Browse this website in:
Google
Web
Buscar en Luz Espiritual

La weblog Espirita de Mari

 

Radio Colombia Espirita

Hora local

Barcelona-España

La televisión espirita

 

Carlos Nebreda PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Domingo, 07 de Noviembre de 2010 17:34

I

El 22 de Mayo último perdió España uno de sus mejores hijos: en ese día desapareció de la tierra uno de los espí­ritus más nobles y más elevados que han venido a cumplir una misión en este valle de sombras. Si, hermanos míos; en ese día dejó su envoltura material Carlos Nebreda. ¿Sabéis vosotros quién era este hombre? Era un genio, era un alma que había sabido progresar; era uno de esos seres que vienen a enjugar muchas lágri­mas, poniendo en práctica los benditos preceptos del Evangelio. Era uno de lo enviados de Dios, era uno de los compañeros de Cristo, era el Pigmalion de nuestro siglo, que con el soplo divino de la ciencia, anunció a las estatuas ina­nimadas de los sordo-mudos y los ciegos. ¡Oh, sí, sí! Carlos Nebreda hizo entrar en la vida de relación a esas desgraciadas criaturas que son los parias de Egipto y los ilotas de Esparta.

Razas degradadas de aquellas primitivas naciones. Aquellos que viven en el dolor son los parias y los ilotas de todos los tiempos. ¡Pobres desheredados de la tierra! Venid a llorar conmigo. ¡Espíritus superiores que habréis salido al encuentro de Nebreda!, decidme en que estado se haya, decidme si le ha impresionado melancólicamente la indiferencia y la ingratitud de los habitantes de la tierra. Si hubiera inventado, cañones y ametralladoras y bombas orsinicas que hubiesen destruidos en un segundo el organismo de mil y mil seres, entonces…, todas la prensa le hubiera consagrado un recuerdo al destructor de la humanidad. En cambio para el hombre que ha llevado la luz de la ciencia a muchas imaginaciones dormidas o retrasadas, para aquel que ha despertado los sentimientos generosos en los corazones endurecidos por el dolor, para ese ser que ha perdido la lozanía de su juventud trabajando incesantemente, para el alma grande que no ha vivido para si, sino para los demás, la prensa no ha tenido un lamento.

¡Oh!, que bien dijo Dumas (padre) apostrofando a la humanidad en su amargo escepticismo: «¡Hombres! ¡hombres!, raza de cocodrilos». ¡Parece increíble que nos anime un espíritu! Parece mentira que nuestro libre albedrío pueda producir semejante metamorfosis; que de un soplo divino, podamos hacer un todo tan rastrero, tan egoísta, tan absolutamente material que no apreciamos ni comprendemos un dolor, como nuestro cuerpo no lo sienta. No sentimos por simpatía, no: por eso Carlos Nebreda, ha muerto en el silencio, y en el olvido; porque los hombres de acción, los que llevan la batuta en el concierto social, los que dirigen la brújula en la nave del Estado, ven y oyen, sin acordarse que hay millares y millares de seres que son autómatas galvanizados; solamente en España, se cuentea 17,000 ciegos y 10,900 sordo-mudos, y en la patria de Isabel I sólo hay cinco colegios para educar a estos desventurados; en cambio se levantan con mágica rapidez nuevas plazas de toros, y se pagan 4,000 reales para sus palcos en las pri­meras funciones.(1) Y aun lamentamos que la guerra destruya nuestras ciudades y agoste y tale nuestros campos, ¡insensatos!, sin conocer que somos nosotros los que atraemos el anatema que pesa sobre nuestro presente y envuelve en sombras nuestro porvenir, siendo nuestra indeferencia el principal agente que pone en acción los elementos de la mal llamada fatalidad. De vez en cuando, como si Dios quisiera recordarnos la realidad innegable de su ser, encarnar el la tierra espíritus superiores que difunden el consuelo, que simbolizan la esperanza, que personifican el progreso. Carlos Nebreda fue uno de ellos. Treinta y ocho años estuvo en la tierra. Dice Castelar que la nostalgia del infinito se refleja en la frente de los genios. Nada más cierto; en el rostro de Nebreda se reflejaba también. Era un tipo completamente español, moreno y pálido, con grandes ojos negros, en los que irradiaba el fuego que ardía en su mente, afable y comunicativo en su trato ín­timo, cariñoso y benévolo con sus discípulos, tenía para ellos una solicitud verdaderamente paternal. Era su alma muy buena, y tenía una prodigiosa actividad.

