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Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Domingo, 04 de Octubre de 2009 15:54

Paseando una tarde por los alrededores de la imperial Toledo, me detuve a descansaren la casa de una familia amiga, compuesta del ma­trimonio, del padre de la mujer y cinco hijos, cuatro varones y una mu­jercita. Era esta última una niña seductora, de negros ojos, de mirada magnetizadora. De su boca salía una voz tan dulce como el suspiro de un ángel. Catorce abriles habían dejado en su frente la palidez de las azucenas, y en sus sonrosadas mejillas el delicado matiz de los entrea­biertos capullos; mas, ¡ay!, sus diminutos pies se habían negado a sos­tenerla. La parálisis había entumecido parte de su cuerpo, y una horri­ble contracción muscular había torcido sus miembros inferiores, qui­tándoles su desarrollo y movimiento. Pasaba su vida sentada en un si­llón, y nadie hubiera dicho, al verla, que padeciera tan horrible dolen­cia. Su rostro revelaba la perfecta calma expansiva y alegre de los que gozan la vida. ¡Se veía tan amada!... Sus padres la querían con delirio; sus hermanos, con locura, y su abuelo materno profesaba a Eugenia, que era ése su nombre, una verdadera adoración, más que adoración, idolatría.

La tarde a que me refiero, al entrar en la casa de Eugenia, salió a mi encuentro su madre, la excelente Margarita, que llevándose el dedo índice a los labios y cogiéndome de la mano, me condujo al jardín, di­ciéndome cuando estuvimos fuera de la casa:

-Te traigo aquí, porque Eugenia duerme, y si mi padre nos oyera hablar, nos excomulgaba: ya sabes tú sus extremos.

-Efectivamente, no ignoro que su nieta es su ídolo. ¿Qué lazo uni­rá a esos dos espíritus?...

-Eso dice mi marido, que, como tú, las hecha de espiritista.

-¿Y tu padre conoce el Espiritismo?

-Sí; más que mi esposo; y no sé qué cuenta de una historia de su juventud, que siempre acaba diciendo: ¿Si será ella?.

-¿Y tú qué dices a eso?

-Que yo no creo más que en lo que veo, y creeré en los espíritus cuando los vea.

-No discuta usted, Amalia, con Margarita -dijo el padre de ésta, apareciendo entre nosotras-, porque no quiere creer...

-Bueno, bueno, quedaos, pues, con vuestros espíritus. Mientras habláis, voy a ver si se despertó Eugenia.

Su padre la miró alejarse, murmurando con acento compasivo:

-¡Qué lástima! Es tan ignorante como su madre lo fue: por más que hago no la puedo hacer entrar en el estudio del Espiritismo.

-Deje usted; para todo habrá tiempo.

-Pero, ¡qué diablo!, si hay personas que tocan las cosas, y ni por esas quieren entrar en razón. Ya sabe usted el delirio que tengo por Eugenia. Este amor sin límites se bifurca y enmaraña con cierto episodio de mi juventud, que se lo he contado a Margarita trescientas veces, pero se encoge de hombros y no quiere saber nada de nada.

-Pues cuéntemelo a mí una vez más, amigo mío, y lo escucharé con placer.

-Voy a hacerlo con sumo gusto, persuadido de que usted verá algo donde los otros no quieren ver nada. Yo siempre he sido algo perverso. De muchacho tenía muy malas intenciones, habiendo sido el terror de mis vecinos y de todos los men­digos. Los apedreaba, les tiraba trozos de soga ardiendo; en fin, era un pequeño Satanás. A los dieciocho años ya me habían echado de todos los colegios de Madrid, y de la Universidad. Mi padre, harto de mis calaveradas, me dejaba como cosa perdida. Un día, yendo con otros amigos de mi cuerda, vimos un grupo de pordioseros que se disponían a comer, rodeando a una gran cazuela de sopas o arroz, a la puerta de un convento.-¿Vamos a darles un susto? -dije yo. Y cogiendo piedras, tiré una con tanto tino, que rompió en mil pe­dazos la vasija que contenía el alimento de aquellos desdichados. Sus maldiciones y gritos nos hicieron reír algunos momentos; mas des­pués me acerqué a uno, que era ciego, y puse en sus manos algunas monedas. Verlo una niña como de doce años que estaba a su lado, qui­tar las monedas de la mano del mendigo y arrojarlas al suelo, lejos, con el mayor desprecio, fue obra de un relámpago, al mismo tiempo que decía: -Padre, no admita ese dinero. Aquellas palabras me movieron a mirar a la niña, y vi que estaba medio tullida, sentada en una tabla con ruedas. En su rostro se pintaba un profundo desdén hacia mí, que hubo de impresionarme.

-¿Por qué no quieres que tu padre tome ese dinero?

-Porque las víctimas, ni la gloria deben querer de manos de sus verdugos.

-Dame ese dinero, María -dijo el ciego con tono amenazador. Puse en manos del viejo otras monedas, que besó hipócritamente, mientras la niña, no queriendo presenciar aquella escena, empujó diestramente su carrito y se apartó de nosotros con rapidez. Atraído por su actitud, la alcancé, y deteniéndola, interrogué:

-¿Por qué te has separado de tu padre?

-Porque -dijo, mirándome fijamente-, no puedo tolerar tanta hu­millación. ¡Cobardes!, ¡que besan la mano que nos hiere! ¡Oh!, si yo pudiera... Y los ojos de la niña lanzaban rayos de cólera.

-¿Qué harías tú, si pudieras? -dije yo, interesándome vivamente por aquella criatura que en medio de su espantosa miseria demostraba tanta dignidad.

