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La visión de un palacio exteriormente y luego su fastuoso interior, no deja la dulce impresión en el alma que me ha proporcionado la visita que hace algún tiempo hice a la casita de una joven pobre. Era ésta de humilde apariencia, habitada por una familia espiritista, compuesta de padre e hija, más una niñita que habían recogido del arroyo. El padre está todo el día trabajando en una fábrica, y Pepa se queda ocupada en los quehaceres domésticos. Cuando fui a verla, hacía pocos meses que había perdido a su madre. Pepa, tratando de sonreírse, y con voz entrecortada por los sollozos, al recuerdo de su buena madre, exclamaba:
-Mi madre siempre me decía: «Hija, no te avergüences de ser pobre; mira en tu prójimo a tu hermano; sé una mujer de tu casa; que en todos los rincones se vea la limpieza; no seas descuidada ni manirrota.» Como no olvido tan buenas advertencias, mire usted cómo tengo la cómoda.
Y con inocente vanidad fue abriendo los cajones uno por uno, y en todos reinaba el orden más perfecto. Todo limpio y bien doblado. En el lujo de los pobres hay poesía: nada más poético que la limpieza y la modestia. Me enseñó toda la casa. Cada mueble, cada objeto, tenía su historia, y cada historia era un poema de cariño familiar. El canto de un pajarillo me hizo salir a un pequeño patio, donde había algunas plantas y un habitante del aire encerrado en una jaula. El día tocaba a su fin. Las cumbres de las montañas veíanse coronadas con rayos luminosos: los últimos reflejos del sol las cubrían con su manto de púrpura y oro. Pepa, sintiendo la melancolía del crepúsculo vespertino, quedó silenciosa, mientras yo la contemplaba diciendo para mí:
-¡Cuánto atrae la sencillez y la virtud! Al lado de esta pobre joven, ¡qué bien me encuentro!
Me hizo subir a su cuarto, donde tenía la cama y una mesa con muchos libros. Estuve algunos instantes asomada a un pequeño balcón, desde el cual se veían huertos y jardines, y al salir de aquella casita me pareció que salía de un santuario. En verdad, ningún templo más venerado que aquella mansión pacífica, habitada por seres virtuosos, que rendían amoroso culto a la memoria de una mujer, en otro tiempo el alma del hogar.
II
Recientemente visité a otra joven, espiritista también, que vive en más humilde morada. Todo su mueblaje consiste en un lecho, una mesita y dos sillas; nada más.
-¡Qué pobre es todo esto! ¿No es verdad? -me dijo Luisa-. Pero yo me encuentro muy bien en mi cuartito. Desde las cinco de la mañana hasta las siete de la tarde trabajo en el telar; después ceno, ayudo a mi hermana en algunas faenas domésticas, y a las diez me retiro a mi cuarto, donde ya duerme mi hermanita, la más pequeña: la contemplo algunos instantes y me pongo a leer o a escribir, hasta que el sueño y la fatiga me rinden. Me duermo y tengo sueños muy agradables. Soy feliz relativamente, porque nada turba mi conciencia.
Oyendo hablar a Luisa, siempre me causan profunda emoción su inocencia, su pureza y su sencillez. Le beso su frente con cariño maternal, sintiendo en esos instantes lo que siente el espíritu cuando eleva una santa plegaria al infinito.
III
Al salir del cuartito de Luisa, recordé involuntariamente otra casita que vi en un cuadro, en un bellísimo paisaje que estaba colocado en una galería de pinturas. Era un lienzo de grandes dimensiones. Veíase en primer término una casita con una ventana, que tenía un marco de hiedra, y apoyada en él una joven, cuya negra cabellera caía en desorden sobre sus hombros. La expresión de su rostro era dulce y triste; su mirada parecía dirigirse con afán a un tortuoso camino sombreado por copudos y frondosos árboles. El autor del cuadro, que está casado con una amiga mía, notó la profunda atención con que yo miraba su obra, y acercándose, me dijo:
-Parece que ese cuadro te gusta más que los otros.
