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¡Susana! PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Domingo, 04 de Julio de 2010 16:20

I

Voy a referir agrandes rasgos, una verídica historia, que ha dormido en mi mente algunos años y que quizá hubiera permanecido inédita muchos más, si un incidente, al parecer casual, no hubiese dado vida a mis aletargadas reminiscencias. Por espacio de dos o tres meses, he visto todas las mañanas, tem­prano, a una niña de unos diez años, llamada Antonieta, que estaba sir­viendo en una vaquería: venía a traerme un jarro de leche, y me llama­ba la atención la rudeza de sus modales, pues Antonieta, al verme, ni siquiera me daba los buenos días. Endeble y raquítica, tenía toda la vi­da en los ojos, cuya mirada era dulce y triste. Dirigíale yo siempre fra­ses cariñosas, y ella no hacía más que sonreírse. Una mañana, viendo algunas rosas sobre una mesa, lanzó una ex­clamación de gozo, y desde aquel instante Antonieta me fue mucho más simpática, porque comprendí que el amor de lo bello hacía latir su corazón.

Su desamparo me causaba profunda lástima. ¡Pobre niña! ¡Para ella no hay infancia! ¡En su rostro no resplandece la alegría de los niños di­chosos! Débil hoja seca, ¿a dónde la llevará el huracán del infortu­nio?...

Una mañana, a la hora en que Antonieta solía venir, llamaron a la puerta, y en vez de la niña, encontré a un hombre. -¿Y la niña? -pregunté-, ¿está enferma? -Ya no está en casa -contestó con desabrimiento el recién lle­gado. Esta contestación me hizo dañó. Y pensando con tristeza en la pe­queña peregrina, me acordé de otra niña, y murmuré: «¡Susana! ¡Có­mo tu nombre había podido borrarse de mi memoria?» Conocí a Susana en Madrid, ocupando la misma posición social que Antonia. Veíala todas las mañanas y conversaba con ella unos mi­nutos. Cuando por vez primera le hablé, contaba Susana nueve abri­les.

Rosas preciosísimas eran sus mejillas, blanca su nevada frente, ro­jo clavel su diminuta boca, finas turquesas sus azules ojos, madeja de oro su abundantísima cabellera, lirio gentil su flexible talle. Era una niña preciosa, hija de padres desconocidos. Sus amos se la encontraron abandonada en el establo, envuelta en trapos viejos, entre los cuales hallaron un papel en que se leía lo siguiente: «Esta niña tie­ne seis meses: se llama Susana; recogedla por el amor de Dios.» Justamente la dueña de la vaquería lloraba la muerte de un hijo suyo, y se quedó con Susana, que creció a su lado sin encontrar en su familia adoptiva algo que se pareciese al cariño maternal; antes al con­trario, golpeabanla con frecuencia y le echaban en cara su nacimiento. La pobrecita me confiaba sus penas quejándose amargamente de su triste vida. Hablando no parecía una niña, sino una mujer entrada en años, haciendo tristísimas reflexiones y lamentando no tener en el mundo nadie que la quisiera.

Un día vino más contenta que de costumbre, y me dijo alegremente:

-Ya he encontrado quien me quiere.

-¿Sí?... ¿Y quién es?

-Un pobre viejo, muy viejecito, que pide limosna; y como en casa sobra leche, me han permitido mis amos que le diera un buen vaso. ¡Si usted viera qué contento se ha puesto! ¡Pobrecito! Todas las tardes vendrá: dice que me quiere mucho.

Desde entonces, Susana no dejó de hablarme del anciano mendi­go, que durante algunos meses recibió de la cariñosa niña pruebas ine­quívocas de afecto, pues no sólo le daba el vaso de leche, sino también parte del pan que le servía a ella de merienda. Una mañana vino muy preocupada, diciéndome:

-Ayer no apareció el abuelito, y esta noche he soñado que se había muerto. No sé si sabré explicarme: veíale muerto y vivo al mismo tiempo; mientras un cura rociaba su cuerpo con agua bendita, yo le veía cerca de mí y fuera de su cuerpo. Desperté sobresaltada, con un miedo... que no me atrevía a moverme. Esta madrugada, al ir al esta­blo, el abuelito estaba junto a la vaca negra; quise gritar y no pude... ¡Si se habrá muerto y necesitará alguna misa!

Susana esperó en vano la vuelta del pobre viejo, a quien continua­ba viendo en el establo. Mandó celebrar, creyéndole muerto, una misa en sufragio de su alma, misa de un valor inestimable, pues en ella gastó la niña todos los ahorros de su vida, que consistían en diez reales, y a pesar de su enorme sacrificio, el espíritu del viejo siguió haciéndose vi­sible.

-¡Cosa más particular! -exclamaba Susana. Véole siempre en el mismo sitio en que él solía sentarse. Ya no me da miedo; antes bien, me hace compañía. ¡Pobrecito!, ¡me quería mucho!

