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I
En un artículo dije que conocía a una pareja joven unida en matrimonio hacía algunos meses, que suspiraban por tener un hijo. Dije también que Elisa, al comprender que un nuevo ser se agitaba en sus entrañas, fue completamente dichosa, y que su dicha se veía aumentada con la delirante alegría de su esposo. Efectivamente, la alegría de Antonio era inmensa; compraba juguetes y chucherías para recibir con regalos al primogénito esperado con tanta ansia. Llegó el feliz momento, y Elisa dio a luz a un niño, al que pusieron por nombre Adolfo. Creció el niño entre las caricias de sus padres, que muchas veces le formaban una cuna con sus brazos, y en ella le mecían, cubriéndole de besos. Adolfo correspondía a tan amorosas demostraciones con sus infantiles caricias, y a los diez meses andaba ya solo y salía a recibir a su padre cuando éste volvía de la oficina: era la verdadera alegría de la casa.
-¿Querrás creer, Amalia -me decía algunas veces Antonio-, que cuando el niño duerme me parece mi hogar completamente vacío? Mucho quiero a mi esposa, porque me comprende y endulza con su ternura y discreción las amarguras de mi vida; pero mi hijo... mi hijo es mi sol, ¡mi todo! ¡Parece mentira que un ser tan pequeño llene tanto! ¡Tú no sabes, Amalia, lo que se quiere a los hijos!
Yo le escuchaba con el mayor placer: como desgraciadamente escasea tanto el verdadero amor, cuando éste se manifiesta con tanta sencillez y tanta verdad, conmueve profundamente. Me extasía el cuadro de una familia dichosa por el amor, más hermoso que todos los cuadros de la Sacra Familia que se veneran en los altares de las iglesias romanas. Pero la felicidad se asemeja a una nube de humo, que se disipa apenas se forma. Antonio y Elisa comenzaron a sufrir los embates del infortunio. Él se quedó sin empleo, y como en las casas de los pobres los ahorros son tan escasos, pronto se agotaron los recursos que guarda la mujer económica para sufragar los gastos de una enfermedad, de un alumbramiento o de una necesidad imprevista, y comenzó para el matrimonio la interminable calle de la Amargura de los que carecen de lo más necesario para vivir.
Antonio es de un carácter vehementísimo, amante del trabajo hasta sacrificar la salud por exceso de actividad; y al ver que todos sus esfuerzos eran inútiles para encontrar una colocación decorosa, la desesperación se apoderó de su alma. Miraba a su hijo y murmuraba con inexplicable sentimiento: «¡Pobre hijo mío! ¡Cuán pronto comienzan para ti los sufrimientos! ¡La miseria te rodea y el hambre agita sus siniestras alas en torno de tu cuna!» Una mañana salió Elisa en busca de labor; Antonio se quedó en casa con su madre y su hijo, este último entretenido sacando ropa de un cesto, mientras su padre y su abuela entablaban un desagradable altercado: tan cierto es que «donde no hay harina todo es mohína». Antonio se sentía contrariado en grado máximo, y como la madre, aunque muy buena mujer, no comprende cuándo habla a tiempo o fuera de tiempo, acabó por exasperarle con sus lamentaciones y reconvenciones. Abrumado por tanta pesadumbre, por la miseria y en el colmo de la desesperación, fuese a su despacho, y según él mismo me refirió, dirigiese al balcón con el ánimo de estrellarse contra el pavimento de la calle.
-¡Qué diablos! -se decía-, ¿a qué apurarse tanto, cuando tengo aquí el remedio? No estoy solo en la Tierra, es cierto, me rodea una familia buena y cariñosa, pero mi madre me acrimina, ¡pobre mujer!, porque no tengo acierto en mis pretensiones. Elisa, ¡infeliz!, la he unido a mi destino para hacerla inmensamente desgraciada; si yo me mato, queda libre; es buena, muy buena, virtuosa, sufrida, tolerante, puede hacer a un hombre feliz y encontrará quien la haga más dichosa que yo; mi hijo... mi hijo es tan pequeño, que no me recordará, y como le quedan su madre y su abuela, ellas le amarán tanto, que no necesitará de mi cariño. Si me tiro por el balcón, todos ganaremos. He agotado todos los recursos, he llamado a todas las puertas, y nadie me ha contestado. ¡Ah!, a todas, no: aún me resta llamar a las puertas del cielo; aún me resta pedirle a Dios consejo..., si es que Dios existe y oye la voz de los míseros mortales: ¡Señor! ¿Qué me dices? ¿Qué debo hacer? Contéstame, que bien necesita contestación el hombre que ya no sabe qué hacer más que morir.
