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Paseándome un día con dos amigas por la hermosa playa del Grao de Valencia, tuve ocasión de conocer a una respetable señora, que además de su trato fino y sumamente cariñoso, estaba dotada de ese talento natural que tanto embellece al que lo posee, pues donde reside éste puede decirse que existe un fecundo manantial de ideas que se agitan, crecen, se dilatan, y cuando las unas están próximas a desaparecer, otras vienen a substituirlas para dar más desarrollo y alimento a las inteligencias indigentes, que tanto abundan en todas partes. Así es que, cuando veo brillar en uno de mis semejantes la llama del saber, me aproximo a él cuanto me es posible para apreciarlo en todos sus detalles; y por eso, al encontrarme con doña Laura de C..., me así de su amistad como de una joya de inestimable precio. Frisaba esta señora en los sesenta años: viuda de un comerciante, desde mucho tiempo residía en el Grao, en una bonita posesión, retirada del bullicio del mundo y sin más compañía que la de su vieja criada y dos hijos de ésta, de ambos sexos.
Una de las muchas tardes en que nos encontrábamos por la orilla del mar, fui invitada a pasar un rato en su quinta, lo que no rehusé, pues estaba ávida de conocer aquel paraíso, del cual doña Laura me había hecho una breve descripción. Cuando hubimos llegado, recorrimos todas las habitaciones, admirando en ellas el buen gusto y sencillez con que estaban adornadas; después bajamos al jardín, y allí pudimos contemplar el trabajo artístico del hombre con el maravilloso de la Naturaleza: las flores más bellas y delicadas se alzaban gentiles y lozanas; caprichosos dibujos de verdura alfombraban aquel fértil suelo; árboles cargados de frutos, fuentes monumentales cubiertas de ramaje, poéticos cenadores y un precioso recinto para baños, completaban el vistoso paisaje de aquel cuadro encantador. Ya pensé haber visto todo cuanto encerraba la hermosa quinta, cuando su dueña, penetrando por un bosquecillo, me dijo:
-Ahora va usted a ver lo más útil de la casa.
-¿Y qué es ello, que tan oculto lo tiene usted?- La interrogué curiosamente.
-¡Aquí está!
Y empujando una puerta, nos dejó ver un bonito salón con seis camas a cada lado, extremadamente limpias; luego continuó diciendo:
-Aquí tengo un pequeño hospital para los pobres de levita, como suele decirse, para esa infinidad de familias de la clase media, que con la sonrisa en los labios se mueren de miseria, particularmente cuando les aqueja una enfermedad, por no tener valor para implorar la caridad pública. Estos seres son transportados aquí en un carruaje, sin ser vistos de nadie más de los que habitamos esta quinta y del médico encargado de hacer la visita. Yo procuro que sean asistidos lo mejor posible, a fin de que les sea más grata su estancia en esta casa; y si no acostumbro enseñar a nadie estas habitaciones, es por dos razones: la primera, porque no creo necesario pregonar en alta voz el bien que se hace a los demás; y la segunda, porque evito a mis enfermos esa exposición continua, que les haría contraer una enfermedad moral y rehusar para siempre una caridad que más sonroja que consuela, pues que sólo sirve para vanidad del que la ejecuta. Pero usted, amiga mía, ya sea por los bellos sentimientos que abriga, o bien porque en su rostro irradia siempre el más sincero afecto, ha simpatizado conmigo de un modo singular; y por lo mismo no tengo inconveniente en que visite a mis enfermos, segura de que no se sonrojarán al verla, y usted tendrá un placer en dirigirles algunas palabras de consuelo.
-¡Cuán buena es usted, señora! -exclamé-: no puede usted figurarse lo mucho que le agradezco esta deferencia. Siempre me ha gustado rozarme con los pobres, porque entre los desgraciados es donde el alma aprende a moderar los impulsos de su orgullo y a sentir la necesidad de hacer el bien.
-Es cierto -replicó doña Laura-, entre los pobres se desarrolla el sentimiento, que es la esencia de la vida; y las lágrimas vertidas por el sufrimiento ajeno son el bautismo de nuestras faltas y el lenitivo de inmensos dolores. Pero ahora prosigamos nuestra interrumpida marcha. Este salón es el destinado a los hombres convalecientes, y a continuación se halla el de las mujeres; por eso tengo especial cuidado de que el jardín reúna todas las condiciones posibles para que, a medida que los enfermos recobran la salud, puedan disfrutar un poco de su bella perspectiva. En el primer piso están los enfermos más graves, y en el segundo las enfermas, como podrá ver usted después.
Efectivamente: todo estaba muy bien ordenado, con sencillez, buen gusto y esmeradamente limpio. Doña Laura, su criada Magdalena y los hijos de ésta, alternaban en las faenas de la casa, asistiendo a los enfermos con tierna solicitud; y únicamente cuando éstos eran muchos se aumentaba la servidumbre. En aquellos días no había sino un anciano y dos señores de mediana edad, convalecientes, y dos niños de ocho a diez años, atacados de esa tisis producida por el hambre. Cuando pasamos por delante de ellos, me acerqué para verlos mejor e imprimí un beso en sus frentes: al ligero roce de mis labios, abrieron sus hermosos ojos, azules como el firmamento, y fijándolos en mí, me contemplaron por algunos segundos; yo también los contemplé a la vez, para leer en su melancólica mirada el dolor que ocultaban sus corazones en tan tierna edad, y sin saber por qué, les volví a besar, con los ojos llenos de lágrimas. ¡Eran tan simpáticos, tan penetrante su mirada, tan pura y dulce su sonrisa... que tenían para mí una atracción irresistible! La dueña de la casa y mis amigas presenciaban la escena muda, cuando después de algunos momentos, la primera me dijo:
-Parece que la ha afectado a usted la vista de estos niños.