-Sí; cuanto más lo miro, más me agrada este lienzo. Esa mujer es viva, siente; su semblante irradia la emoción de su alma.
Y sorprendiendo a mi amigo con los ojos llenos de lágrimas, murmuré:
-¿Has vivido en esa casita, no es verdad?
-Sí -me contestó el artista-. Ese cuadro encierra una historia, y te la voy a contar, porque sé que ha de interesarte.
Nos sentamos frente al paisaje pintado y comenzó su relato:
-Han transcurrido desde entonces diez años. Un verano fui a un pueblecillo a restablecerme de una enfermedad. Como tenía escasos recursos, me hospedé en esa casita que estás viendo, habitada por el tío Juan, su hija Ana María y sus hijos Ginés y Pascual. Era una familia verdaderamente patriarcal. Todos eran analfabetos, aun cuando los cuatro eran inteligentes, y daba gusto hablar con ellos. En las horas de calor subía al cuarto de Ana María, me sentaba junto a la ventana y tomaba vistas, que dibujaba en mi álbum, lo que excitaba vivamente la atención de mi joven compañera. Nunca he sido más feliz. Unas veces leyendo, otras meditando, y más que todo hablando con Ana María, se me pasaban las horas como segundos. Jamás se me ocurrió decirle que la amaba, ni yo mismo me daba cuenta del sentimiento que me hacia grata su compañía: sentíame bien a su lado, y nada más. Aquella casita me encantaba: era pobre, muy pobre, pero tan aseada, tan pulcra, tan poética... Una parra daba sombra a la puerta; la hiedra adornaba el marco de su única ventana. En el huertecillo había frutas, legumbres y flores en abundancia, todo regado y cultivado por Ana María. Cuatro meses viví en aquel oasis bendito. A primeros de octubre, me escribió mi maestro diciéndome que me esperaba cuanto antes, pues se me presentaba ocasión de ganar honra y provecho, pintando algunos cuadros. Leí la carta a aquella familia, y noté que les hizo profunda impresión. Ana María se retiró a su cuarto; cuando volvió a bajar, conocí que había llorado. Aquella noche fue para mí la noche más triste. La idea de volver a la ciudad, donde todo es farsa y comedia, me hacía amar a aquella familia que tanto se amaban los unos a los otros. Pero comprendiendo que de abismarme en estas reflexiones sufriría más, resolví marcharme al día siguiente, día que no olvidaré jamás. Ana María parecía un cadáver; su padre me abrazó diciéndome:
-Adiós, hijo, que Dios te perdone como yo te perdono todo el mas que sin querer me has hecho.
-¡Yo!... -murmuré turbado.
-Sí, hijo, tú: al tiempo, al tiempo; ¡anda con Dios! Ven, hija, ven.
Y se llevó tras de sí a Ana María, que se movió automáticamente, se detuvo, lanzó un grito y cayó como herida de un rayo. Quise levantarla; y su padre no me dejó, diciendo:
-Vete, vete, que este mal no tiene remedio.
Los dos hijos del tío Juan me acompañaron largo trecho, y al despedirme me rogaron que les escribiera, que el señor cura les leería mis cartas. Tuve un viaje tristísimo. La imagen de Ana María estaba fija en mi mente. Comprendí que yo había despertado su corazón, aunque nada. había hecho por mi parte para turbar la paz de su alma inocente y pura como la luz de la mañana. Llegué a Madrid, y creyendo que mis cartas podrían tal vez avivar en el corazón de la pobre muchacha una llama que yo deseaba ver extinguida, preferí no escribir y pasar por un ingrato. Ana María se vengará -me dije- casándose con el sobrino del cura, y vivirá tranquila. Comencé a trabajar, a luchar con la miseria, y fui olvidando el pueblecillo, la casita y sus pacíficos habitantes.
