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Estudios sobre el espiritismo PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Domingo, 01 de Noviembre de 2009 17:17

En mi artículo dedicado al estudio del Espiritismo por boca del bri­gadier Montero, quedábanme algunas dudas por aclarar y esperé impa­ciente la visita de mi amigo, el cual vino a verme a la hora que yo le ha­bía citado. No bien hubimos tomado asiento, le interrogué, diciéndole:

-¿Cómo y cuándo empezó usted el estudio del Espiritismo?

-Del modo más sencillo. Como cuando uno tiene una pena se consuela hablando siempre de lo mismo, yo contaba la muerte de mi hija a todo el que me quería escuchar, y cuando no encontraba a ningún ami­go, me iba a los cuarteles, les daba cigarrillos a los soldados, y repetía mi relación. Un día fui al cuartel de San Mateo, me puse a hablar con dos tenientes, en ocasión que estaba allí el asistente de uno de ellos, el cual, al oír que yo hablaba de un ser invisible, se acercó a mí y me dijo;

-Señor, se conoce que esa señorita estaba obsesada. ¡Qué lásti­ma!... Esas subyugaciones son terribles... Mi hermano murió de eso.

Ya comprenderá usted, Amalia, que al oír semejantes palabras, cogí a aquel pobre muchacho por mi cuenta y no le solté hasta que me dio algunas explicaciones acerca del Espiritismo. Hice que me acom­pañara a casa de un espiritista, hombre entendido por cierto, a quien conté mi tragedia. Diome libros, los leí y me convencí plenamente de que mi hija había estado subyugada por un espíritu, y para más pruebas he recibido comunicaciones por conducto de un amigo mío, en las cuales me ha dicho que sobre el espíritu obsesor que persiguió a Julia pesa una gran responsabilidad, por haber creado obstáculos a mi hija en el cumplimiento de su misión terrestre, impidiéndole formar fami­lia e impulsándola al suicidio. ¡Ah! Si yo entonces hubiera comprendido lo que comprendo aho­ra, no hubiera dejado a mi hija entregada a las influencias de su obse­sor: mi ignorancia le dejó en completa libertad, y escarmentado como estoy, al oír cómo se reían mis amigos ayer de ese muchacho que quie­re ir a Roma porque se lo manda un espíritu, no pude menos que decir­les: «¡Alerta!, amigos míos: eso no es cuestión de risa, el Espiritismo debe estudiarse: hay, muchos que pasan por locos y no son sino obsesa­dos.»

-Entonces -le dije yo-, ¿el Espiritismo produce en algunos hom­bres la locura?

-Según dice Kardec, y yo estoy conforme con él, no debe confun­dirse la locura patológica con la obsesión; ésta no procede de ninguna lesión cerebral, sino de la subyugación ejercida por los espíritus maléficos sobre ciertos individuos, y tiene a veces las apariencias de la locu­ra propiamente dicha. Esta afección es independiente de la creencia en el Espiritismo, y ha existido en todos los tiempos. En este caso, la me­dicación ordinaria es impotente y hasta nociva. Haciendo conocer esta nueva causa de turbación en la economía, el Espiritismo da al mismo tiempo el medio de curarla, obrando, no en el enfermo, sino en el es­píritu obsesor. Es el remedio y no la causa de enfermedad. Estoy, co­mo he dicho antes, muy conforme con los razonamientos de Allan Kardec, y deseo que se me presente a ese chico que está obsesado, para ver si puedo evitar su perdición.

-Hará usted una buena obra. Yo también acepto esas ideas del maestro Kardec.

-Indudablemente, la obsesión hace numerosas víctimas, y el Espi­ritismo, bien comprendido, es el arma más poderosa para combatir y vencer a esos enemigos invisibles. La mayor parte de las obsesiones, somos nosotros los que las sostenemos, por nuestras debilidades en no combatirlas valientemente. Por eso creo que el Espiritismo debe estudiarse profundamente. Sus enseñanzas nos demuestran que el es­píritu es el árbitro de su destino, que si es activo, laborioso, humilde, resignado, emprendedor y generoso, aun en medio de las mayores pri­vaciones encuentra siempre ese placer íntimo que nos brinda la tran­quilidad de la conciencia. Yo lo sé por experiencia propia. Antes de ser espiritista, ni idea fija era morir, pensando que donde no hay sensación, no hay agonía, y el que sólo piensa en morir, no se ocupa de su progreso. ¿Para qué? Y desde que estudio el Espiritismo, sólo pienso en trabajar, en ilustrar­me más y más, en progresar. Si alguna vez mi espíritu decae, si por un instante me asusta la idea de la eternidad, es un desfallecimiento momentáneo; el progreso in­definido, como sol refulgente, me atrae con su calor y con su luz; mi espíritu se vivifica; pienso en los héroes que ha tenido la Humanidad, en las almas grandes que se han consagrado a la defensa de los débiles, y digo: «No hay elegidos por Dios: todos los hombres son llamados pa­ra el renacimiento y engrandecimiento de los pueblos; ningún obstá­culo insuperable nos impide llegar a ser grandes entre los grandes, buenos entre los buenos, sabios entre los sabios. Adelante, pues; sin lucha no hay victoria; luchemos y venceremos. El Espiritismo es salud para el alma y para el cuerpo.»