Cuando Antonio me contó este episodio de su vida, sus ojos brillaban con vívidos resplandores y su voz, profundamente conmovida, me hizo sentir lo que nunca había sentido. Guardó silencio algunos momentos, como si necesitara recobrar fuerzas, y luego continuó su relato en estos términos:
-Cuando llamé a las puertas del cielo y pedí a Dios consejo, me crucé de brazos y esperé. ¿Convencido de que alguien me contestaría? No, no esperaba nada milagroso; tú conoces mis ideas; llamé a Dios porque sí, acaso por una instintiva resistencia que opone la Naturaleza humana a la pérdida de la vida. En aquel instante sentí como rumor de alas rozando el suelo y acercándose. Volví la cabeza y vi a mi hijo que corría hacia mí, exclamando:
-¡Papá!... ¿Qué haces?...
Se abrazó a mis rodillas mirándome con una de esas miradas que iluminan todas las sombras del infortunio y penetran en lo más íntimo del alma. Me bajé, le cogí en mis brazos, y le estreché contra mi pecho. Dios me había respondido por la boca de un ángel: estaba salvado. ¡Si mi hijo hubiera podido comprender que pensaba dejarle huérfano!... Reniego de mi desesperación y de mi cobardía. A mi hijo debía la vida. Volví a estrecharle contra mi corazón, y poniendo después mi diestra sobre su rubia cabellera, juré seguir luchando con la suerte sin desmayos y sin desesperaciones. Catorce meses contaba entonces mi Adolfo. Cuando llegue a ser hombre y comprenda lo que son las amarguras de la vida, le diré: «Hijo mío, los ángeles existen; yo escuché la voz de uno en un momento supremo: te he debido la vida. ¡Bendito sea Dios, y bendito seas tú!» ¡Ay, Amalia! Parece increíble que aquel muñeco, una criatura tan débil, haya podido cambiar de tal manera el rumbo de mi existencia. Ayer quería morir: hoy quiero luchar, luchar sin tregua; y cuando el cansancio me rinde, cuando la fatiga me agobia, cuando las decepciones y las ingratitudes me abruman, siento repercutir en mis oídos y en mi corazón la voz de mi hijo, preguntándome: «¡Papá! ¿Qué haces?», y olvido instantáneamente mis tribulaciones, y le llamo anhelante para depositar besos en su frente, en los cuales va envuelto mi juramento renovado de vivir y trabajar. ¡Qué bien tan grande le he debido a mi hijo! ¡Él ha sido para mí el mensajero de Dios!
II
Se fue Antonio, y su interesante relato quedó grabado en mi memoria con caracteres indelebles. ¡Qué presentimientos tiene a veces el espíritu! Antonio, más que otros hombres, había sentido fervientes anhelos de tener un hijo. ¡Quién sabe si, sin darse cuenta, reclamaba a Dios la tabla salvadora a la cual había de asirse en el momento más terrible del naufragio! Siempre que miro al inocente Adolfo, tan pequeñito, con su carita triste y sus rubios cabellos, le estrecho entre mis brazos y reflexiono sobre la misión que le ha traído a la Tierra. ¡Aún no cuenta dos años y su dulcísima voz ha servido para salvar la vida de un hombre, de un hombre que le esperaba, que le veía en sus sueños, que le preparaba juguetes, que le amaba, antes de conocerle, con todo su corazón! ¡,Qué historia será la vuestra? ¿Qué relación habrá entre vuestros espíritus? ¡Quién sabe! Desde luego, ambos os habéis dado mutuamente la vida. El padre llamó al hijo como por presentimiento; el hijo llamó al padre, y su voz le salvó del suicidio. ¡Bendita sea la voz de los ángeles de la Tierra, mensajeros de la misericordia divina!
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espiritistas"
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