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¡Una Santa! PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Sábado, 07 de Noviembre de 2009 16:56

Iconoclasta por temperamento, jamás me han impresionado las imágenes de los santos, aunque hayan sido maravillas del arte pictórico o escultórico. Nunca un Cristo clavado en la cruz, ni una Virgen de la Soledad con las siete espadas clavadas en el pecho, han conseguido hacerme sentir lo que una pobre viuda rodeada de sus pequeños hijos pidiéndole un pedazo de pan, o un obrero postrado en el duro lecho de un hospital, expirando sin que nadie murmure una palabra de consuelo en sus oídos. Ayer mismo visité a una mujer, y al mirar sus ojos hundidos por el dolor, al verla con las manos cruzadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada, silenciosa, abstraída en dolorosos pensamientos; al verla con su traje de luto, sus cabellos recogidos en una trenza, sin artificio alguno, sentí una inmensa compasión y me decía mentalmente:

-¡Cuánto vale esta mujer! ¡Cuántas santas se veneran en los altares, que no habrán tenido ni una mínima parte de las virtudes que atesora esta infeliz, que bien pudiera figurar, por su infortunio y por su sentimiento, en el catálogo de los santos y de los mártires!

Para hacerla salir de su meditación, la toqué suavemente, diciéndole:

-Vamos, María, cuéntame qué has hecho en el tiempo que no nos vemos.

-¿Qué he hecho? Apurar hasta las heces la copa de la amargura.

-Eso ya lo sé. Lo que quiero saber son detalles de tu sufrimiento. Cuando te vi la última vez, aún estaba tu esposo en tu compañía; te fuiste a cambiar de aires, y nada he vuelto a saber de ti.

-Los desgraciados nos asemejamos a las piedras que lanzadas desde la cumbre de una montaña, se pierden en el fondo de los precipicios: de igual manera, cuando desaparecen los que sufren, nadie se acuerda de ellos; son piedras que ruedan no se sabe dónde.

-Tu dolor te hace ser injusta, María, pues muchas veces he pensado en ti y he preguntado dónde te hallabas.

-Tienes razón, no la tengo en quejarme; aún conservo amigos, y a pesar de que me parezco al manzanillo, pues dondequiera que voy hace daño mi sombra y el trastorno y la desolación van conmigo, no me faltan seres cariñosos y compasivos que me han consolado en mi horrible desventura. Salí de Barcelona con mi adorado enfermo Jaime, cuya presencia, en medio de su locura, era lo único que me quedaba de mi anterior felicidad. Yo le cuidaba, le vestía, peinaba sus hermosos cabellos, le preparaba su alimento, le velaba su intranquilo sueño; yo era, en fin, su providencia en la Tierra. Para mí, él era, no mi esposo: mi hijo, mi hijo idolatrado. Mas, ¡ay!, que todas mis precauciones, todos mis cuidados, mis afanes, no pudieron detener el desarrollo acelerado de su enfermedad. Por momentos se fue empeorando; mis brazos ya no bastaban para sujetarlo, ni tenía fuerzas para evitar que saliera de casa y promoviera escándalos en la calle. Llegó un día, ¡día horrible!, i día funesto!, que se lo que se lo llevaron a un manicomio. Al verme sin él, sentí frío, mucho frío en el corazón, mientras en mi cabeza se agolpaban tumultuosas ideas, dominando la del suicidio. Los médicos me habían dicho que la locura de mi esposo era incurable: ¿a qué vivir? ¡Qué lazo me ligaba a la Tierra? ¡Ninguno!... Si ya él no me conocía, si ya mi voz no vibraba en sus oídos; si mis caricias no le hacían feliz; si mis cuidados le eran inútiles, inútil era mi existencia. Pero amigos generosos velaron por su conservación, y la esperanza, esa compañera inseparable de los desgraciados, me cubrió con su manto de consuelo; recobré la fe que había perdido, pues la ciencia se engaña muchas veces: quizá mi esposo recobraría la razón, y entonces, si no me viera a su lado, el dolor volvería a trastornarle y extraviársela de nuevo, pues yo había sido su único amor en la Tierra.

