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Entre los muchos seres que habitan en el mundo, la mayor parte viven la vida sensual; les es desconocido ese placer profundo que goza en su delirio el ser inmaterial. Su vida se reduce a hacer lo que otros hacen, pues ellos no conocen la propia inspiración; ni saben por qué mueren, ni saben por qué nacen y viven convencidos sin darse una razón. De especie tan extraña ningún naturalista su raza y procedencia la pudo definir; escuchan y no oyen, y son ante su vista iguales el pasado, presente y porvenir.
Tristísima influencia ejerce la ignorancia, fatales desaciertos su huella deja en pos; ¿por qué misterio extraño tomó preponderancia, sobre lo que hay perfecto, sobre la ley de Dios? ¿Por qué los siglos pasan y el fanatismo vive? ¿Por qué del Evangelio no irradia clara ya? Y el hombre, ¿por qué tiembla y la inquietud concibe? ¡Por qué aún no ha comprendido la historia de la cruz!
Y aceptan, ¡pobres locos! mentira tras mentira, y absurdo sobre absurdo con ciega convicción; y creen que del Eterno se calmara la ira con su martirio lento: ¡qué necia aberración! Y duermen sobre el suelo, y aún niegan a sus labios el don de la palabra, ¡oh, cuánta ceguedad!, creyendo que un Dios justo perdona sus agravios, a aquel que se convierte en torpe nulidad.
Si Dios no quiere al hombre parásito en la tierra, si El dijo a los mortales: multiplicaos, creced..., si en el celibatismo, la hipocresía se encierra, porque nuestra materia nos dice: obedeced.. Hace ya muchos años que con profunda pena, miré a una hermosa joven que el claustro prefirió y una familia humilde que cariñosa y buena la senda de su vida de flores alfombró.
Su padre (que era anciano) con voz desgarradora decía mirando al cielo con indecible afán: «Señor, eres injusto: en mi postrera hora ¿qué manos compasivas mis ojos cerrarán?» Aquel dolor inmenso, aquel profundo duelo..., dudar me hizo un instante del Rey de la creación, ¡imbéciles mortales; rasgad el negro velo que puso en vuestra mente fatal superstición!
Dios quiere de familia el lazo sacrosanto, dos almas que comprendan que amarse es un deber, no reclusión estéril ni el infecundo llanto, sino la unión bendita del hombre y la mujer. Si la mural cristiana nunca exigió cilicios, ni bárbaros azotes, ni ayuno y sociedad, «El sólo pide al hombre, se aleje de los vicios y sea un ser perfecto de amor y de humildad. ¿De qué sirve que al cuerpo lo cubra la estameña si guarda el pensamiento, un mundo de ambición?
De monjes y de frailes; la historia nos enseña que límites no tuvo su gran dominación. ¿Qué dijo San Ignacio cuando dejó este mundo? Os lego el universo, seguid y adelantad. Político gigante, cuyo saber profundo esclavizó a su antojo la humana sociedad! Lo que instituye el hombre, el tiempo lo desquicia, porque su falsa base le obliga a sucumbir; en cambio siempre vive la celestial justicia, para ella no hay presente, ni ayer, ni porvenir.
Así, pobres mortales, dejad el loco empeño de votos y promesas, cilicio y soledad, del torpe fanatismo, dejad el triste sueño, y las divinas leyes humildes practicad. Cumplamos lo que dicen los santos mandamientos; amemos al Eterno con todo el corazón, sin ídolos, ni altares, ni vanos monumentos, sino con fe profunda, basada en la razón.. Y si a nosotros llega la queja dolorida de alguno que sucumbe al peso de su cruz..., debemos conducirle al puerto de esa vida que inunda el Evangelio de inextinguible luz. La vida de ultratumba, la vida del mañana, eterna en su adelanta, gigante en su poder, la que demuestra al hombre la ciencia soberana la causa que da efecto formando nuestro ser!
Amalia Domingo Soler
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