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¡Qué almas tan buenas! PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Viernes, 16 de Octubre de 2009 15:07

Estoy tan acostumbrada a oír contar historias de robos, de homici­dios, de estafas y falsificaciones en todos sentidos, que cuando me ha­blan de una acción generosa, por sencilla que sea, se me ensancha el al­ma. En la clase popular se encuentran mujeres que viven sin saber que hubo un Cervantes, un Lord Byron, un Camoens, pero tienen un cora­zón de oro.

En todas las clases hay mujeres abnegadas y buenas, pero para mí tiene más valor la florerilla del campo que la aristocrática ca­melia, porque mientras la segunda crece rodeada de cuidados al abrigo de las inclemencias del tiempo, la primera sufre los rigores de la intem­perie y ofrece su perfume generosamente.

Conozco a una mujer casada, cuyo esposo, de carácter brusco y egoísta, del jornal que gana no entrega a su esposa más que una insig­nificancia cada semana para los menesteres de la casa. Francisca se las ve negras para arreglarse con tan escasos recursos, pues además tiene una hermana imposibilitada para trabajar, que vive a su sombra, y ella misma carece de salud. A pesar de tantos inconvenientes, revela la bondad de su alma con obras caritativas.

Nacida en un pueblo pequeño, para ella la gente de su pueblo es su propia familia, y siempre que algún paisano suyo sufre, Francisca es la primera en acudir a su socorro. Hace algún tiempo supo que un muchacho de su tierra se encon­traba en el hospital de la ciudad donde ella vive, aquejado de una terri­ble dolencia; el infeliz está loco, bien que es tranquila su dolencia. Francisca va con su hermana todos los días a ver al enfermo, y recor­dando que al pobre mozo le gustaban mucho las uvas, cada día le com­pra algunas de las más baratas.

-Mira -dice a su hermana-, nosotras almorzaremos pan solo, y así puedo emplear el dinero del almuerzo en uvas para el pobre enfermo, ¡que satisfaga un gusto siquiera!

-Está bien-contesta su hermana-, pero la gente es tan desagrade­cida, que estoy segura que su familia no se acordará de lo que haces.

-¿A mí qué me importa? Yo no hago el bien porque me aplaudan. Yo creo que obrando bien y haciendo el bien, se empieza a gozar en la Tierra algo de la felicidad del cielo.

¡Qué alma tan buena! Su alma gemela la conocí en Madrid, encar­nada en un pobre ciego que pedía limosna en la calle de la Puebla. En aquella época salía yo muchos días por la mañana, y por temprano que fuera, veía al ciego sentado en una silla de tijera, y por la noche le en­contraba en el mismo sitio. Era el ciego de agradable figura, de edad regular, y vestía con lim­pieza, aunque pobremente. Sin saber por qué, me fue muy simpático, y al darle algunas veces limosna, le había preguntado algo de su vida. Supe que era viudo, sin hijos. Una noche que lloviznaba, me llamó la atención verle en el mismo sitio, y le dije:

-Pero, hombre, ¿cómo está aquí todavía?

-Es que hoy he recogido muy poco, y necesitaba más; pero, en fin, tiene usted razón, me iré.

-¿Vive usted muy lejos?

-En la calle de San Bernardo, a lo último.

-Yo voy por el mismo camino, le acompañaré, y bajo el paraguas no se mojará tanto.

-Muchas gracias, señora; el favor que me hace se lo agradecerá mucho mi niña, porque en cuanto llegue, se lo contaré.

-Yo creí que no tenía usted hijos.

-Y no los tengo.

-Como dice... «mi niña».

-Ya verá usted: hace dos años que murió mi mujer, y me reuní con un matrimonio que tenía siete hijos. El mayor de todos era una niña de diez años. Tomé mucha afición a las criaturas, porque son muy cariñosas. El padre se cayó de un andamio y murió en el hospital; la madre se mata trabajando para dar pan a sus hijos, y mi niña, como la llamo yo, mi Pepita, a pesar de su corta edad, pues ahora tiene doce años, es la encargada de cuidar a sus hermanitos y a mí. Su madre se va a trabajar a donde encuentra, y Pepita arregla la comida, repasa la ropa, vamos, es una mujer completa; y luego, que es lo mejor que tiene, es tan cariño­sa, tan humilde, tan sufrida, que más bien parece un ángel. Se irá, por­que es demasiado buena para la Tierra. Hace ocho meses que enfer­mó, y sin embargo de no poderse tener en pie, aprovecha los momen­tos en que no tiene calentura y nos arregla lo más preciso. Le digo a us­ted que como mi niña no hay dos en el mundo. Su madre, al verla tan enferma, la quiso llevar al hospital, pero Pe­pita se abrazó a ella, diciéndole:

-Madre, si me quieres, déjame morir aquí; en el hospital han muerto mis abuelos y mi padre; y yo quiero romper esa cadena mu­riendo entre mis hermanos: no me niegues lo que te pido. De todos modos, no he de tardar a morir, porque estoy muy delicada; dame, pues, ese gusto, madre mía.

