa solicitud me envías tu benéfico fluido, y con él raudales de inspiración! ¡Cuánto has engrande­cido mi pensamiento! ¡Cuánto has iluminado mi conciencia! ¡Qué par te tan activa has tomado en mi regeneración! ¡Cuánto te amo! Por ti he vislumbrado el infinito y presentido esa vida de grandes sensaciones, cuyas horas han de deslizarse en las suavidades puras de la paz y en las inefables felicidades del amor.

»¡Por ti siento yo en mi mente algo grande, algo sublime! Por ti mi alma se redime de su amarga esclavitud, abrigando el sentimiento de una compasión profunda, mientras que mi ser se inunda de entusiasta gratitud.

»Por ti en la Naturaleza hallo más vida y encanto; por ti se enjuga mi llanto, pues me enseñaste a esperar; y al calor de esa esperanza que me brinda sus consuelos, supe presentir los cielos en las orillas del mar.

»Espíritu, que en mi vida de lágrimas y dolores has derramado las flores de tu hermosa inspiración, acepta de mi cariño un recuerdo puro y santo: tanto yo te debo... tanto... que has sido mi redención.

»No me dejes: con tu ayuda seré un sabio entre los sabios, y vengaré los agravios de los siervos del dolor; para el náufrago indeciso seré puerto de bonanza, difundiendo la esperanza entre raudales de amor.

»Presiento una nueva vida y adivino el infinito, y en las olas veo escrito lo que no puedo expresar; mi espíritu se agiganta, se engrandece y toma vuelo, y encuentra en la Tierra un cielo en las orillas del mar.

»Soy hoja seca, perdida en la arena del desierto: para mí, todo está muerto; ¡pero tengo inmensa fe! Creo en la supervivencia del alma que hoy triste llora; creo que hay siempre una aurora detrás de cada ¿por qué?

»¡Padre Germán!, tú que siempre en mis trabajos me guías, que sabes mis agonías y mi continua aflicción, no me dejes en la lucha sola con mi pensamiento: ¡Inspírame! ¡Sé el sustento de mi pobre corazón!»

Mientras estuve escribiendo estos versos, me sentía casi feliz: me parecía que mi frente era acariciada por un soplo suave, y que murmu­raban en mi oído palabras de amor. Los instantes transcurrieron veloces; las horas pasaron rápidas, y tuve que abandonar aquel paraje delicioso de ensueño y de ilusión. A las almas que han luchado con la adversidad, les es grato reposar algunos instantes en un lugar de dulce calma; y como siempre se desea lo que no se puede poseer, veo en mis sueños una casita blanca como un copo de nieve, en la cual se va extinguiendo mi existencia como se extingue la luz al declinar el día.

Acaso sean los sueños las realidades del porvenir. ¡Quién sabe! Quizá cuando vuelva a la Tierra sonreiré gozosa en una de esas casitas que tantos atractivos tienen actualmente para mí. ¿He vivido alguna vez en ellas? ¿Viviré mañana? Todos los deseos se satisfacen con el transcurso de los siglos. La verdadera ciencia de la vida se encierra en dos palabras: confiar y esperar.

Confiemos en la justicia y esperemos en el progreso de nuestro es­píritu.

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro "Cuentos espiritistas"