IV
Habrían pasado ocho meses, cuando una noche, al entrar en mi cuarto, lancé un grito, mezcla de sorpresa y de terror., Acababa de ver a Ana María sentada junto a mi mesa, en actitud triste y meditabunda. Extendí mis brazos, y al ir a abrazarla se desvaneció la sombra. Yo nunca había creído en apariciones, pero aquella noche hube de creer por fuerza. En la que menos yo pensaba, era en aquella infeliz. Justamente me preocupaban muy distintos pensamientos: había jugado y perdido, e iba dado a todos los diablos. Aquella aparición me sorprendió tanto, que no pude pegar los ojos en toda la noche. Al día siguiente escribí al cura del pueblecillo pidiéndole noticias del tío Juan, contándole lo que me había sucedido. A correo seguido recibí la carta contestación, que decía así:
«Sr. D. Luis Medina: En mal hora vino usted a este pueblo. Hasta que usted llegó, el tío Juan y sus hijos eran la envidia de sus convecinos; desde que usted se fue, Ana María no levantó cabeza: todos los días venía a preguntarme si había tenido carta. Para aumento de males, a su hermano mayor lo reclamó el Estado, y cuando el sargento se llevó a los quintos, ella cayó en cama para no volver a levantarse.» En su última confesión me preguntó si sería pecado guardar en un escapulario una rosa blanca que usted le había dado. Díjele que no, y la enterraron llevando sobre el pecho su amado recuerdo.» El tío Juan está como alelado; su hijo menor se va a casar, y creo que sólo sus nietos podrán devolverle su perdida avería. Usted vino a recobrar la salud: ¡quién le había de decir que su venida haría la desgracia de una familia!... ¡Pobre Ana María!, le quería a usted con delirio. No es extraño que se le haya aparecido: murió llamándole. Por ella y por usted queda rogando s. s. s.. »Félix de Urrutia.»
Esta carta me impresionó profundamente. Lloré como un niño, y aunque tarde, me arrepentí de mi ingrato proceder. Deseaba ver a Ana María, pero no volvió más a aparecérseme. Su muerte me causó profunda pena, y en cuanto me fue posible fui a visitar al tío Juan, quien, abrazándome, exclamó:
-¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de lo que te dije al marcharte?... ¡Mira el tiempo lo que me ha traído! ¡Pobre hija mía! Las mujeres le decían que estaba embrujada, porque desde que te fuiste no parecía ella. ¡Mira cómo está todo...!
Efectivamente, la casita no parecía la misma: el huertecillo estaba seco, las paredes ennegrecidas. Fui con el tío Juan al cementerio para ver el sitio donde reposaba el cuerpo de Ana María. Después, con ardor febril, me puse a trabajar para copiar aquel melancólico paisaje. Aunque nunca he creído en apariciones, desde que vi a Ana María ,cambié algo de parecer, y cuando trasladé al lienzo aquella pobre casita; evoqué desde el fondo de mi alma el espíritu de la doncella. Si es cierto que los muertos pueden aparecerse -decía en mi interior-, asómate a esa ventana, Ana María: mira el camino que tantas veces he cruzado pensando en ti; que yo te vea como entonces. Aún no había concluido de formular mi deseo, cuando vi aparecer en la ventana la figura de la joven. ¿Qué pasó por mí? No lo sé; pero hice el boceto de mi mejor paisaje. Ese cuadro me dio a conocer como artista y a él debo toda mi celebridad. La casita de una joven pobre, que así se llama ese cuadro, ha sido admirada y elogiada por renombrados pintores.
-¿Y aún está en pie esa casita?
-Sí; todos los veranos voy a visitarla. Ahora vuelve a estar risueña. los nietos del tío Juan corren por el huerto y juegan con su abuelo; pero a pesar de todo, para mí aquella casita está vacía.
-Es porque el vacío lo llevas en el corazón.
-¡Es verdad! Aun cuando mi esposa es un ángel de bondad y mis hijos me sonríen, siempre mi miro ese paisaje murmuro con melancolía ¡Qué ingrato fui!
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espiritistas"
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