-Sí. Me da lástima verlos, a sus pocos años, sin una madre que les prodigue sus caricias, pues cuando están aquí, o no la tienen, o de lo contrario, será tan pobre, que carecerá de lo necesario para alimentarles. Además, estos niños parecen extranjeros, y lejos de su patria, sin la caridad de usted, ¡quién sabe lo que sería de ellos a estas horas!...
-Sí, estos niños hace dos meses que llegaron a mi puerta, extenuados de hambre y de fatiga: me dijeron que estaban solos en el mundo, que habían pertenecido a una familia acomodada de Italia, y percances de la vida les habían sumido en la miseria, y que, habiendo sucumbido sus padres al rigor de ésta, ellos pensaron implorar la caridad pública lejos de su país. Interesóme vivamente su relato y decidí protegerles en cuanto pudiera. Inmediatamente les di de comer, sin que apenas probasen bocado, pues la fiebre que les devoraba, producida por la debilidad, ofrecía serios temores. Híceles reconocer por el médico de casa, persona muy estudiosa e inteligente, el cual me dijo que estaban enfermos de mucha gravedad, puesto que el hambre había hecho estragos en su organismo; pero que observando estrictamente el régimen de curación que él se proponía, confiaba verlos buenos, aunque para ello tenía que pasarse algún tiempo. Y efectivamente, siguiendo el método del doctor, hoy se encuentran mucho mejor, y confío que pronto podrán levantarse. ¡Si viera usted qué cariñosos son!... No pasa un día que no den las gracias a todos cuantos les rodean; cuando hablan, parecen dos pequeños filósofos: son mellizos, y desde que han venido al mundo, dicen que no se han separado ni un momento, ni aún para dormir, tanto, que la primera noche, al ver que les había preparado dos camitas, me pidieron con lágrimas les dejase una solamente, porque presentían una larga enfermedad y no podrían estar separados tanto tiempo; accedí atan inocente petición, y desde entonces, no hay vez que les mire que no sonrían de gratitud, aunque haya sido en los momentos más críticos de su enfermedad. Parecen dos almas confundidas en una; siente las mismas impresiones el uno que el otro; son igualmente agradecidos; tienen cierta delicadeza y finura para expresarse, que admira en su corta edad; no molestan a nadie; y en lo poco que hablan, ¡crea usted que podrían aprender más de cuatro ancianos!
-¡Quiera la suerte que se restablezcan, porque a la sombra de usted y con las buenas cualidades que reúnen, podrán ser útiles a la Humanidad, pues el alma virtuosa es tierra fértil que cosecha buen fruto, y cuantos de él comen, sacian el hambre del cuerpo y del espíritu!
-¡Es verdad! Y pues somos tan afines en sentimientos, espero me favorecerá usted con su amable compañía mientras resida en esta ciudad, estrechando así más el lazo de nuestra amistad.
Dile las gracias y la promesa de ir todas las tardes mientras durase la temporada de baños. Con la continuidad del trato, acabé de convencerme de que doña Laura era una santa mujer. Todos cuantos la conocían la amaban y respetaban, por ser providencia de los necesitados. La última tarde que estuve en la quinta, me dijo:
-Tengo que darle una buena noticia.
-¿Si? Vamos a ver qué es ello.
-Los niños extranjeros, ha dicho el doctor que están fuera de peligro.
-¡Oh! ¡Cuánto me alegro! ¡,Vamos, pues, a verlos?...
Y todos nos dirigimos a donde se hallaban, encontrándolos sentados en la cama. Sus rostros estaban más animados que el primer día que los vi; al reconocerme, se sonrieron graciosamente, y alargando me su mano, uno de ellos me dijo las siguientes frases en bastante buen español:
-¡Cuán bondadosa es usted, señora! Somos muy niños, es cierto, pero como nuestra buena madre, que era un ángel, siempre nos enseñó a ser agradecidos, jamás se borrará de nuestro pensamiento el beso que nos dio usted el otro día. ¡Oh!, y en doña Laura siempre veremos a una segunda madre; en el doctor, a un sabio, y en los demás a nuestros más queridos amigos.
-Soy del mismo parecer -dijo el otro hermano-, y si un día llegamos a ser algo, ya verán nuestros bienhechores cómo tenemos memoria...
-¡Bien por los pequeños oradores! -exclamamos todos colmándolos de caricias.
Nos despedimos gratamente impresionados. Luego dimos una vuelta por el jardín, comentando la filosofía de los niños. Doña Laura me dijo que estaba satisfecha de haberlos recogido y salvado de la muerte, y estaba dispuesta a ampararlos hasta que fueran hombres y se ganaran la subsistencia. Nos despedirnos al fin como dos hermanas en creencias, pues supe también que doña Laura era espiritista, aunque lo disimulaba con cuidado, por tener parientes con altos cargos en la Iglesia católica, y no quería disgustos ni discusiones. Algunos años después, supe que los dos huerfanitos, gracias a su bienhechora, seguían la carrera de la medicina, resueltos a emplear su saber en beneficio de los menesterosos. ¡Cuánto bien reporta una buena acción! No seamos indiferentes con nadie; lloremos con los que lloran; imitemos a doña Laura en sus sentimientos generosos, y como ella, los que posean bienes materiales piensen en los infelices que no tienen ni una piedra donde reclinar la cabeza. Administremos nuestros bienes morales y materiales del modo más provechoso a nuestros semejantes.
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espiritistas"
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