¡Ah!, no, aún no podía morir; lo que debía hacer era irme cerca de él, vivir junto al manicomio, velar por su pronta curación, hablar a los médicos, a las hermanas de la caridad que le cuidaban, a todos, para que todos le amasen e hiciesen más dulce su cautiverio. Me fui inmediatamente al pueblo donde radica el manicomio. Allí viví algún tiempo, consiguiendo captarme las simpatías de cuantos me rodeaban. Hablé nuevamente con el compañero de mi vida, que halló gran alivio en su enfermedad bajo la acertada dirección de sabios médicos. Soñé con volver a ser dichosa; pero la amarga realidad de la vida me hacía despertar de mis hermosos sueños. ¡La miseria! Esa hidra de todos los siglos, surgía en torno mío, con sus innumerables cabezas. En un pueblo pequeño no podía vivir del producto de mi trabajo; era necesario volver a la capital, para emplear mis conocimientos en las labores de mi sexo y con lo que ganara vivir. Regresé, pues, a Barcelona, y trabajé sin descanso, no sólo para subvenir a mis necesidades, sino para hacer economías y poder ir semanalmente a ver a mi pobre Jaime, que mejoraba por momentos, en términos que le dejaban salir a pasear conmigo por el campo, tranquilos y dichosos, como si nada hubiésemos sufrido anteriormente. ¡Con qué afán emprendía yo el viaje y llegaba al manicomio! Él me esperaba en la puerta, sonriendo alegremente; me apoyaba en su brazo, y solos, libres, sin pensar en el pasado ni en el porvenir, paseábamos largas horas, él diciéndome: «¡Madre mía, qué buena eres!», y yo mirándole con la inmensa ternura con que las madres miran a sus hijos. Viéndole casi curado, dije al médico si le parecía llegada la ocasión de llevarme a mi enfermo. Contestóme que podía llevármelo, pero encargándome que fuese para él la madre amorosa, nunca la esposa apasionada. «Él cree, añadió, que sois su madre. Que vuestros actos no destruyan en él esa creencia.»

Feliz en medio de mi infortunio, arreglé mi casita lo mejor que pude para recibir dignamente al hombre que con su amor un día me hizo dichosa. Llegó mi esposo sonriendo como los niños mimados, y me consagré como siempre a hacerle gratos los días de su existencia. Al principio estaba tranquilo, pero de pronto se tornó irascible, comenzó a odiar a determinadas personas, convirtió la casa en una tumba, cerrando todas las puertas y dejándola en completa oscuridad, y concluyó por coger un cuchillo y amenazarme de muerte. Al decirle yo en mi angustia: «¡Hijo mío! ¿Vas a matar a tu madre?», el infeliz me miró espantado, y retrocediendo como para dejarme pasar, me dijo con tono suplicante: «¡Huye... huye de mí! Conozco que una fuerza superior a mi voluntad me induce a destruir tu preciosa vida! Yo mismo me doy miedo... ¡Huye!... ¡Huye de mí!...» Soltó mi brazo y yo huí sollozando, mientras él clavaba con furor en una mesa el cuchillo con que me había amenazado. Aún esperé en una favorable reacción; pero ésta no llegó. Mi voz perdió toda influencia sobre él; la locura más espantosa le hizo romper muebles y puertas, y el manicomio volvió a arrebatarme a mi esposo, para no recobrarlo jamás. Todo ha muerto para mí. No me dejan verle; sé que ya está tranquilo, que de continuo se acerca a la puerta de entrada y mira en todas direcciones buscándome con afán; mas también sé que luego se ríe con una convulsa carcajada... y que no hay remedio para él. He vendido mis trajes, mis joyas, todo cuanto pudiera embellecerme, y he vestido mi cuerpo de luto, pálida sombra del luto de mi alma. No pongo fin a mis días, porque sé que los días de mi espíritu durarán tanto como la misericordia de Dios. Momentos hay en que unas jóvenes amigas mías me hacen sonreír con sus graciosos chistes, pero aquellas sonrisas no logran más que exacerbar mi pena, pues nunca como entonces se presenta tan vivo en mi imaginación el cuadro de mi desdicha. Yo he de vivir consagrada al recuerdo de mi esposo. Aquí tengo su retrato: mírale.

Y me condujo a su alcoba, donde todo respiraba limpieza y pulcritud. ¡Qué bien me encontraba en aquel sencillo aposento! Todo hablaba a mi alma... Un lecho modesto, cubierto por una colcha de seda, modelo de paciencia y de primor, formada de escarapelas de diversos colores combinados con exquisito gusto, ocupaba la mayor parte de la alcoba. Una alfombra hacía juego con la colcha, y convenientemente colocado para poderle mirar María desde su lecho, estaba el retrato del pobre loco, cuyo semblante simpático revela sencillez y bondad.

He visitado suntuosas catedrales en las cuales hay capillas cuajadas de tesoros y preciosidades artísticas, pero en ninguna he sentido la dulce emoción que en la humilde alcoba de María. Junto a su lecho embellecido por la laboriosidad, sentí que mis ojos se humedecían, y rezó mi alma en aquel santuario de la virtud y del dolor, de la santidad y del martirio; sí, rezó mi alma inundada de fe y de sentimiento. ¡Cuán hermoso, cuán conmovedores el amor del corazón! María es la encarnación del cariño, es el tipo de la mujer que hemos soñado, siempre amando, amando siempre hasta el sacrificio. Es la santa de nuestros ideales. La casa de María es el templo de una santa más santa que todas las de todos los altares, porque es una heroína consagrada al deber y a la virtud, purificada por todos los martirios humanos.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espiritistas"