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¡No me quiero ir! PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Lunes, 28 de Junio de 2010 15:51

I

Entre los pasajeros de un tranvía, me llamó la atención una joven de unos dieciocho años, que tenía la belleza de los que se van. Los lla­mados a dejar la Tierra tienen en sus ojos extraños y vívidos resplandores; llevan dibujada en sus labios una sonrisa, triste y amarga, y su talle se inclina, a semejanza de los lirios marchitos. Mi compañera de viaje vestía de luto, elegante. Acompañaba a su padre, que la miraba cariño­samente. Ella, a su vez, miraba a todos lados, con la confianza de los ni­ños mimados. Cuando estaba más distraída, una tos leve, pero tenaz, le hizo sacar un pañuelo y aplicárselo a los labios, para ahogar un gemi­do. Su padre nada dijo, pero la contempló con angustia, hasta que pa­sado el acceso, volviese ella a su padre con el mayor cariño, le arregló una punta de la corbata, le habló en voz baja, le miró de modo tan ex­presivo y se acercó tanto a él... que parecía buscar el calor de otro ser para retener la vida que se le escapaba. ¡Cuánto decían sus ojos! ¡Pobre niña! Su presencia trajo a mi memoria el recuerdo de otra joven que, como ella, decía también: ¡No me quiero ir!

II

Paseando por una huerta, me llamó la atención una linda casita si­tuada a corta distancia, y pregunté al jardinero que me guiaba:

-¿Quién vive en aquella casita?

-Un loco.

-¿Un loco?

-Sí, señora; pero loco pacífico; no molesta a nadie; da limosnas a los necesitados, y hace el bien a manos llenas, aunque no es rico; pero más hace el que quiere que el que puede.

-Entonces ese hombre no está loco.

-Sí que lo está; sepa usted que ese señor es médico: ganaba el di­nero que quería, porque hacía curas milagrosas. De pronto se encerró en su casa y no ha querido visitar más; ¡y cuidado que viene gente a consultarle! Hay épocas, que vienen como en peregrinación; pero es inútil, su criado se encarga de despedir y cerrar la puerta a todos

-Tendrá algún motivo para proceder así.

-Motivo... motivo... le diré a usted: dicen que se le murió una hija; pero, ¿y eso qué es? A todos los padres nos sucede lo mismo. A mí se me han muerto varios hijos y me he resignado, y ese, por una que se le ha muerto, hace unos aspavientos... que, vamos... el pobre está loco re­matado.

-Y se conoce que tiene bien cuidado el jardín.

-Como que el loco se pasa horas y horas cultivándolo.

-Me gustaría pasar al jardín del doctor y conocerle personalmente.

-Nada más fácil. Vaya usted con mi hija Teresina.

Y salimos, dirigiéndonos a la posesión del vecino. Pronto estuve ante un caballero como de cincuenta años, alto, del­gado, de porte gentil, que me saludó cortésmente y se convirtió en nuestro cicerone, haciéndonos recorrer todo su domicilio: el jardín, una selecta biblioteca, el salón para recibir, un gabinete de estudio y un laboratorio para experimentos químicos. En este aposento me llamó la atención un cuadro de grandes di­mensiones, cubierto con un tapiz negro, en el cual había un letrero do­rado que decía: ¡No me quiero ir! Teresina, algo revoltosa, quiso saber qué había debajo de aquel tapiz. Mientras, el doctor me hablaba de botánica; cuando, de pronto, oímos un grito lanzado por Teresina, y vimos que, al tocar la pobre criatura el tapiz de aquel cuadro, éste se desprendió, cayendo a los pies de la curiosilla, quedando descubierto el retrato de una hermosa jo­ven, cuyas largas trenzas de oro se perdían entre los encajes de su vestido blanco. El doctor se encolerizó súbitamente; pero su enojo duró un instan­te. Teresina se asustó de tal modo, que cayó de hinojos ante el cuadro, gritando:

-¡Virgen mía! ¡Virgen mía!... ¡Sálvame!

El doctor, al oír aquella súplica, se conmovió, y levantando a la niña ,con dulzura, le dijo:

-¡Sabes quién es esa?

-Sí, señor. Es la Virgen. ¡Qué bonita es!

El rostro del médico cambió de color: dejóse caer en un sillón y co­menzó a llorar con inmenso desconsuelo. Le pedí disculpas por haberle ocasionado tal disgusto, y él se levan­tó para explicar su estado especial, y al salir al jardín, me dijo con cierta ansiedad el doctor:

-Señora, ¿cree usted que yo estoy loco?

-Sí, está usted loco; pero loco... de dolor.

-Gracias a Dios que hallé quien me comprenda: ¿ha perdido usted también a su única hija?

-No, señor; por esta vez no me he creado familia.

-¿Cómo por esta vez? ¿Venimos acaso muchas veces a la Tierra?

-Todas las que nos son necesarias para nuestro progreso.

-¿Qué dice usted, señora?

-¿No ha leído usted las obras de Allan Kardec? ¿No oyó hablar del Espiritismo?

-Algo, pero no le di crédito.

-Pues usted, más que otros, debía estudiar las obras espiritistas.

-¿Por qué?

-Porque se comprende que es usted profundamente desgraciado. Usted se cree solo, y probablemente el espíritu de esa hermosa joven del retrato estará constantemente a su lado.

-No me hable usted en ese sentido, señora; creo que concluiría por volverme loco de veras. ¡Los muertos no vuelven! ¡Oh! ¡Si volvie­ran... mi Angelina estaría aquí!...

Y cubriéndose el rostro con las manos, se alejó...Tristemente preocupada regresé, aquella noche, a la ciudad.

