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Dedicada a mi querido hermano Antonio del Espino.
Silvia era una mujer enamorada, (pero de su marido), el que a decir verdad no la adoraba, y sólo concedía al amor que su esposa le ofrecía, esa condescendencia que en lenguaje vulgar, la llama el mundo con sobrada razón indiferencia. Mas cuando la mujer está ofuscada por una de esas grandes afecciones, su ciego entendimiento no ve nada. ¡Feliz aquel que en su ilusión hermosa todo lo mira de color de rosa! Silvia era muy feliz, para ella el mundo era un vergel de purpurinas flores; entregada a su amor grande y profundo no sabía que existieran los dolores; y si bien en su esposo no encontraba más que un cariño indiferente y frío, como ella otra afección no recordaba, no podía comprender el gran vacío en que su amor inmenso fluctuaba, Silvia perdió a sus padres en la cuna, y su anciano tutor sin duda alguna para quitarse cargos de conciencia, decidió que la niña consagrara al Ser Omnipotente su existencia.
Y a la huérfana bella en un convento la sepultó con el mejor intento, de que ignorando la mundana historia, en Dios cifrara su ilusión, su gloria. Pasó Silvia las horas de su infancia dulces, serenas, plácidas, tranquilas, pero a los quince años brillaron sus pupilas con un fulgor extraño, con un fuego sombrío; sus mejillas de rosa tomaron el color de la azucena, y su nevada frente se cubrió con el triste amarillento que produce la fiebre intermitente. Las madres cuidadosas al tutor avisaron presurosas; vino éste acompañado de un célebre doctor, el que mirando a la linda criatura que se iba lentamente marchitando, exclamó: Que abandone este clausura, pues si se queda aquí, yo no respondo de que este buque se nos vaya a fondo.
Dejó Silvia el convento sin tristeza, porque ya en su cabeza flotaban halagüeños fantasmas de placer desconocidos, que iban a murmurar en sus oídos palabras incoherentes, pero tan elocuentes, tan llenas de pasión y de poesía, que la niña en sus sueños presentía que la familia humana, está envuelta en un mágico fluido, que ha sido, es, y será de los mortales el Jordán bendecido, donde reciben el bautismo santo un amor grande, sin rival, profundo, que es de la vida inexplicable encanto. Silvia era rica, inmensamente rica, razón porque se explica que antes que su tutor la presentara en los grandes salones, donde encuentran las niñas y las bellas galantes ovaciones, tuviera mil rendidos amadores que lo ofrecieran con afán profundo, un amor tan inmenso como el mundo.
Su tutor era un hombre acostumbrado a vivir sin fatigas ni cuidados, y por esta razón creyó prudente que Silvia se casara antes que el huracán de las pasiones su corazón sencillo despertara. Y entre los mil galanes que a la huérfana bella pretendía, escogió un caballero de noble cuna, y de gentil talante, y de inmensa fortuna: ¡circunstancia feliz que aseguraba el porvenir de Silvia!, ¿quién lo duda? Llegó ésta ante el altar pura y serena; su frente orlaban blancos azahares y echó sobre su cuello esa cadena de leves o pesados eslabones, que el matrimonio por misterio eterno es trasunto del cielo y del infierno. Bello es vivir cuando un amor profundo viene a buscar abrigo el, nuestro pecho: dulce es morir si horrible desengaño nos deja el corazón pedazos hecho. Ya hemos dicho al principio da esta historia que Silvia en su ignorancia, no sabía que la amarga irrisión del matrimonio era lo que su espeso la ofrecía.
Ávida de querer, ella adoraba a aquel que indiferente contemplaba su espléndida hermosura; pero que la guardaba esas mil deferencias y atenciones, que en el amor usado en los salones. Mas al cumplir tres años de su enlace, Silvia vio dibujarse lentamente una nube plomiza en el puro horizonte de su vida. Aquellas deferencias y atenciones que su esposo al principio la ofrecía, se fueron extinguiendo cual los rayos que lanza el sol al terminar el día. Para hacer un análisis profundo de lo que vale este mezquino mundo, no es necesario mas que los enojos arranquen una queja a nuestros labios, y hagan brotar el llanto a nuestros ojos. Silvia adquirió esa ciencia, dolorosa; esa filosofía, que se obtiene contando los instantes de una noche sombría, cuando se espera con afán amante al ser amado quo nos quiso un día. Silvia pidió primero explicaciones, y después prodigó reconvenciones llenas de sentimiento y de ternura, pero su esposo con desdén profundo y sonrisa glacial, le dijo: "Escucha. Ese amor que tú sueñas, no es del mundo, olvida esa quimera deliciosa, disfruta los encantos y placeres del lujo y de la moda caprichosa, y vive como viven las mujeres que como tú son jóvenes y hermosa. El marido es un mueble necesario; la mujer necesita de otro nombre: la cruz del matrimonio es el calvario que Dios ha dado a la mujer y al hombre. Mas de algo, ha de servir la inteligencia, y por eso con suma indiferencia debemos aceptar los sinsabores que envenenan la frágil existencia. El amor es bellísimo en teoría mas sí algo quiere el hombre es así mismo, y la mutua pasión, querida mía, es simplemente un cambio de egoísmo. Este es el mundo, acéptalo si quieres como lo has encontrado; y cumple la misión de las mujeres que es recordar el tiempo que ha pasado."