II

Por aquel entonces, tuve que trasladarme a otro barrio distante, y con tal motivo, perdí de vista a Susana. No dejé de sentirlo, porque su infortunio, sus sentimientos y su belleza la habían hecho por extremo interesante y simpática a mis ojos. Pasaron dos años. Yendo una tarde por el Prado, vi a dos mujeres que a todos llamaban la atención por sus trajes lujosísimos, su hermo­sura y sus maneras desenvueltas. Las miré con triste curiosidad, como lo hago siempre con las infelices que comercian con su cuerpo, y en una de ellas creí reconocer a Susana. Era, en efecto, mi antigua conocida, la infortunada niña que por es­pacio de tres años me había contado sus muchas penas y sus escasas alegrías. Su elegancia me causó profunda pena, porque aquellas ricas galas denunciaban su deshonra. Dos veces volví a encontrarla aquella tarde dando vueltas por el Prado. Comprendí que me había conocido, y noté que evitaba mis mi­radas. ¡Pobre Susana!, aún quedaba en ella un resto de pudor.

III

Un año después, fui a visitar a una enferma en el Hospital de la Princesa, y al atravesar una sala oí una voz que pronunció mi nombre... Volví la cabeza, y vi a una mujer sentada en su lecho, haciéndome señas para que me acercase. Era una joven pálida, demacrada, cadavérica. Alargóme con efusión la mano, mientras me decía visiblemente conmovida:

-¡Cuánto me alegro de verla! ¿No me conoce usted? ¿No se acuerda de Susana?

Si ella no se hubiera dado a conocer, de seguro que no la habría conocido. Nada quedaba de su hermosura: parecía un esqueleto. Sólo su mirada conservaba algo de la dulce expresión que la caracterizara en otro tiempo.

-¡Tú aquí! -exclamé tristemente.

-Sí, señora, en mi casa: ¿no sabe usted que el hospital es la casa solariega de los pobres?

-Mas..., si no me engaño, hace un año, te vi en el Prado con el lujo de una gran señora.

-¡Aquel lujo era mi mayor miseria!

Y Susana comenzó a sollozar desconsoladamente. Procuré calmarla, y le rogué que me confiase sus penas.

-Breve es mi historia -replicó-. Cuando dejé de ver a usted, hacía poco que se había muerto el abuelito, único ser que me ha querido en el mundo. Continué viéndole, no sólo en el establo, sino en todas partes. ¡Mis amos se hicieron cada día más crueles: pegábame por costumbre el ama; pegábame la hija por envidia, porque ella era soberanamente fea. Tan mal me trataron y de tal modo me aburría, que una noche abando­né la casa, y desesperada, me fui resuelta a suicidarme. Anduve sin saber adónde dirigirme. Un hombre se me acercó, le conté mi infortu­nio... y... caí en el fango, para no levantarme jamás. No por esto se apartó de mi lado el abuelito: siempre le tenía cerca de mí, envolviéndo­me con su mirada, impregnada de compasión y de tristeza: a veces parecía que lloraba. En cambio, desde que me han traído al hospital, me mira con expresión de inefable alegría. Yo no entiendo esto y no me atrevo a referirlo a nadie, para que no digan que estoy loca y me encierren en el manicomio; pero la verdad es que el abuelito no me deja y que su compañía me sirve de muchísimo consuelo, especialmente durante las eternas noches en que el dolor y la tos no me dejan cerrar los ojos. A veces conozco que me habla, por el movimiento de sus labios; pero yo no oigo sus palabras.

-Ruega a Dios que te permita oírle.

-No me atrevo a pedir nada a Dios: me parece que no ha de querer escucharme.

-¿Por qué no ha de querer? ¿No eres hija suya? Confía en su justicia y en su misericordia. Pídele oír lo que te dice el abuelito; que eso te consolará mucho. Adiós, hasta el domingo, que volveré a verte.

Seis domingos consecutivos fui a ver a Susana. El mal iba royendo su cuerpo, pero el sentimiento engrandecía y purificaba su espíritu, que llegó a adquirir extraordinaria lucidez. La última vez que la visité me dijo que al día siguiente dejaría la Tierra, que así se lo había manifestado el abuelito, en cuya compañía iría a bañarse en un océano de luz. Cuando fui al domingo siguiente, encontré vacía la cama de Susana. Una de las enfermas me dijo:

-Murió como una santa, diciendo que estaba rodeada de ángeles, y que un hermosísimo anciano, radiante de luz, se la llevaba en sus brazos.

Y bien puede ser, ¡pobre muchacha!, ¡era tan buena!... Aquí todos la lloramos.

IV

¡Cuántas jóvenes hay en el mundo como Susana, que no tienen infancia, que llegan atormentadas por las privaciones y por un trabajo superior a sus fuerzas, a esa edad en que la mujer se complace en ser bella, sin una madre cariñosa que las aconseje y guíe, y sin un padre que las proteja y ampare! ¡Cuán fácil es en estas condiciones su caída! Susana, en medio de su desventura, puede considerarse dichosa, puesto que su estancia en la Tierra fue breve. Su buen sentimiento le atrajo la protección de un espíritu que, agradecido a sus bondades, la acompañó constantemente en su penosa jornada y la preparó para el solemne tránsito a la vida de ultratumba.

¡Adiós, Susana! Una pobre niña me ha hecho recordar tu historia, que será tal vez la suya. Una amarga melancolía, una tristeza indefinible embarga mi ánimo; no sé si es un presentimiento. ¡Que los buenos espíritus guíen a la niña desamparada!

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro "Cuentos espiritistas"