Crea usted, señora, que se me partió el corazón al oírla, y aconsejé a la madre que no violentara su voluntad a la pobre niña. La mujer acce­dió a pesar suyo, porque, como la esperanza es lo último que se pierde, ella cree que los médicos pondrían buena a su hija; pero Pepita tiene una resolución tan inquebrantable de morir en su casa, que nos dijo una noche en que yo uní mis ruegos a los de su madre:

-No me sacrifiquéis: yo veo vuestra buena intención, pero si a la fuerza me hicierais ir al hospital, me mataría. Créeme, madre, mi en­fermedad no tiene cura: la tisis de la miseria no tiene remedio; yo me muero de hambre; me falta hasta el aire para respirar, porque a los po­bres todo se les quita. Hace tiempo que veo avanzar mi dolencia. Esta habitación ¡es tan pequeña! La ventanita de junto al techo le da el as­pecto de una cárcel, y me ahogo aquí dentro.

-Pues en el hospital estarás en un salón muy grande -le decía su madre.

-Sí, pero el aire que allí se respira da la muerte. Allí no tendría a mis hermanitos que me quieren tanto, ni al pobre Felipe (ese soy yo), que me trae todas las noches un pastelillo; y cuando tengo mucha tos, me da pastillas de goma; me trata con mucho cariño, me cuenta histo­rias, y nunca se duerme hasta que yo me duermo. Aquí moriré amada, bendiciendo la suerte que no me ha negado una familia amorosa, ni un segundo padre en el pobre ciego, que pasa todo el día a la intemperie por comprarme lo que más me gusta.

Y en esto, Pepita dice la verdad. Mi mujer no me dio hijos, pero quiero a esa niña como si lo fuera.

-Hace usted una verdadera obra de caridad.

-No, señora; pago una deuda de gratitud. Cuando mi mujer murió, Pepita fue la que aconsejó a sus padres que me llevaran en su compa­ñía. Me acompañaba por las mañanas y venía a buscarme por las noches. Mientras estuvo buena, fue mi ángel guardián, y yo, al darle aho­ra las pequeñeces que desea, no hago más que cumplir un deber.

Prometí a Felipe ir ayer a Pepita, y fui al día siguiente, a la hora que estaban comiendo. ¡Qué cuadro tan triste, tan conmovedor y tan con­solador al mismo tiempo! Felipe estaba rodeado de los siete niños, que le hablaban y le acari­ciaban. Pepita me impresionó extraordinariamente. Nunca he visto una niña tan preciosa. No obstante, en su palidez cadavérica y sus ojos hundidos, aparecía en su rostro una expresión divina. Me recibió con afectuoso respeto, y cuando habló de las bondades de Felipe, animóse su semblante y dijo con apasionamiento:

-Crea usted, señora, que es un santo para mí. Ha tenido propor­ción para entrar en el hospital de Incurables, muy bien recomendado, pues el capellán del establecimiento le conoce desde niño, por ser am­bos de un mismo pueblo, y por no abandonarme sufre toda clase de privaciones. ¡Es un santo!

Seguí viendo a Felipe con alguna frecuencia. Una noche no le hallé en el sitio acostumbrado, y fui a ver a Pepita, creyendo fundadamente que estaría peor. No me engañé. La pobre niña agonizaba lentamente en medio de su familia. Aquel cuadro quedó indeleblemente grabado en mi alma. Felipe, mudo, inmóvil, aterrado, estaba junto al lecho de la niña, que se incorporaba a intervalos, porque la fatiga la ahogaba; al tranqui­lizarse de nuevo, la pobre criatura consolaba a su madre y al ciego con sus palabras y caricias. Quedé tan profundamente conmovida, que salí del aposento llo­rando con el mayor desconsuelo. Al día siguiente volví... Pero, ¡ay!, Felipe, varias mujeres y algunas niñas se encaminaban al cementerio acompañando el cadáver de Pepita. Algunos días después encontré al pobre ciego en su puesto.

-Ahora sí podrá usted entrar en los Incurables.

-No, señora; allí dentro no sería útil a nadie, y aquí puedo servir de algo a mis semejantes.

-Pero si ya murió Pepita.

-Quedan sus hermanos, ¡pobrecitos! ¡Si usted viera lo que me quieren! Poco puedo hacer por ellos, pero más vale algo que nada. Un año después de la muerte de Pepita, encontré al ciego, acompa­ñado de un hermoso niño de cinco años; pregúntele cómo vivía, y me contó que la madre de Pepita había muerto, encargándole sus hijos; que había logrado colocar a dos de aprendices en una ebanistería, don­de los mantenían, y que él ganaba el sustento para los cuatro restantes, confiando colocarlos a todos, sin encerrarlos en ningún asilo.

-¡Qué alma tan buena tienes, Felipe! -le dije con entusiasmo.

-¡Quia! No, señora: esto no es sino cumplir con la ley humanitaria. Y crea usted que estoy bien recompensado de mi sacrificio; porque es­tos niños me quieren mucho, y luego... la misma Pepita, cuya voz no pasa día que no oiga, viene a acariciarme y a darme grandes alientos.

-¡Cómo! ¿Es usted espiritista?

-Sí, señora.

¡Cuánto consuelo experimenta el alma al ponerse en relación con esos espíritus tan buenos, que en medio de su miseria son millonarios! Francisca y Felipe son dos almas gemelas, dignas de admiración por sus generosos sentimientos, por su abnegación y sacrificios: care­cen de lo necesario, y aún encuentran medios para consolar a los que sufren. No envidio la púrpura de los Césares, ni la gloria de los sabios; pero cuando encuentro seres virtuosos como Francisca y Felipe, me juzgo sin amor propio, y sintiéndome muy pequeña en comparación de esos espíritus de luz, envidio sus virtudes y exclamo melancólicamente: ¡Qué almas tan buenas!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro. "Cuentos Espiritas"