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Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Domingo, 25 de Julio de 2010 11:49

Nacer llorando, es vivir muriendo; luego llorar es nacer, morir es vivir. La esperanza es la brújula de la vida; cuando no hallamos ésta, entra la desesperación. No todo el que ama sabe amar; el amor tiene como pri­mera fibra la fe, y la fe parte de lo infinito. Entre el ser que ama y el que es amado, allí está Dios, y donde está Dios existe la verdad; la verdad es, por lo tanto, la síntesis del amor. El triángulo, emblema del amor, tiene grabados en sus tres vértices estas palabras: verdad, asistencia y sufrimiento. El amor es la ambrosía de la vida; para vivir se necesita amor, y el que no ama, no vive. El corazón es un libro, que no todos saben leer en él; el Syllabus de tan bellas páginas es la fe. El amor es una nota que Mozart no pudo traducir en sentimiento. El amor es una flor no perenne que abre sus hojas ante Dios.

El amor es un trino que no hay ave que lo pueda siquiera parodiar. El amor es una gasa que nadie trata de rasgar; se siente, pero no se ve; se percibe, pero no se rompe. El saludo del amor es el «hasta luego» de mi espíritu. El que en tu amor vivió, en tu amor te dejó y en él te espera; vivo, pues, para ti, mis brazos te esperan ante Dios para ceñirte la aureola de la felicidad. Adiós, bien mío eterno.

Madrid, 23 Mayo 1876.

Lola

I

Hermanos del alma: ¿Sabéis quién es Lola? Es un alma buena que dejó la tierra hace diez años, cuando había visto florecer los almendros diez y nueve primaveras. Escogió para escenario de su vida a la oriental Sevilla, la del morisco alcázar, la del templo gigante, cuya torre, cual osado aeronauta, quiere elevarse por el espacio. ¡Sevilla!... la que mereció que el célebre Rodrigo Caro le dedicara una magnífica poesía que termina con estos dos inspirados versos:

¡Salve, primera fábrica española! ¡Madre de todas, hija de ti sola!

En sus bosques de naranjos y limoneros, en las márgenes de su tranquilo Guadalquivir, y en las artísticas capillas de sus templos, pasó Lola los años de su infancia y las horas benditas de su juventud. De precoz inteligencia, a los cuatro años sabía leer y escribir. Una de sus compañeras de colegio tenía un hermano que contaba 6 años y se llamaba Eduardo; éste y Lola se vie­ron y se amaron; estas afecciones son muy generales en los niños, pero la de mis pequeños héroes presentaba ca­rácter distinto. Todas las tardes los llevaban a paseo a una plaza situada en el centro de la ciudad; la iglesia del Salvador da genero­samente su nombre a la plaza y como apéndices de dicho templo, hay dos capillas, dedicada una al Señor de los Des­amparados y otra a la Virgen de las Aguas; esta última tiene unas gradas de piedra donde nunca faltan ancianos que duermen; o rezan y chicuelos revoltosos jugando a la pelota y haciendo ejercicios gimnásticos que acaban muchas veces con la paciencia de los devotos, convirtiendo aquel paraje en un nuevo campo de Agramante.

Lola y Eduardo también eran asiduos concurrentes de aquel circo en miniatura, aunque ellos no jugaban, subían al último escalón y asiéndose a la reja que cierra el san­tuario, decía la niña dulcemente: -¡Madre mía! Virgen de las Aguas, haz que Eduardo sea bueno. Este se arrodillaba junto a ella mirando de reojo a los muchachos que se asestaban sendas pedradas. Lola lo ad­vertía y haciendo visajes con su fresca boca y sus lindos ojos, le decía medio mandando y suplicando: -¿Rezas? Si no rezas no te quiero, y viendo que el chico no cambiaba de actitud, replicaba con enfado: -ni te daré mis postres.