III

Seis meses después, en una sesión espiritista, vino a saludarme un caballero.

-Señora -me dijo-, le debo a usted más que la vida; ¿no me re­cuerda?... Soy aquel loco que usted visitó en la casita de campo.

-¿Y cómo usted por aquí?

-Usted tiene la culpa. Desde el día que vino usted a mi casa, co­mencé a leer las obras espiritistas.

-¿Y qué ha sacado usted en claro de su estudio?

-Negar el todo y negar la nada. He salido de aquella atonía que me hacía morir por consunción; he vuelto a la vida, porque he vuelto a la duda; creía que en la tumba terminaba todo, y crea usted que no hay nada más horrible que encerrar la creación en el hueco de un sepulcro.

Nos sentamos, y el doctor hízome estas confidencias:

-A los veintitrés años, me casé por amor, mejor dicho, por lástima, con una pobre niña que encontré una noche en la calle llorando amar­gamente, porque su madre la golpeaba sin piedad; ¿y por qué? Asóm­brese usted, señora: ¡porque la infeliz no quería ir a un lupanar! Me impresionó tanto aquella escena, y más aún cuando la niña se dirigió a mí, exclamando: «¡Sálveme usted, señor; sálveme!», que la tomé en mis brazos, pedí auxilio a la autoridad, y aquella noche misma quedó depositada en casa del juez la que un mes después fue mi esposa. Un año fui feliz a su lado. ¡Sofía era un ángel! A los diez meses de casada dio a luz a una niña hermosísima: no hay Virgen de Murillo tan hermosa como lo era la virgen de mi amor acariciando a nuestra hija. Dos meses viví extasiado contemplando a Sofía, y a mi Angelina recibiendo del pecho de su madre el néctar de la vida. Cuando era yo más dichoso y todo me sonreía y veíalas madre e hija y me llamaban soñando, he aquí que una tisis galopante me arrebata a Sofía, sin com­prender yo que tuviera tal enfermedad. ¿Por qué no han de ser inmor­tales los seres a quienes amamos? Me consagré a mi hija apasionadamente. Diecinueve años perma­neció Angelina en la Tierra. Yo mismo la eduqué. No quise que ningu­na influencia extraña a mi cariño tomara parte en su educación e instrucción. Yo le daba libertad para que gozara mi hija de todos los afectos de la infancia y de la juventud. Ya mujer, fue galanteada y admirada por su belleza. Yo era completamente dichoso. A los dieciséis años comenzó a palidecer y yo a temblar. Comp­rendí que tenía la enfermedad de su pobre madre. Tres años luché desesperadamente, haciendo prodigios con mi hija; adquirí una reputación extraordinaria, porque al mismo tiempo ensayaba en otros en­fermos las medicinas que después le daba a Angelina, y muchas ma­dres desoladas vinieron a bendecirme, por haber salvado la vida de sus hijos. Angelina, abrazada a mi cuello, declame con voz dulcísima:

-Soy muy feliz a tu lado; estoy muy contenta de estar en la Tierra; no me quiero ir, ¿oyes?, ¡no me quiero ir!

Aquella súplica me partía el al­ma. ¡Cuando no me la hacía con los labios, me la hacía con los ojos! Muchas noches, estando yo en mi despacho, la veía entrar, apoya­ba su cabeza en mi hombro, y mirando el libro que yo leía, exclamaba:

-Estudias para mí, ¿es verdad? Sí, sí, estudia, estudia mucho; ya sa­bes que no me quiero ir.

Estaba agonizando y aún decía débilmente, mimosamente:

-¡Te quiero mucho, papá mío!, ¡no quiero irme!

Murió; maldije de la ciencia; lloré, me hice completamente egoís­ta, hasta negarme a recibir y visitar enfermos; muerta mi hija, ¡qué me importaba que reventara el mundo entero!... Así he vivido ocho años, creyendo a veces que estaba loco, porque oía claramente la voz de mi Angelina. Corría como un loco a mirar el retrato de mi hija, Figurándo­me que iba a saltar del cuadro, y desengañado, caía rendido de fatiga, pidiendo a gritos la muerte. Por eso los criados creían que me había vuelto loco; pero vino usted aquel día y me dijo que verdaderamente estaba loco... de dolor. Estudié el Espiritismo, según consejo de usted, y esta creencia me consuela y me explica por qué oigo la voz de mi hija. Ahora es cuando repito con Pitágoras: Allá es aquí, y aquí es allá.

IV

Un año después, volví a ver al doctor en un hospital. Estaba hablan­do cariñosamente con varios enfermos. Al verme, me acompañó, sa­liendo juntos de aquel triste asilo.

-Amalia -me dijo-, al estudio del Espiritismo debo mi renacimiento físico, intelectual y moral. Yo me iba asesinando poco a poco: mataba mi actividad en una inacción vergonzosa; ahogaba mi sentimiento en la innoble atmósfera del egoísmo, y mi inteligencia en la de­sesperación y el escepticismo. Hoy trabajo, acudo a los hospitales, curo a los enfermos, estudio y me relaciono de nuevo con la ciencia. En mi soledad vivo acompaña­do, pues he logrado comunicarme con mi Angelina. Nunca me aban­dona su espíritu. Cuando nos despedimos, pensaba yo: ¡Una víctima menos! Ayer le apellidaban loco; hoy le reputan sabio; ayer era inútil para los demás; hoy se complace en suavizar el dolor ajeno, y emplea su inteligencia en bien de la Humanidad.

¡Bien haya la escuela espiritista!

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro "Cuentos espiritistas"