(1) Afortunadamente, años más tarde, concedieron los gobiernos españoles toda su atención a la educación de los sordo-mudos; y en el año presento (1922), descuella en este ramo de la enseñanza.

II

En Madrid vio la luz del día, luz que amó tanto, que no le bastó mirarla por si sola, necesitó que otros muchos la miraran con el, y el 22 de Agosto, del año 1873 ingresó el Colegio nacional de sordo-mudos de la corte de España en calidad de ayudante. En 1858 fue nombrado secretario interino de dicho Colegio y en el año 1866, fue autorizado por el Gobierno para plantear y dirigir en el hospicio de Madrid, una clase de sordo-mudos y otra de ciegos, sin retribución alguna. Nebreda daba gratuitamente lo que gratuitamente recibía. En el año 1867 fue nombrado primer profesor del Colegio de sordo-mudos y ciegos de Burgos, y el año 1868 le dieron el cargo, que con tanta justicia merecía. En el Colegio de Madrid, el primero de España, sólo Carlos Nebreda debía ser el director, plaza que sólo con su muerte debía quedar vacante; pero quedó antes, porque en España antes que la ciencia, antes que la caridad, antes que todo, está la política. Para los españoles los hombres científicos y filantrópicos, los genios especiales (que no tienen sustitución posible), son ceros sin valor alguno si no son adictos a la opinión reinante.

Nebreda fue víctima de la monomanía política, y muchos desgraciados lo fueron también con él, porque su acertada dirección, sus profundísimos conocimientos, sus especiales métodos de enseñanza no tienen rival en la época presente, y los pobres ciegos y los infelices sordo-mudos aprenderán con más trabajo y adelantarán con una triste lentitud, fal­tándoles los libros y pautas de Nebreda. Y todo ¿por qué?. ¡Fatales aberraciones! ¿Por cuánto, por cuánto tiempo estacionaréis aún a la desgraciada humanidad...? Varias obras escribió relativas a la enseñanza, que no enu­mero por abreviar estos apuntes, pero no puedo menos de recomendar su tratado teórico-practico para la enseñanza de los sordo-mudos, por el cual se han obtenido inmejorables resultados. Memorias, folletos, aparatos, pautas y todo cuanto puede tener, relación con la más fácil manera de educar a esos seres, los más desgraciados de la creación. Para todos tubo inventiva Nebreda, empleando los medio más sencillos y grandes a la vez.

Las potestades de la tierra le dieron como premio a sus afanes cruces y condecoraciones. Los certámenes industriales, medallas de oro y plata, pero nada de esto es bastante; no bastan estos débiles testimo­nios de admiración a un solo individuo; se necesita algo más extensivo, es necesario coadyuvar a las grandes ideas, es indispensable emplear medios más directos para la reali­zación de esas obras trascendentales, verdaderamente humanitarias. Este fue lo que le faltó a Carlos Nebreda. Cuando se encontró solo y aislado, cuando le quitaron la dirección del Colegio Nacional de la coronada villa, entonces creó e inauguró un colegio especial para sordo-­mudos, idiotas y niños retrasados, único en España.

III

En el mes de enero de 1875 se instaló en su casa de salud moral, y en mayo de 1876 la abandonó, para ocupar otra casa de salud en las regiones del infinito. La prensa nada ha dicho; con un sueldo insignificante ha creído que bastaba para consignar la muerte de un gran hombre, y no es así, porque un simple recuerdo se le con­cede a cualquiera, y Carlos Nebreda no era uno de tantos. Era un ser que había enjugado muchas lágrimas y mancha su historia el pueblo que no ama la memoria de sus héroes. No son héroes únicamente los valientes soldados que mueren sin quejarse en los campos de batalla, ni los entendidos generales que comparte con ellos las fatigas y peligros de la guerra, no; hay otros héroes que también luchan con enemigos implacables y que, al vencerlos, alcanzan una legitima victoria. ¿Sabéis lo que es luchar con la ignorancia, y más aun con la impotencia física? No tenia Carlos Nebreda que haber educado a tantos y tantos sordo-mudos y ciegos, y sólo con Martín y Martín sordo-mudo y ciego, le bastaba para acreditar y justificar sus espacialísimos conocimientos. De un hombre sin vista, sin oído y sin habla, supo hacer una criatura inteligente, cariñosa y buena, rompiendo el nudo de hierro que apretaba su garganta, haciéndole producir sonidos roncos, extraños, pero que al fin componían una palabra. Aquel hombre, que nada había visto, llegó a señalar y aun a nombrar en la esfera, las principales naciones de que se compone nuestro globo, con sus archipiélagos y sus montañas, con sus mares y sus torrentes.