Yo escuchaba al señor Montero con el mayor placer y veíale trans­formado en paladín del ideal más hermoso y más consolador del mun­do. Para sacar más oro puro de aquella mina que se abría a mis ojos, brindándome con sus riquezas intelectuales y morales, le hice multi­tud de preguntas, que fueron contestadas con una lógica y una erudi­ción que me dejaron admirada. Hícele ver que el Espiritismo era muy combatido por sabios adversarios, y el señor Montero, ebrio de satisfacción por declamar en pro de las creencias ultraterrestres, dijo así:

-Ansiosos los enemigos del Espiritismo de acumular argumentos. para poder combatir los principios fundamentales en que se apoya, afirman que la reencarnación no es un pensamiento nuevo, puesto que se encuentra ya admitido en los libros sagrados de la India. Las ideas verdaderas nada pierden con el tiempo, y la ciencia, cuan­do más, las despoja de la envoltura grosera que las revestía en los pri­meros momentos de su aparición. La vida de un hombre es muy corta para poder llegar, siguiendo el áspero camino de la ciencia, a la cumbre del saber. La idea, pues, de la reencarnación no la despierta plagiando el Espiritismo; la recoge en su principio verdadero y lo explica racionalmente. Cuando el alma, desembarazada de ciertas preocupaciones, extien­da sus alas para ir en busca de datos históricos; bajo el polvo que cubre a los antiguos pueblos, el origen del progreso moderno encuentra la aplicación de un fenómeno que se, reproduce en todas las épocas con admirable regularidad: el espíritu de las civilizaciones no muere, lo transmiten unas a otras, aunque transformado, para venir de nuevo a ejercer su acción en una esfera mucho más dilatada, con formas siem­pre más esplendorosas y brillantes. Bajo las bóvedas de nuestras magníficas catedrales, se oyen aún, envueltos entre las dulces armonías que produce el órgano, los ecos de aquellos coros con que los paganos festejaban, en las grandes Donísia­cas, a la diosa que simbolizaba la sabiduría. Los griegos recibieron del Egipto los rudimentos de la ciencia, pero no admitieron sus costumbres, porque conocieron que, para que el hombre pudiera hacer uso de sus derechos, había necesidad de quebrantar las ligaduras que oprimían el cerebro de aquel pueblo estacio­nado. Los romanos, que estuvieron en Atenas a estudiar sus leyes es­critas sobre cilindros giratorios, las ampliaron y perfeccionaron de tal manera, que hoy continúan siendo el principal fundamento de la legis­lación europea.

El progreso es un legado que pasa de unas generaciones a otras, siempre más rica en la última generación que la recibe. Como si la ciencia fuera una deidad, un fuego sagrado cuya llama no pudieran alimentar manos profanas, permaneció largos siglos bajo la exclusiva custodia del cuerpo sacerdotal. Sólo un corto número de iniciados tenía el privilegio de penetrar los grandes misterios del saber. El Espiritismo, que responde a la ley y al hecho del progreso, consi­dera todas las religiones como accidentes históricos, y aspira a romper con todos los errores para levantar un solo templo a la gloria de la verdad. Todos esos genios que adelantándose a su época han aparecido en el mundo para señalar a las generaciones el derrotero que debían se­guir en su larga y fatigosa peregrinación, han venido siempre rodeados de una aureola semidivina para impedir que a ellos pudieran llegar las miradas investigadoras del profano. Pero esto no basta ya para detener al hombre. Despiértase, al fin, su curiosidad: quiere saber, quiere com­prender; rasga con mano osada los velos que ocultan los misterios reli­giosos, y su fe se desvanece, porque en vez de hallar a Dios, encuentra sólo al hombre divinizado. La generación actual, que siente germinar en su seno la doctrina salvadora espiritista, que ha de traer al mundo una creencia común, comienza a descartar del dogma los principios inconciliables con la razón. Hoy todo se agita, todo gira en confuso tropel; todo marcha en con­tinua actividad hacia un fin desconocido; la Humanidad, como si se hallara bajo la formidable acción de esas fuerzas que producen en la Naturaleza los grandes cataclismos, avanza, y en su rápida carrera des­cubre nuevos y dilatados horizontes; y vislumbrando allá, en lejano porvenir, el cumplimiento de consoladores presentimientos, entrevé la hermosa imagen del hombre regenerado. Entre tanto, la teocracia, que contempla roto a sus pies su cetro de hierro, que jamás perdona al audaz innovador que se atreve a profanar con su mano el arca santa donde se guardan encerrados los caducos principios de su fe; que en lugar de favorecer el desenvolvimiento gra­dual del progreso, pretende sujetar la razón a la ley inexorable de la au­toridad; que para gobernar eternamente al mundo quiere que eterna­mente se acomoden nuestras acciones a fórmulas sacramentales; la teocracia, en fin, que dejando un vacío en la conciencia, busca la mane­ra de impresionar fuertemente los sentidos por medio de grandes es­pectáculos, desconoce que sólo por medio de la caridad, como mani­festación práctica del amor universal, pueden cicatrizarse las profun­das llagas abiertas por el egoísmo en las sociedades humanas. El Espiritismo, siguiendo en su curso a la Humanidad, lejos de ha­cerla retroceder, intenta franquearle las vías por las cuales saldrá del estacionamiento propio de las antiguas exclusivistas creencias.

El brigadier Montero calló y yo le estreché las manos con muda emoción, después de escuchar sus elocuentes párrafos, que eran para mí un himno cantado al Espiritismo. He copiado las palabras dichas por el orador; pero en la fría escrito­ra no se puede recoger el tono ele la dicción, el alma del discurso, el fuego de la peroración.

Yo miraba embelesada cómo hablaba Montero, poniendo en sus frases la pasión ardiente del convencido y los fulgores del entusiasmo, que irradiaban sus ojos al levantar la frente cuando acentuaba con fuerza las palabras que a mí me parecían verdades de un evangelio nuevo, jamás modulado por boca humana.

¡Es que el Espiritismo trae en sus alas una oratoria luminosa y ra­diante!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espiritistas"