Estas palabras producían más efecto, y permanecía quieta al lado de su compañera, la que no re­zaba las oraciones rutinarias que se enseñan a los niños, únicamente repetía: -¡Madre!, haz que Eduardo sea bueno. Cuando bajaban, solía Eduardo saludar con la cartera en que llevaba los libros, a los chicos que encontraba al paso, y éstos no se quedaban atrás al emprenderse la lucha. Lola lloraba y entonces su compañero corría a su lado; los muchachos le llamaban cobarde y él decía: -Si no llorara mi novia... ya veríais lo que yo soy. --¿Ese feo es tu novio?-le preguntaban a la niña en son de mofa. -No no es mi novio, contestaba ella can gravedad impropia de sus cortos años, es que yo le quiero. ¡Grande y profunda contestación!, ella revelaba la santa misión que traía a la tierra y que sólo después de abandonar este mundo se podría apreciar y comprender.

II

Iban juntos al colegio, Lola, Eduardo y una hermana de éste; la primera entregaba al segundo todas las mañanas sus postres del día anterior y una carta en que solía explicarle cómo se llamaban las frutas o los dulces que le daba y si le había reñido su madre por haber roto la muñeca o haberse manchado el vestido. Inocentes epístolas que servían de base para la eterna comunicación que había de enlazar a aquellos dos seres. Los años pasaron y los niños, naturalmente, fueron cre­ciendo; a ella la sacaron del colegio y a él lo enviaron a Córdoba a seguir sus estudios. Tres inviernos estuvieron separados, pero sus pensamien­tos siguieron en comunicación por medio de la más activa correspondencia, pues era diaria. Al fin él volvió y los dos adolescentes continuaron re­presentando los papeles de Pablo y Virginia, de Julieta y Romeo. Se veían, se hablaban y se seguían escribiendo sin interrup­ción.

III

El padre de ella ocupaba una gran posición social, y cuando vio que su hija había dejado las alas del ángel para adquirir las gracias de una joven llena de atractivos a la cual dispensó la alta sociedad la mas favorable acogida, le pareció muy oportuno que Lola dejara sus amores de niña y pensara en casarse con un hombre rico y opulento, condiciones que Eduardo no reunía, porque si bien perte­necía a una buena familia, ni era conde ni millonario. Lola suplicó, rogó y apeló a todos los medios, y recursos que tiene la ternura filial para conmover el corazón de un padre, mas ¡ay! todo fue en vano; entonces se revistió de seriedad y dijo sencillamente: -Padre mío, no se quiere mas que una vez en la vida, yo no tengo mas que un corazón y ese será de Eduardo eternamente.

IV

Viendo su negativa, se la llevaron sus padres a viajar, pero todo fue inútil; ni en Inglaterra, ni en Francia ni en Alema­nia, ni en Rusia, lograron verla sonreír; pálida, triste y serena, cruzaba por las ciudades como si recorriera dis­tintos cementerios. Volvieron a Sevilla y Lola volvió a ver a Eduardo más enamorada que nunca. Su padre supo estas furtivas entrevistas, se encolerizó y la encerró en un convento donde una hermana suya se encontraba ejerciendo el alto cargo de abadesa. Los días pasaron, los meses transcurrieron, y la salud de Lola se alteró hasta tal punto, que su tía mandó llamar a su hermano y le dijo que ella no podía consentir semejante asesinato, que Lola se moría si no dejaba el convento, y ante tal disyuntiva, el padre cedió y la pobre joven aban­donó la clausura.

V

La salud de Lola fue agotándose por momentos y al ver que iba a morir, la dejaban hablar con el prometido de su alma, que era digno de tan puro amor. La hermosa niña llegó un día en que no pudo abandonar su lecho, y entonces su padre, tardíamente arrepentido, fue a buscar a Eduardo, que durante cinco meses no se separó de la enferma ni un solo instante, exceptuando las indispensables horas de descanso. Lola se moría lentamente, pero revelaba su rostro la más santa resignación, diciéndole repetidas veces al amado de su alma: -No temas quedarte solo, yo siempre, siempre estaré a tu lado, no te abandonaré jamás. Ni el uno ni el otro eran espiritistas, de consiguiente, no podían apreciar en todo su valor la certeza que tenía Lola en no separarse de su amante. Conoció cuando iba a morir, y estrechando las manos de Eduardo entre las suyas, sin exhalar una queja, se sonrió tristemente y cerró sus hermosos ojos para no abrir­los más en la tierra. El cumplió religiosamente con todos los deberes que im­pone un verdadero amor, la acompañó hasta el cementerio y arrojó el primer puñado de tierra sobre su blanca caja. Guardó la llave del ataúd, fue a su casa y encerró en un cofrecito las cartas que durante quince años le había es­crito su amada y después emprendió uno de esos viajes en que se consigue cansar el cuerpo y fatigar el alma. Pasaron años, y Eduardo siempre recordaba a Lola; co­noció el Espiritismo, y apenas hubo leído las obras de Allan Kardec, sintió deseos de comunicarse con su inolvi­dable Lola, la evocó y he aquí la primera comunicación de ella.