Silvia escuchó en silencio estas razones, ni una queja sus labios exhalaron; pero al perder sus santas ilusiones otra región sus ojos contemplaron. Miró en torno de sí y horrible espanto la hizo sentir inexplicable frío y murmuró con voz desfallecida, este mundo sin duda no es el mío. ¿O tal vez seré yo más desgraciada? Misterio es este que saber ansío, y buscó desde entonces su mirada esa indeleble huella que deja en pos de sí la desventura; y encontró en su querella que existía el sentimiento, y la ternura, y el infortunio estaba solo en ella. Mira y compara, dice la Escritura, y serás consolada; mas la débil criatura, no se fija en los míseros que gimen sino en aquellos más afortunados. Esto le pasó a Silvia en su infortunio, su historia, que es la historia de la vida, le pareció la sola en este mundo, ¡y hay tantas ediciones repetidas¡ ¡Pobre Silvia!, tan joven, tan hermosa, tan ávida de amor, y ser dichosa... como la sensitiva replegad su corola, reprimió su amoroso sentimiento al verse triste, abandonada y sola. Y esa tisis del alma, ese dolor profundo ese insomnio sin calma, le fue robando el brillo de sus ojos y la sonrisa de sus labios rojos.
Los médicos temieron por su vida, diciendo a su marido: que aquel pleito lo daban por perdido si Silvia no dejaba la mansión que habitaba, que fuera a Italia a recobrar aliento; pero la enferma con amargo acento les dijo que era inútil su porfía, que Dios había escuchado su lamento y que tranquila y sin dolor moría. Hizo venir a su tutor, que inquieto no quería adivinar el gran secreto que envenenó inclemente la existencia de aquella pobre flor, sacrificada en aras de su torpe conveniencia. La voz de su conciencia sin cesar le decía: «Toda esa desventura es obra mía; si yo hubiera estudiado, con afán y cuidado, lo que a Silvia mejor la convenía, ésta hubiera vivido, mas los hechos que están ya consumados el lamentarlos es tiempo perdido», y tomando un sereno continente entró resueltamente en la estancia en que Silvia con tristeza echada en su diván lánguidamente, apoyaba en sus manos su cabeza: preguntando tal vez a su pasado por su ensueño de amor evaporado. Tosió el anciano por hacer ruido, y Silvia le indicó que la atendiera, diciendo con acento conmovido: tengo que hablaros por la vez postrera.
-Voy a morir.
-¿Morir?, ¡qué tontería¡, replicó su tutor, eso es incierto; ¿Qué es lo que tienes tu? melancolía, ¡pues de melancolía nadie se ha muerto!: Lo mismo digo yo; dijo el marido que hablaba por hablar, por decir algo.
-Ninguno de los dos ha comprendido el sufrimiento que mí pecho guardo. Dijo la enferma con afán creciente; pero ahora es necesario; yo lo quiero, que sepáis el tormento de mi mente y la causa fatal por qué me muero. Yo no nací para el bullicio loco, nací para querer, y ser querida; la pompa mundanal la tuve en poco: que era el amor el alma de mí vida. Sin consultar mi corazón me unieron a un hombre que por mi nada sentía: blasones y riquezas le pidieron, para entregarle la existencia mía. Le di mi mano al pie de los altares, y el en cambio me dio timbres y honores: yo guardé mi corona de azahares cual símbolo feliz de mis amores. Ávida de querer, amé a mi esposo con afán, con delirio, con locura, por compasión quizá, fue generoso, y cerebro galante: mi hermosura. Pero un día llego, a que necesario, juzgo decirme: Niña, no te asombre, la cruz del matrimonio es el calvario que Dios ha dado a la mujer y al hombre. Este es el mundo, acéptalo si quieres con la fría realidad que lo has hallado, y cumple la misión de las mujeres que es recordar el tiempo que ha pasado».
Desde entonces desliza mi existencia sumida en un dolor grande y profundo, dudando de la Santa Providencia al ver la ingratitud que hay en el mundo. Dudando si es delirio, si es locura vivir a los deberes consagrada; si más allá la dicha se asegura, o después de luchar, sólo hay la nada. Yo necesito amar, y amor me ofrecen, mas no es el hombre cuyo nombre llevo: delirantes quimeras me enloquecen y quisiera querer, y no me atrevo. Y en esta lucha horrible en mi vida, Dios tuvo compasión de mis amores; voy a morir, serena y convencida que con la muerte acaban los dolores. Voy a morir, guardad en vuestra mente débil recuerdo de mi amor profundo; y grabad en mi tumba: «Ya no siente la mujer que a llorar vino a este mundo». Silvia murió; y su sepulcro helado los sauces compasivo lo cubrieron, y en mármol de Carrara fue guardado aquel ser que en la tierra no quisieron.
Dieron grandiosa tumba a los despojos de la mujer hermosa, que en el mundo no enjugaron el llanto de sus ojos ni apreciaron su amor grande y profundo. Esa es la ley social, cubrir de flores las tumbas de los mártires que un día, bajo el peso fatal de sus dolores, murieron sin consuelo en su agonía. ¡Duerme Silvia, tu historia es el legado, que tienen por herencia las mujeres, o mueren recordando su pasado, o viven olvidando sus deberes!
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Ramos de Violetas"
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