Llegó a distinguir y a conocer los colores, a tejer los lienzos, a trabajar en la caja que inventó Guttemberg, a escribir correctamente y a sumar con una ligereza admirable y la más exacta precisión. ¿Sabéis la que es formar de un embrión monstruo un ser inteligente?. Decía Martí Folguera, hablando del gran pintor Fortuny, que éste al copiar la luz, la creaba. Yo también digo como el inspirado poeta Carlos Nebreda, despertando la inteligencia del pobre sordo-mudo y ciego, creaba a su hechura un entendimiento, un sentimiento y una voluntad. ¡Gloria! ¡gloria! para uno de los mejores obreros de la civilización.

IV

¡Nebreda! ¿Me escuchas? Tal vez si, y tal vez no, porque debes hallarte en muy buen paraje, y por la tanto, lejos de mí; me entristece lo ingrato que han sido para ti los habitantes de la tierra, pero me consuelo pensando en el recibimiento que habrás tenido en el mundo de los espíritus. ¡Cuántos, cuántos de los desgraciados que por ti han son­reído habrán salido presurosos a tu encuentro! ¡Con qué inefable ternura te habrían conducido por la senda de luz! ¡Qué sensaciones habrás sentido! ¡Qué horizontes habrás visto! ¡Qué armonía habrá modulado para ti el himno de la bienvenida! Tú, que tanto amor, prodigaste en este oscuro planeta, tú que tanto te afanaste para difundir la verdadera luz de la instrucción, ¡cuánto, cuánto, habrás adelantado al verte libre de tu pobre y pesada envoltura! Mucho has sufrido en este triste globo, pero... ¿ Qué vale el sentimiento de una encarnación, ante el goce de la eter­nidad? Yo quisiera padecer como tú has padecido, para encontrar como tú esa merecida recompensa.

V

¡Hermanos espiritistas! Carlos Nebreda aceptaba nuestras creencias, y aunque todos somos hermanos, nuestra pequeñez no nos permite todavía poner en práctica el amor universal; queremos mucho más al que está más cerca de nosotros, y rogamos con más fervor por aquél que no nos desdeño. Nebreda no quería, roguemos por el, roguemos por que olvide y perdone la ingratitud de los hijos de la tierra. Deberá encontrarse en mundos de luz, más ¿quién sabe la perturbación aun, le persigue? ¡Qué vale el calculo humano ante la suma infinita….! ¡Carlos Nebreda!, en nombre de todos los espiritistas de la tierra, te ofrezco sus plegarias, su tributo de admiración y su más profunda gratitud. ¡Dichoso tú, buen hermano, que has sabido cumplir tu misión! ruega a tu vez por nosotros, inspíranos tu fuerte voluntad y tu santa compasión; inspíranos para que cada uno cumpla fielmente dentro de la órbita en que gire la expiación que pidió. ¡Carlos Nebrada!, tus hermanos te saludan y con dulce melancolía te dicen: ¡Adiós! ¡Adiós, alma buena! ¡Adiós, alma, noble y pura! Sigue tu eterno viaje, nosotros seguiremos el nuestro. Tu vas en globo, nosotros vamos aun en los primitivos barcos de vela. ¿Cuándo nos volveremos a ver?,¿En qué estación de la eternidad subiremos a un mismo tren? ¡Cuántos, y cuántos siglos pasarán todavía, antes que po­damos llegar hasta ti! ¡Carlos Nebreda, adiós! ¿Adiós? He dicho mal, hasta la vista, ¿qué son para nosotros los siglos? Fugitivos segun ­los que se pierden en el infinito. Por eso con entera confianza, con íntima convicción, te digo: Hasta mañana, porque tengo la completa certidumbre de que te encontraré un día en la región de la luz. Bendita sea la vida de la esperaza, porque es la vida del progreso, y con éste, la perfección relativa no es un mito. Con, el progreso se manifiesta evidentemente que la esen­cia de Dios germina en nuestro ser y que todos somos resultantes de la increada causa. Los genios son las pruebas innegables de la grandeza in­finita del Eterno. Carlos Nebreda hablando con Martín Martín, lo hizo ex­clamar a un ateo: ¿Si será verdad que existe un Dios?

1876

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Ramos de violetas"