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Amor del alma PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Sábado, 13 de Noviembre de 2010 18:36

Quisiera tener la elocuencia de Cicerón o la fecunda inspiración de Safo, para que este artículo correspondiese al título que lleva; quisiera que mis frases fuesen un conjunto armónico, dulce y poético, que transformándose en bellísimas flores saturaran el ambiente con su aroma; quisiera que parte de ese fuego divino que encierra el alma, transmitiéndose a mi pluma, cual chispa eléctrica, me hiciera estampar en el papel la fiel imagen de esa esencia abstracta del amor del espíritu, soplo purísimo del Universo; pero en la imposibilidad de hacerlo como lo deseo, habré de ceñirme a mi escaso conocimiento. ¡Amor del alma! ¿Quién es capaz de describirlo? ¿Quién podrá sentirlo y comprenderlo? Existen tres clases de amor: divino, espiritual y material.

El prime­ro pertenece a la esencia infinita de cuanto bello y grande existe; el se­gundo es patrimonio de espíritus perfectos, que habiendo llegado a un estado superior de elevación, el amor es su base; de él se nutren, con él viven y amor difunden por doquiera; el tercero pertenece a lo terreno, y el hombre, usando de su libre albedrío, unas veces le convierte en cieno, y otras le transforma en ese amor semiespiritual que tanto nos eleva, pues aunque no llega al complemento de su pureza, tampoco le queda de material sino esa parte natural e indispensable en la Tierra.

Así es que ese amor que llamamos puro en nuestro planeta, y del cual no podemos pasar, en atención a nuestro estado material, no es sí­ no una chispa del amor espiritual, que adhiriéndose a la materia, nos purifica algún tanto. Amor del alma, es ese no sé qué inexplicable que sentimos en nuestro ser, especie de fluido magnético que el espíritu transmite al cuerpo, y que separándonos de las pasiones vulgares, nos conduce a un amor grande, sublime e indefinido, del cual el espíritu libre se sirve a su placer; pero que una vez encerrado en la estrecha cárcel de su or­ganismo, podemos decir en sentido figurado que es fuego entre ceni­zas; y si bien no deja de arder, jamás se convierte en llama, siendo por consiguiente su calor, tenue como el alentar de un niño, en compara­ción del que el espíritu pudiera difundir por sí solo.

He leído que el espíritu es foco de luz vivísima, y esta luz reflejo del amor. Y yo añadiré que el amor es el espejo del infinito, que muestra incesantemente a la Humanidad, para que ésta se mire en él; es la armonía celeste; es la esencia de la vida; es la sonrisa de los cielos, que adormece en dulce calma, que extasía, que arrebata, y transportando al espíritu a etéreas regiones, le hace entrever por un momento una di­cha ilimitada. ¡Oh, sí! El amor regenera al hombre en alto grado, y sin esa simpa­tía de los espíritus, sin ese cariño íntimo, no podríamos vivir en la Tie­rra; sin embargo, hay seres que aman tanto y tanto... que a pesar de re­cibir mil desprecios del objeto amado, parece que su cariño crece más y más a cada momento.

Hace algún tiempo conocí a una simpática joven, la cual más bien se asemejaba a la estatua del dolor, que a un ser viviente: sus ojos, ne­gros como la noche, parecían exhalar un gemido, y la sonrisa que se di­bujaba en sus labios, estaba velada por esa profunda tristeza del alma que sin querer asoma al rostro; su trato, dulce y cariñoso, me hizo inti­mar con ella, y un día, paseando por el jardín de su casa y hablando de las luchas de la vida, aproveché la ocasión de poderla preguntar la cau­sa de su abatimiento. Laura, que era una sensitiva, al oír mi pregunta, me miró triste­mente, y vertiendo dos lágrimas, que fueron a esconderse en su albo seno, quizá temerosas de que la brisa les robara su perfume, exclamó:

-¡Ay, Amalia, amiga mía! Para contar la causa de mi sufrimiento con todos sus detalles, era preciso también que pusiera de manifiesto el cinismo de un ser que, a pesar de todo, amo con toda el alma; basta saber que he amado cuanto se puede amar en la Tierra; que cuanto más grande ha sido mi amor, mayor ha sido el desprecio que he recibi­do; y si me escucharas la historia triste de mi vida, ciertamente que odiarías al que tanto me ha hecho padecer; como yo no quiero que na­die le aborrezca, me callo y le amo en silencio.

¡Quedé admirada de aquel amor tan grande, tan sublime y tan heroico! ¡Callar las faltas de quien la hacía sufrir, para que nadie le abo­rreciera! ¡Oh! No pude menos que admirar a aquella alma tan buena y derramar lágrimas ante tanta nobleza, porque en un planeta de expia­ción, donde la perfección está muy lejos de nosotros, rara vez se en­cuentra un ser tan digno. Al separarme de Laura, llevé grabado en mi corazón el recuerdo de aquella mujer admirable. Más tarde, supe por su misma familia que Laura era casada, y que su esposo, después de haberla demostrado un amor que no sentía, se unió a ella tan sólo por gozar de los inmensos bienes que poseía. Tres días después de celebrado el matrimonio, el esposo de Laura emprendió un largo viaje, que duró tres años; en todo este tiempo, aquella tierna sensitiva, que le había escrito casi diariamente vertiendo un raudal de sentimiento en sus cartas, tan sólo obtuvo dos contesta­ciones secas, concisas, que la hicieron más desgraciada que el silencio guardado hasta entonces.

Cuando Antonio regresó a su casa, Laura, sin recordarle su desvío, le recibió amante y cariñosa; pero él, menospreciando aquel amor tan puro, le correspondía con la mayor indiferencia; y he ahí el porqué Laura, envuelta en la llama de aquel amor sin límites, se iba agostando como las flores bajo el ardoroso sol del estío. Al saber aquella triste historia, comprendí que el amor de mi amiga era la verdadera y pura esencia del alma; y si hasta entonces la había admirado como mujer, después la respeté por sus virtudes y por la elevación de su espíritu angelical; pues solo los ángeles son dignos de ad­miración.

Si toda la Humanidad participase de ese amor, flores de virtud sem­braríamos en nuestro viaje terrestre, y las zarzas del camino, las espi­nas del egoísmo no ensangrentarían jamás nuestros pasos; mas, como quiera que el orgullo es la clave de nuestras pasiones, en cuanto hace­mos una acción mediana, ya nos parece que hemos obrado con suma perfección; siendo así que, de este modo, nuestro progreso no avanza, ni nos ponemos en condiciones de poseer el imponderable tesoro del amor. Unos quieren y otros aman; mas de lo uno a lo otro hay una dis­tancia inmensa. Se quiere la mayoría de veces por fuerza o por deber, y se ama espontáneamente y sin ningún interés, pues el cariño es fuego fatuo que no pasa de la Tierra, y su fulgor ni deslumbra, ni quema; pe­ro el amor del alma es un destello divino, hálito celeste, esencia uni­versal que se eleva por espontánea impulsión al infinito espacio como incienso perfumado de las buenas obras.

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro "Cuentos espiritistas"