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Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Miércoles, 04 de Noviembre de 2009 16:58

¡Cuánto pesa la vida algunas veces! ¡Qué frío se experimenta evocando las sombras del pasado! Cuando uno se detiene a deletrear en el alfabeto de una larga existencia, se llora sin derramar una lágrima, se llora por dentro; parece que plomo derretido o agua de nieve corre por nuestras venas, y es tan profundo el desconsuelo que se siente que ni se desea morir, temiendo encontrar más allá de la tumba la continuación de la historia comenzada aquí; cuando no se alimenta un deseo ni se posee una esperanza, ¡cuánto pesa la vida! ... ¡Vivir sin esperar! ... ¡no es vivir!... Vivir sin desear es morir sin agonía. Vivir, dominado por la indiferencia, es anticipar la crisis de la muerte, es abrirse uno mismo la fosa para en ella enterrar nuestro organismo: es convertirse en sepulturero.

¡Ay de aquel qué dice con el poeta! : Ningún dolor a mi dolor alcanza, Yo no tengo recuerdos, ni esperanzas. "No tiene esperanza (me dice un Espíritu) el que cierra los ojos de su entendimiento; es como aquel que se muere de hambre porque se obstina en no alimentarse, y se abrasa de sed porque no quiere beber, y siente frío porque desgarra su vestidura, y se lastima los pies porque arroja lejos de sí sus sandalias, y siente el horror de la asfixia porque se encierra en una cueva rechazando el aire que es el principio de la vida orgánica; el que dice no quiere vivir, es el que se muere sin esperanza; es decir, él cree morir, pero puede, más que su descreimiento y que su desesperación, la eterna realidad de la vida, y cuando en su aturdimiento y en su tribulación cierra los ojos del cuerpo, creyendo que donde no hay sensación no hay agonía, que todo concluye en la última palada de tierra que cae sobre el ataúd, entonces se encuentra que oye, que ve, que siente, y contempla su cuerpo como se disgrega dentro de caja mortuoria, y le atormentan sensaciones jamás sentidas y a otros seres que le rodean, y ve que la vida se prolonga más allá de la tumba y que la esperanza le sale al encuentro y dice: No me rechaces, es inútil, soy la sombra de tu cuerpo, estoy unida a ti por lazos indisolubles; el nudo que nos ata no hay espada que pueda romperlo; la esperanza es la esencia de vida, el Espíritu vive eternamente, y la esperanza, que es compañera inseparable, como él, es inmortal.

"La tristeza que experimentáis los terrenales es uno de vuestros vicios, es una de las manifestaciones de la ingratitud del hombre. ¡Tristeza! ... "Nadie debe entregarse al desaliento, puesto que vive, y el que vive no muere; yo fui uno de los muchos ingratos que pululan por la Tierra; desde pequeño soñé con dejar de ser. Perdí a mis padres cuando aún no había podido llamarlos y aunque no sentí los horrores del hambre, me encontré tan solo... ¡tan desamparado de cariño!... , ¡Tan dueño de mis acciones desde mi primera edad… ¡Tan desligado de la gran familia humana! que me hice huraño, desconfiado, receloso; desconocí las dulzuras del amor, porque no amé a nadie; formé el vacío en torno de mí, y encontrando insoportable el peso de la vida puse fin a mis días, creyendo que todo mi Ser se perdería en el mar de desconocido y ¡vana quimera!...

Mi asombro no tuvo límites es imposible explicarte la sorpresa que experimenté cuando mi cuerpo destrozado en el fondo de un profundo abismo y junto a mis restos recordando perfectamente todos los detalles de mi pasada existencia, escuchando una voz que me decía:

-"¡Pobre hijo mío! ¡Eres la ingratitud personificada! ¡Te entregaste en brazos de la tristeza y no tenías derecho a estar triste, porque poseías un cuerpo sano y robusto, una inteligencia bien equilibrada! No supiste nunca lo que era un día sin pan ni una noche sin lecho. No te atormentó el frío del hambre ni la fiebre de la sed, porque siempre te sobró lo necesario para atender a todas las imperiosas atenciones de tu vida. ¿Por qué fuiste tan ingrato? ¡Pobre hijo mío!... Me dicen que necesitabas atormentarte porque no merecías la tranquilidad ni el bienestar de una existencia reposada, que habías pecado mucho y tenías que ser el verdugo de ti mismo, que todos los que se entregan en brazos de la tristeza son pecadores impenitentes que se ahogan en el mar de sus propias miserias. ¡Pobre hijo mío! ¡Con cuánta pena te dejé! ... ¡Con cuánta angustia te he seguido en tu penosa peregrinación! ¡Con cuánto afán me acercaba para darte aliento! ¡Todo inútil! ¡Cerrabas los ojos para no ver! ¡Tapabas los oídos para no oír! ¡Te obstinabas en permanecer reclinado en tu lecho para no andar! ¡Pobre hijo mío!... ¡Pobre loco sin camisa de fuerza! Digo mal: ¡Qué más camisa de fuerza que tu tristeza invencible! Ella te dejaba sin movimiento, sin iniciativa, sin voluntad; ella apagó tus entusiasmos juveniles, ella te hizo sensible a los dulces halagos del amor, ella te alejó de los brazos del amor, ella te alejó de los brazos de la amistad, ella hizo de ti un Ser ingrato, y la ingratitud es la prisión más horrorosa donde vive encadenado tu Espíritu.

Tú te condenaste a trabajos forzados, tú forjaste la cadena de hierro que oprimió tu garganta, lastimó tus manos y ensangrentó tus pies. ¡Pobre hijo mío! ... Abre los ojos de tu entendimiento y contemplarás a la esperanza, a esa hada bienhechora que tanto has despreciado; pero la esperanza (fuerza motriz de la humanidad) es tan buena para con sus hijos, que nunca los abandona; y si éstos son ingratos su amor es más grande que la ingratitud universal.

"¡Cuánto bien me hicieron las palabras de mi madre!... Cayó de mis ojos la venda que los cegaba y vi la realidad de la vida; se desvaneció mi tristeza como se desvanece la niebla al recibir los rayos del Sol y comencé a vivir en brazos de la esperanza

"Escuché tus quejas y me inspiraste compasión; también tú eres verdugo de ti misma, también desconoces la justicia divina. Mira ¡que puedes ver! Oye ¡que puedes oír! Anda ¡que puedes andar! Los ingratos son los que están tristes; rechaza la tristeza, que es la hiedra que se enlaza al hombre y le oprime hasta llegar a la estrangulación de su organismo.

"Adiós".

* * *

Dice muy bien el Espíritu: la tristeza es el símbolo de la ingratitud, porque es la demostración del desconocimiento que tiene el hombre de la justicia divina. Esperanza, ¡madre eterna de la humanidad! Recibidme en tus brazos, dadme el néctar del consuelo que sólo tú posees, porque quiero confiar en mi trabajo y esperar en mi progreso indefinido.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Hechos que prueban"