VI

«Gracias a Dios que conoces el Espiritismo, porque así puedo velar más directamente por ti. Hace algunos siglos que te conocí en el espacio y te amé, porque vi que sufrías; eras un espíritu débil muy apegado a la materia. »Durante tres encarnaciones hemos estado juntos en la tierra, siempre nos hemos amado; pero nunca nos unió el lazo del matrimonio; ni tú ni yo merecíamos esa terrestre felicidad. »He muerto joven para que tu espíritu se dominara por el sufrimiento y adelantara en su perfección; tú necesitas del dolor para progresar; la molicie y placer te convierten en un miserable libertino, y gracias que mi recuerdo te salva muchas veces de caer. »Estoy satisfecha de tu cariño, me quieres, sí; pero a veces para olvidar tu pena te entregas en brazos del desor­den, y es necesario que pongas un correctivo. »Quiero que te cases para que formes una familia, de la que yo seré el espíritu protector, velando especialmente por tus hijos».

Este es el resumen de la extensa comunicación que recibió por primera vez el protagonista de mi verídica historia. El cumplió religiosamente el mandato de Lola, se casó con el melancólico convencimiento que viviría tal vez tran­quilo, pero nunca feliz. Desgraciadamente no se engañó; cambió de fortuna, lo dejaron sumido en la pobreza, y su esposa no quiso conso­larle en su triste, situación, sino que egoísta y despreciable, volvió a su hogar paterno, diciendo que no estaba acos­tumbrada a pasar miserias y no podía vivir en la escasez; y dejó a su esposo luchando con las adversidades de la vida, llevándose un niño; fruto de su unión. El pobre Eduardo la vio marchar sin sorpresa alguna, el hijo de su alma era lo que más sentía; pero en la impotencia de su desgracia, ¡cómo reclamar a su hijo, si no tenia pan para darle! Lola se comunica con él diariamente, fijándole la línea de conducta que debe seguir. De un hombre indolente, ha hecho un ser laborioso y re­signado, rindiendo culto a la moral más pura; trabaja hu­mildemente para buscar los medios de subsistir, con la paciencia evangélica de un mártir. Perdona todas las ofensas y trata de hacer bien al que le perjudica; recobrar a su hijo es su única aspiración en la tierra; todos sus pensamientos, acciones y palabras, van dirigidas a él; su hijo es su mundo; Lola es su eternidad.

Esta le dice que espere, que todavía su esposa reconocerá su, falta, se regenerará, y de una mujer material y egoísta, se trocará en una santa y la hará feliz. El vive más en el pasado. que en el presente; cien y cien veces me ha contado con innumerables detalles la historia que yo he comprendido en estas líneas. El Espiritismo es una verdad, pero aunque fuera una utopía deberíamos aceptarla, porque con ella se regenera el hombre y se eleva por medio del trabajo y del sufrimiento hasta la apoteosis del sacrificio, santificándolo la abnegación. ¡Bendito sea una y mil veces el Espiritismo! Dichosos de nosotros el día que sea su doctrina el código que rija en el universo; su luz inextinguible irradiará en el abismo del dolor, la fe razonada reemplazará a la duda, a la indiferen­cia y al fanatismo, triunvirato fatal, cuyo poder ha pesado tantos siglos sobre la humanidad.

1876

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro "Ramos de violetas"