-¿Qué haría?... Me iría lejos de esos seres que dicen ser mis padres, pero que indudablemente no lo son.

-Razonas bien; quizá no lo serán, porque tu carácter es muy dife­rente del suyo. ¿Ve usted a Eugenia? Pues María que éste era el nombre de aque­lla infeliz se parecía a Eugenia, como una gota de agua a otra gota, di­ferenciándose únicamente en que aquélla iba llena de andrajos, sucia, despeinada, y ésta se baña en agua de rosas y usa vestidos de seda.

-¿Te acuerdas de tus primeros años? -le dije.

-¡Ay, no! Recuerdo tan sólo haberme visto siempre así, rodando por las calles como una pelota. Y al pronunciar estas palabras se retrató en el semblante de María una expresión tan dolorosa, tan amarga, que me conmovió profunda­mente; y aun creo que una lágrima humedeció sus ojos.

-Mira -le dije-, no hay mal que por bien no venga. Yo te he ator­mentado hace algunos momentos, y ahora te suplico que me perdo­nes. Quizás esta travesura cambie la faz de mi vicia y nos sea útil a am­bos. Si tú quieres, yo te haré feliz, y pensando en tu bienestar, labraré el mío. Te llevaré a casa de mi nodriza, que me quiere mucho: allí esta­rás amparada y tranquila; yo iré a verte, y creo que así comenzaré a vi­vir.

María no supo de pronto qué contestar; pero luego, no sé qué leyó en mis ojos, que su semblante se iluminó con una sonrisa, y con voz trémula dijo:

-Yo bien quisiera un refugio. Más de una vez lo he buscado; pero esa gente siempre me encuentra, me reclaman como hija, y me hacen después pagar caras mis tentativas de evasión.

-No te apures: ciertos seres, en dándoles dinero, no reclaman na­da. Vente conmigo sin perder momento, que está muy cerca la casa de mi nodriza. Sígueme, sígueme.

Y María me siguió, no sin volver con frecuencia la cabeza, por te­mor de ser sorprendida en su fuga. Llegamos por fin a la morada de la buena mujer que me sirvió de madre en mis primeros años, y que era la que siempre intercedía con mi padre cuando yo hacía alguna travesura. Recibióme como de costumbre; le manifesté mi proyecto, y re­cuerdo que me abrazó conmovida, diciéndome:

-Ya era tiempo que entraras en buen camino. ¡Bendito sea Dios!, ¡que comienzas por hacer una buena acción!

Los ciegos que se decían padres de María, sin serlo, como recibie­ron algún dinero y por otra parte ignoraban su paradero, la olvidaron. No le puedo expresar a usted, Amalia, el cambio que se operó en mi ca­rácter. Mi padre estaba asombrado: llegó a creer que María era un ser sobrenatural, y hasta cierto punto tenía razón. Hablábame ella a veces de un modo maravilloso, dándome tan buenos consejos, tan sabias instrucciones, que me dejaban extasiado. La vieron los mejores médi­cos; pero su mal no tenía remedio. Como mi pobre Eugenia, tenía María que permanecer sentada en un sillón, y a su lado pasaba yo todas las horas que me dejaban libres mis estudios, que por mandato suyo em­prendí nuevamente con ardor. Dos años fui dichoso; dos años viví a su lado. Mi nodriza adoraba a María, y ésta, cuando se vio feliz, fue tan humilde, tan afectuosa, tan buena, que cuantos la rodeaban la querían muchísimo. ¡Qué noches tan hermosas! ¡Aún las recuerdo! Contábame sus pa­sados sufrimientos, y yo le contaba mis locuras. Después enmudecía­mos y hablábamos con los ojos. Cuando María, como si recibiese alguna superior inspiración, me hablaba con elocuencia arrebatadora, mi nodriza juntaba las manos y me decía:

-No tengas duda, hijo mío, ¡María es una santa!

¡Dos años viví en la gloria! ¿De qué modo quería yo a María?... No lo sé: mi mundo era ella. Ni paseos, ni amigos, ni mujeres, mi teatros, nada me atraía. Pero era yo demasiado feliz, y la felicidad dura poco en la Tierra. María comenzó a palidecer, y sus hermosos ojos a perder su brillo. Una noche me dijo que me preparara a sufrir, que me iba a quedar so­lo; pero que tras la tormenta vendrían días de sol. Enmudeció y cerró los ojos. Esperé anhelante que volviera a abrirlos, pero esperé en vano: había muerto sin la menor fatiga, ¡silenciosa y dulcemente!... Me quedé como petrificado junto a su cadáver; no quería persua­dirme de su muerte, y durante mucho tiempo estuve que parecía un idiota.

Después, mi padre me hizo viajar, y por último, me casé con una mujer muy, buena y muy ignorante, resultando que ella con su ig­norancia y yo con mi mal carácter, hemos vivido como dos presidia­rios, maldiciendo nuestra cadena, el hueco que María dejó en mi cora­zón, hasta que Margarita dio a luz a Eugenia; que, al verla, creí ver a María que volvía de allá, para estimularme a la virtud. Sus facciones son las mismas; su enfermedad y su carácter, también. ¿Será ella? El Espiritismo, sin haberme contestado con una afirmación rotunda, me ha dicho lo bastante para poder sospechar con fundamento que María y Eugenia son personificación de un mismo espíritu. El ruido del sillón de Eugenia rodando por la arena hizo levantarse a su abuelo, que salió al encuentro de su nieta, que venía acompañada de su madre. ¿Si será ella?, preguntaba su abuelo recordando a la niña mendiga que tanto amó. Y yo añado: ¿Quién será ella?

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espíritas"